Museo virtual de Las Jarras de Pingüino, a pedir de pico

¿Y si le decimos que las jarras de pingüino tienen su propio museo pantalla de por medio? Pase, dele click y desande su historia.

 

Argentas por derecho de mesa, esas son las jarras de pingüino; pues han sabido ganarse un lugar en las mesas de todo buen comensal que se precie de tal. ¿Qué si lo más importante es lo de adentro?  Nada parece ganarle a un buen vino a la hora de alzar las copas e irrigar el paladar entre bocado y bocado. Pero vaya si estas buenas mozas son capaces de enaltecer el valor de la cáscara. Y es que como alguna vez le hemos contado, su frac parece emular a distinguidos camareros, incluso en los más populosos reductos. De allí que tan selectas pilchas (esas que han sido prestas a la variedad y creatividad a lo largo de la historia), las han hecho ni más ni menos que dignas de coleccionismo. Mano a mano con Alejandro Frango, hacedor del Museo Virtual de Las Jarras de Pingüino, nos adentramos en el particular mundo de las bien llamadas “pipas de la paz criollas”. Después de usted…

Soy de aquí y soy de allá

Que si las trajeron los italianos que se hicieron la Argentina en la mayor oleada inmigrante que recuerden los pagos nacionales. Que si fueron puro invento francés cuando la cepa Malbec brillaba aún por su ausencia… Y lo cierto es que ambas historias son ciertas. Tanto como que un pulpero franchute, enamorado de las tradiciones argentinas, haya reivindicado el vino a pico de jarra en los lares de Defensa 1344 repitiendo la historia. Por lo que bienvenida entonces la voz y el coleccionismo amigo de Alejandro. “Las jarras de pingüino surgen a partir de una exigencia del estado francés de prohibir la venta de vino suelto. Estamos en 1860, en plena revolución industrial, los pequeños productores de vino común no alcanzan a cumplimentar los requisitos para vender el vino de acuerdo a las nuevas normas de higiene. Ven peligrar su fuente de trabajo y le proponen a las autoridades vender el vino en jarras de cerámicas; propuesta que es aceptada por las autoridades” ¿Y que cómo llego Alejandro al meollo de esta historia? Pues por una pregunta en la que ni hurgando en bodegones y bares notables alcanzó su respuesta. ¿Por qué de tantos países en los que se produce vino y hay pingüinos, solo nosotros lo servimos en ellos? Curioso, ¿verdad? Pues si no se le había ocurrido, la historia continúa para saciar el buen genio.

Por derecho de mapa

Animales. Las primeras jarras portadoras de vino tuvieron formas de animales (¡por supuesto que gallo incluido!) Pero el pingüino tuvo entre ellas un factor diferencial. El pico, sí. Su elegancia, también. Pero tras la adopción de la técnica de parte de los italianos que hasta aquí llegaron, ¿qué otra zoo forma podía sobrevivir con todo éxito en un país tan austral? Así la historia, las jarras de pingüino son, pues, casi, casi que patrimonio nacional. No unas más del montón. Porque si hay vino suelto, el pico vertedor de estas aves no voladoras está siempre a tiro, sin que ninguna otra especie del mundo animal pueda hacerle sombra. Y a las pruebas nos remitimos: el museo personal de Alejandro Frango cuenta en su haber 250 jarras de pingüinos de las cuales solo tres son internacionales. Patagonia, Ciudad de Buenos Aires pero, por sobre todo, Provincia de Buenos Aires componen el podio de latitudes de sus criaturas, aquellas que decidió compartir con el mundo en el año 2020. Desde 2004, año en que compró su primera jarra, ha sido un largo camino andado. Por lo que las dificultades de un mundo en pandemia no habrían de frenar su propósito. ¿Por qué no crear entonces un museo virtual? Dicho y hecho.

Así es como de click en click el paseo por el Museo Virtual de Las Jarras de Pingüino es posible. Catalogadas ellas por tamaño, colores, materiales, elegancia, picos, sellos y firmas, las seis salas que lo componen prometen y vaya si cumplen. Y por los pagos quilapanescos, también hacemos lo propio. Orgullos@s de abrir las puertas a tamaño patrimonio, el Museo Virtual de Jarras de Pingüino espera por su muestra presencial en la pulpería. Sí, porque nada mejor que una pasión compartida; más también una misión: “dignificar su historia, dar a conocer de dónde vienen para renovar una tradición olvidada y denostada para darle un impulso mejor” Concluye Alejandro. Y en eso andamos… ¿se suma usted también?

 

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