Gin tonic, pasando el mal trago

Nacido para suavizar el impiadoso amargor de la medicinal agua tónica, el gin tonic es un clásico de lo más vigoroso en la barras. ¡Salud!

Si acaso el gin tonic le sabe a buen trago, está usted en lo correcto. Y si le decimos que nació para suavizar uno más bien malo, también lo estamos. Así va la historia para este asiduo concurrente de aperitivos y trasnochadas… Pues lejos de surgir como la bebida que hoy es, su creación fue una agradecida pegada. ¿Gusta de saber más detalles? Aquí se los revelamos…

 

Costó un Perú

La punta del ovillo que conduce al nacimiento del gin tonic nos remonta al año 1632. Fue entonces cuando la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, Luis Jerónimo Cabrera, se enfermó de malaria. Claro que, a diferencia de tantos, y contra todos los pronósticos, su final fue feliz. ¡La desconocida corteza de cinchona fue la salvación! Por lo que su uso se extendió rápidamente hacia los pagos europeos. Sin embargo, no fue hasta casi dos siglos más tarde que un par de científicos franceses logró extraer de la corteza el sanador activo: la quinina, aquella que comenzó a producirse en pastillas. De esta manera, la codiciada quinina desembarcó al fin en las más afectadas colonias europeas, ubicadas en África y Asia, donde la malaria estaba haciendo de las suyas.

 

Trago amargo

Pero… ¿qué tiene que ver el gin tonic con la quinina y compañía? He aquí el quid de la cuestión. Parece que la amargura del activo sanador era tal que resultaba poco menos que intomable. De allí que, de acuerdo a algunas versiones, fueron los soldados británicos residentes en las colonias quienes disolvieron las pastillas de quinina en agua; agregando a tal solución un poco de jugo de lima, azúcar y ginebra. Claro que, de acuerdo a otras voces, los soldados sólo se encargaron de la lima y la ginebra. ¿Y la quinina? Parece que ya era asunto del alemán Scweppe, quien, luego de que su agua con gas causara furor en Londres, decidió sumarse a la lucha contra la malaria. De modo que, ni lento ni perezoso, añadió quinina a su burbujeante creación para dar vida a la esperanzadora agua tónica.

 

Para quedarse

El hecho fue que, agua tónica, jugo de lima y ginebra mediante, no sólo se marchaba la malaria; sino que bienvenida era una futura joya de la coctelería. Así pues, en pos de pasar el mal trago, ¡vaya si nació uno bueno! Tanto así, que el uso medicinal del agua tónica fue dando paso a un consumo generalizado y ordinario. Obra y gracia del barajar y dar de nuevo es que la fórmula ya no presenta el desagradable sabor que antaño le propiciaba la quinina. Saborizantes y edulcorantes mucho han tenido que ver con ello… Y, por supuesto, con la cada vez más vigorosa existencia del gin tonic.

 

Así que bien ya sabe… ¡Si hay malaria que no lo azote! Pues bienvenidas son las copas de este veterano para levantar espíritu y ánimo. ¿Acaso hay plan mejor para las más ardientes tardes de verano?

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