Palacio Ortiz Basualdo, el señorito francés

De residencia familiar a embajada, el palacio Ortiz Basualdo no pudo más que seguir su huella francesa. Historia de un predestinado.

Muros almohadillados, remates a pura mansarda (esa suerte de ventanales que asoman en los desvanes), techo de pizarra negra y la inconfundible firma de su  creador, el francés Paul Pater. ¿Acaso al palacio Ortiz Basualdo le cabía mejor destino que el que hoy lo mantiene de pie y a todo esplendor? Devenido en la embajada de Francia, el palacio Ortiz Basualdo parece haber escrito su destino ya en la cocina de su génesis, aquella en la que, líneas mediante, lo invitamos a meter sus narices.

 

Pequeño hotel

Retiro, cómo no… Pues si ha habido un barrio –y aún hoy– en el que el academicismo francés ha dicho presente, ese ha sido Retiro. ¡Basta con citar al gran palacio Paz! Claro que el que hoy nos compete no se queda atrás… Daniel Ortiz Basualdo y su esposa, Mercedes Zapiola, se encargaron de elegir personalmente el terreno, así como al padre de la criatura. ¿Una mansión más de las que empezaban a brotar en Buenos Aires? Nada de eso: el último grito en materia arquitectónica de la época. Por lo que, en 1912, Paul Pater puso manos a la obra de un típico petit hôtel, residencia urbana con servidumbre dentro, ya que contemplaba un espacio para la permanencia del personal de servicio. Nunca mejor dicho, un pequeño hotel. De allí que los niveles de la edificación  hayan estado bien definidos: la planta baja de acceso, un primer piso con sala de estar y recepción, un segundo piso destinado a los dormitorios y, finalmente, un tercer piso (nada menos que la base de la mansarda), para las habitaciones de servicio.

 

Toda la pompa

Claro que el buen gusto prima en cada uno de los ambientes, más allá del nivel. Así es como las cuatro plantas ostentan rasgos y elementos decorativos, una vez más, de estilo francés (como ser la presencia del dorado); más también del para entonces vigente estilo inglés (para muestra, el botón que es la utilización de madera natural). Puro eclecticismo decorativo al servicio del buen gusto. El salón comedor, el salón dorado, la sala de billar, la biblioteca, el jardín de invierno –allí donde doña Mercedes tomaba el té con sus distinguidas amigas–… ¡Que decir del salón de baile!, donde doradas boiseries (cobertores de paredes en madera, algo así como el último grito en salones parisinos) conviven con arañas de cristal y puertas y ventanas engalanadas con detalles de hierro forjado. ¿Una pinturita? Más que eso. Definitivamente, vida real para los Ortiz Basulado.

 

Anfitrión de lujo

¿Qué si tanto lujo sabe a exceso para un matrimonio con tres hijos?  Eso no era menester del feliz matrimonio, pues el palacio Ortiz Basualdo vería desfilar personalidades de los lindo a lo largo de su longeva existencia. De hecho, allá por 1925 y bajo la presidencia del presi Marcelo T. de Alvear, se dio el gustazo de cobijar al príncipe de Gales. ¿Qué tal? El palacio Ortiz Basualdo hizo las veces de residencia oficial, pues eran aquellos tiempos de vacas gordas, en los que el aristócrata barrio de Retiro se hallaba en su esplendor. Y a su juego lo llamaron al príncipe, quien quedó boquiabierto ante tanto lujo y confort. Eso sí, dicen que dicen, el muy confianzudo no tuvo reparos en apagar sus habanos en los mismísimos suelos de roble de Eslavonia. Ayyy…

 

Destino francés

Sin embargo, hemos dicho, al Palacio Ortiz Basualdo no podría más que volver a las fuentes, a la Francia que ofició de musa inspiradora para sus primitivos habitantes, y que hasta vio nacer a su creador. Así el destino y la historia, no fue otro que el país galo quien se hizo de la propiedad, transformándola en la sede de su embajada en el año 1939. Y fue precisamente aquella internacional “custodia” quien salvó al palacio Ortiz Basualdo de su desaparición. Pues las obras que, a fines de la década del ’70, completaron la apertura de la avenida 9 de Julio, incluían expropiación y demolición de tamaña joyita arquitectónica. Claro, eso sólo en los papeles, ya que la práctica dijo lo contrario: la resistencia francesa salvaguardó la existencia del palacio Ortiz Basualdo, obligando a una modificación en la traza de la avenida.

 

Cierto, la actual embajada de Francia ya no se encuentra inmersa en el señorial tejido urbano de la zona, pero su solitaria presencia de espaldas a la avenida da buena cuenta de su grata victoria, esa que, por afortunada vez, la memoria porteña se ufana de tener en su haber.

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