Noel, dulce que te quiero dulce

Pionero en la producción y surtido de dulces, Noel inauguró en la Argentina una de las industrias más agradecidas del país. Golosos atentos…

Cierto es que la Buenos Aires de mediados de siglo XIX no era tierra de grandes apuestas ni mucho menos. Pues, aunque se jactaba de ser la “Gran Aldea”, tenía aún sus buenos baches poblacionales: poco más de 80 mil habitantes la hacían reacia a medianos y grandes emprendimientos. Ni hablar de la constante disputa entre unitarios y federales…Sin embrago, un corajudo y visionario español no le hizo asco al asunto. Todo lo contrario, lo de Carlos Noel fue la plata dulce, y en el más literal de los sentidos.

 

Pionero

Si San Telmo es una radiografía del pasado nacional, un compendio de sus más significativos momentos, la industria no excede a la regla. ¿Sabía usted que los primeros ladrillos y cañones de la ciudad se produjeron en suelo “santelmiano”? ¿Que lo propio ocurrió con la harina, tras la instalación de los primeros molinos harineros?  Y la gran pregunta gran… ¿Adivina dónde? En la calle Defensa, sí. En la vía del ataque de historia,  esa férrea especialista en construir futuros ayeres a lo grande; materia en la que por cierto, don Carlos Noel bien supo aportar su granito de arena. Instalado junto a su familia en la esquina noroeste de Defensa y Carlos Calvo, don Noel decidió apostar por un proyecto tan maduro en su pensamiento como los frutos en el campo. Más precisamente, en el Delta del Paraná; allí donde duraznos y membrillos, perdidos sus árboles en la geografía del lugar, se vendían por chirolas. ¡A su juego lo llamaban a don Carlos! Quien, atando como pocos, primereó en un mercado tan virgen como fértil: en la llamada Confederación Argentina no había negocios que surtieran confituras; sino que todo dulce provenía del extranjero. Al menos, así lo sería hasta entonces.

 

La esquina del sol

Ni lento ni perezoso, Noel instaló la primera fábrica de dulces del país. Y, no contento con ello, inauguró el primer despacho exclusivo de confitería. Nada de polirubro. Aquel 9 de septiembre de 1847, Carlos Noel convirtió su casa en la esquina más codiciada de los porteños, pues se dedicó a vender dulces y nada más que dulces, aquellos que él mismo producía. Ya lo decía el cartel que colgaba junto a su puerta: “El Sol Fábrica de confites – de Carlos Noel”. ¿Y a qué no sabe que distinguida doña solía acudir, más no fuera a través de terceros, a la esquina de don Noel? ¡Nada menos que Manuelita Rosas! Así como lo oye. La hija del Restaurador no dudaba en acudir a los dulces de don  Carlos para amenizar las actividades sociales que organizaba. Y cómo no, si la variedad estaba a la orden del día: turrones, panales, yemas, alfeñiques, bocaditos de mazapán, entre otros etcéteras, estaban a la orden del día. Y de la antojadiza Manuelita claro. ¡Menuda y distinguida promoción la suya!

 

Con nombre propio

Claro que un hombre del buen genio de Noel estaba en todos los detalles. No solo fue pionero en la producción de dulces; sino que también se adelantó en cuestiones de envoltorio. Higiene y practicidad antes que nada. Por lo que cada producto tenía una cubierta exclusiva, en claro detrimento a los cucuruchos de papel en los que las tiendas solían vender los dulces importados. ¿Qué tal? La industria pisaba fuerte, como se dice. Tanto así, que la muerte de Noel no implicó desmoronamiento alguno. Allá por 1865, Benito, su hijo mayor, tomó la posta y el apellido. Bajo su mando, la marca comenzó a llamarse, simplemente, “Noel”; al tiempo que extendió su superficie. El nuevo mandamás compró un terreno en Barracas y lo dotó de maquinaria moderna. Para entonces, la primitiva fábrica de San Telmo ya contaba con salón expositor para la producción de la casa. Jaleas, dulces secos y abrillantados, además de caramelos, confites, bombones y pastillas frutadas, engrosaban el original inventario de producto. Sin embargo, la mayor de las novedades sería nada menos que el aclamado dulce de membrillo.

 

Dulce que te quiero dulce

A decir verdad, el membrillo no era algo nuevo. Solo que se limitaba a la escasa elaboración artesanal. Pues, aunque sabroso, las horas de cocción lo habían convertido en un plato de ocasión. Más no por ello menos deseado. ¿Acaso Noel podría dar con la perfecta fórmula para su industrialización? Membrillo se demandaba, y membrillo habría. Para 1880, cuando la población superaba ya los 180 mil habitantes, el membrillo lideraba las preferencias de los argentinos. Y ya en el nuevo siglo, éste frecuentaba las cartas de fondas y restaurantes. Mire si habrá sido bueno lo de Noel, que, para el bicentenario de Mayo, la fábrica producía cerca de cuarenta mil kilos por día…

 

¿Usted qué opina?, ¿gula o mera moda gastronómica? A juzgar por sus imbatibles records, y hasta por su agradecida supervivencia, lo del Noel no ha sido más que puro sabor del bueno. Cualquier similar apreciación de su parte, no será mera coincidencia. Ahora ya sabe por qué…

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