Coldplay, por el mundo para el mundo

Bajo el lema, “reducir”, reinventar y restaurar” Coldplay gira por el mundo con mucho más que música: un llamado a lo sustentable. ¿Se une?

¿Cuántas veces hemos oído hablar de la “energía” que se mueve en los recitales, entre público y artista/as? Pues lo cierto es que la hay en el más literal de los sentidos. O más bien dicho, en el más utilitario. Y si todo lo que va, viene, la banda británica Coldplay lo ha entendido como nadie. Pues la energía de su público durante el Music of The Spheres World Tour se ha convertido en la energía eléctrica de la que cada show se vale para poder suceder. Sí, principio fundamental en el asunto: todo se transforma. También la forma de hacer música, esa por la que Coldplay ha asumido el compromiso de dar batalla a un feroz enemigo del medio ambiente: la huella de carbono. Con vistas a reducirla al 50%, marca así el paso en nuevo andar para la industria musical, con una puesta inédita y una bandera alzada como nadie hasta el momento. ¿Suena bien, verdad? Y cómo…

Recalculando

En el 2019 apareció en Coldplay el primer llamado. A la pausa, a la conciencia, al barajar y dar de nuevo, reduciendo esta vez los daños ambientales de lo que una gira mundial implica consigo tan simplemente desde los desplazamientos aéreos. Por lo que fue poner a los instrumentos en mute para comenzar a planificar giras amigables con el mundo. Y fue aquello una cuestión planteada sobre una mesa de tres patas: reducir (hemos dicho, la emisión de dióxido de carbono hasta en un 50%), reutilizar (desde el empleo de “tecnologías verdes”) y restaurar (compensando, cada uno de los músicos, las emisiones que no puedan reducirse en el curso de la gira a través de la colaboración con proyectos vinculados al medio ambiente). Y así salieron a la pista, a las ciudades, a los escenarios. Acaso siendo éste el mayor hit de su cada vez más ascendente carrera.

En movimiento

Ahora bien, ¿de qué van esas tecnologías verdes desde la que hacer de la reutilización un recurso fundamental? Para empezar, bien sabemos que no hay recital sin movimiento. ¡Ay, nuestro viejo y querido “pogo”, cómo no! Por lo que a su juego lo llamaron al público. ¿Y de qué manera? Coldplay dispuso de pistas cinéticas para que, meta baile y salto, decenas de personas entreguen al concierto su energía. De igual manera, bicicletas estacionarias desde las que, pedaleo mediante, la energía también sigue manando de l@s fanátic@s allí presentes. Vea usted, cada bici (un mínimo de 15 para cada concierto, dependiendo del espacio), puede generar un promedio de 200 vatios de energía, por lo que la multiplicación arroja un lindo número. Energía de la buena que, capturada por baterías recargables, alimenta a los artefactos eléctricos del espectáculo. ¡Si esto no es mística, la mística dónde está! Pues si el público no se “enciende”, si no entra en acción, tampoco las luces del show. Conexión real, lo que se dice. Y para tod@s. ¿O es que alguna vez pensó que una persona con disminuida o nula audición era capaz de disfrutar de un concierto en vivo? En asociación con organizaciones como el Instituto Pedagógico pata Problemas del Lenguaje y otros colectivos abocados a la materia, Coldplay incorporó a su gira chalecos vibratorios cuyo efecto similar al colocar las manos sobre un parlante y dejarnos llevar por esa vibración, a mayor o menos intensidad de acuerdo a la canción. ¿Qué nos cuenta?

Tomala vos, dámela a mi

¿Y quienes quedan afuera de las pistas cinéticas? Pues que vayan sacudiendo las muñecas. O, al menos, alzarlas en alto. Porque las pulseras led de Colplay aportan colorida luz al ambiente desde un proceder también sustentable: son biodegradables (así como el papel picado del show también lo es) y reutilizables. No, no son un bonito souvenir. Hay que devolverlas y por buena causa. Pues otras manos, en otro concierto, en otro lugar del mundo, también habrán de iluminar el cielo de turno a través de ellas. Llamadas xilobands, están hechas de aceite de cocina para reciclar y, manejadas por la banda, cambian de color acompañando el ritmo de la música. Un guiño más desde la visual para quienes no pueden oír. Y otra caricia al medio ambiente, ese que también es contemplado desde la gran estructura, como el montaje, en el que se utilizan materiales naturales como el bambú. ¿Botellitas plásticas para calmar la sed de tanto fuego? Nada de eso. En cada concierto hay simplemente agua potable para recargar en botellas reutilizables. Porque todo circula, y la experiencia Coldplay, se vive.

 

Un ida y vuelta. Un compromiso que compromete, que invita, que interpela, que contagia. Mucho más que música: un mundo posible. En eso anda Coldplay con su arte a cuestas, y con las cuentas claras. ¿Cómo así? El impacto ambiental de la gira será medido y publicado. Porque transparencia ante todo. Y así pues, más que nunca, que siga la función.

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