Pasaje Rivarola: espejito, espejito…

¿Gusta de acompañarnos a la calle-pasaje más parisina de Buenos Aires? Con casi 200 años, el pasaje Rivarola brilla aún de pie.

 

A izquierda y derecha. O a derecha e izquierda. Lo mismo da para el pasaje Rivarola. Como si su vía de asfalto por la que antaño transitaran carruajes no solo dividiera a la manzana en dos, sino actuara como un eje de simetría desde el que cada vereda, cada fachada, por sobre mirarse a los ojos, se mira al espejo. No es casual pensar, por aquellos años en que fue proyectado, Buenos Aires tenía entonces su propio espejo. Aquel por el que ya no era la Reina del Plata; más bien la París de Sudamérica. Y cual perlita de tal reflejo es que el pasaje Rivarola nos transporta, como entonces, al otro lado del gran charco. ¿Cruza con nosotr@s?

Abriendo paso

A poco más de 100 metros de la avenida Rivadavia. A un trechito más del Congreso de la Nación. Sí, bullicio a más no poder. Gente, motores, bocinas. Y sin embrago, el pasaje Rivarola parece yacer cual oasis, desentendido de todo trajín urbano. Uniendo las calles Juan Domingo Perón y Bartolomé Mitre, corriendo en paralelo a Talcahuano y Libertad, se trató de un emprendimiento privado. Y por cierto, novedoso: una calle-pasaje para cuyo diseño y construcción el estudio de Petersen, Thiele y Cruz (arquitectos e ingenieros a cargo) trabajó sobre la unificación de dos terrenos. Con frente sobre Perón y Mitre, tan simplemente unieron sus fondos. De modo que la tarea no revistió demasiadas molestias para este trío ni para la empresa alemana GEOPÉ, quien estuvo a cargo de la ejecución de la obra. Esa que, por cierto, no solo incluía a la calle, sino también construcciones laterales. Corría entonces el año 1924, tiempos en lo que solo se autorizaba la construcción de edificios para arrendamiento. Ya en 1948, la ley de Propiedad Horizontal habría de cambiar la historia; pero hasta ese momento, fue la Empresa de Seguros “La Rural” quien tuvo la visión de negocio sobre la que Petersen, Thiele y Cruz darían rienda suelta a su buen gusto y refinamiento y vanguardia.

Señor pasaje

Así fue como “La Rural” fue la original denominación del hoy pasaje Rivarola, así rebautizado en 1957, por el centenario del nacimiento de este intelectual argentino, abogado y docente que perteneció a la llamada Generación del ’80. ¿Y de qué iba entonces el pasaje? Cuatro edificios por lado, con cinco niveles cada cual y provistos de un acceso independiente en la planta baja, allí donde se encontraban también los locales comerciales (por cierto, no se admitían ni aún hoy, locales gastronómicos). Sin embargo, comercio y vivienda mantenían bien separados sus asuntos, incluso desde lo visual: ininterrumpidos balcones con balaustres en el primer piso marcaban el límite entre la comercial planta baja y la hogareña altura, dotando, a la vez, de cierta homogeneidad a cada “flanco” del pasaje. Claro que si bien la balaustrada puede remitirnos a Italia, la presencia parisina habría aparecer en el remate: con mansarda en el último nivel. Eso sí, para las esquinas, la frutilla del postre, pues cada edificio allí situado se coronaba con una cúpula, como custodiando los accesos de un lado y otro. ¿Algo más? Sí. Detallecitos como herrería artística y marcos de bronce, completaban una obra a todo trapo.

Puertas adentro

Si está pensando usted que la cosa era pura fachada, nada más lejos que eso para el pasaje Rivarola. Pues, intramuros, el nivel no cambiaba mucho. Los pisos en la entrada y pasillos de cada edificio eran de mármol. Los de los departamentos, de roble de Eslovenia. Y para que la funcionalidad también sacara su lustre, cada unidad habitacional tenía su propio espacio de lavado y tendido de ropa en la terraza, además de su cuarto privado en el sótano, a modo de depósito. Todo cuanto al tiempo no ha sido inmune, pero sí que éste no ha dejado más que algún coletazo. Pues el pasaje Rivarola sigue allí, estoico, con todo su glamour a cuestas más no sea peinando algún que otro desgaste, alguna cana; habiendo visto partir y llegar a tantísimas historias; pero atesorando con fuerza a más de una de ellas. Como ser la de la Librería de Mujeres. Fundada en 1995 ocupa uno de sus locales comerciales, siendo la única en toda Latinoamérica en haber logrado reunir y acompañar la rotación de más de 30.000 títulos publicados en español, así como traducciones, sobre mujeres. Para ese mismo año abría también sus puertas, aunque en otra locación, la librería Asunto Impreso, cuya pronta mudanza al pasaje Rivarola también la convertiría en un clásico, incluso de la ciudad. Pues, como librería de imagen, es ella un centro de referencia para bibliografía del arte, fotografía, diseño, moda, arquitectura y libros de artista.

Claro que si el pasaje Rivarola es un sobreviviente del tiempo, don Miguel Raab no podía encontrar mejor locación para su “Chacarita de los relojes”. Así se la conoce, pues, a la Casa Raab, comercio emblemático del pasaje, al 134, donde solo se arreglan relojes fabricados hace no menos de medio siglo. ¿La razón? Que desde entonces la electrónica se impuso sobre la mecánica, haciendo que los relojes de este último tipo bajaran su calidad. Por lo que solo un reloj mecánico que se precie de tal es capaz de cruzar del umbral de don Raab. De allí el apodo de “Chacarita…”; aunque más que un cementerio de relojes, lo suyo sea una reliquia. Así como la propia tienda, así como el propio pasaje. Todo un guiño a las agujas que corren. Toda una oda a la vida que, a paso tranquilo, de esquina a esquina late.

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