Al ritmo del teru, teru

Nacional y popular, el tero despliega su vuelo raso sobre la cultura argentina. Costumbres y elocuencias de este plumífero gritón.

Pecho blanco y negro, plumaje gris pardo con reflejos violáceos, amplias alas, patitas largas, copete fino, pico corto y unos inconfundibles ojos color rojizo. Sí, esta pequeña zancuda de alrededor de 35cm de longitud hace de las suyas en territorio nacional bajo el nombre de Belonopterus cayennensislampronotus. Para los amigos, simplemente Tero.

Oíd mortales

“Por la costa del bañado
donde hacen guardia los teros,
yo cuido mi majadita
por esos campos esteros.”

Inspirado en la pura naturaleza es que el Chango Rodríguez compuso los versos de su chacarera Corazón Santiagueño. Y no es para menos: nuestro querido tero -ave Sudamericana de la familia de los Charádridos- hace acto de presencia en las proximidades de lagunas, esteros, bañados y cañadas. Aunque también puede ser visto a la vera de caminos de tierra y hasta en las ciudades. Madrugador como pocos, deambula y picotea aún cuando el sol recién asoma. Aunque con la guardia bien alta: atento a todo lo que sucede a su alrededor, no tardará en entonar su particular canto onomatopéyico. En bandadas de hasta 40 individuos o en cuadrillas de tres o cuatro ejemplares, los teros alzan vuelo lanzando el estridente grito que los ha rebautizado: ¡Teru, teru!

Buen provecho

Claro que los teros no son solamente unos entonados cantores de las alturas. Ni lentos ni perezosos, su vuelo suele desplegarse en espacios abiertos para tener un amplio panorama de sus presas. Langostas, escarabajos, hormigas y demás insectos encabezan su dieta de contenido animal. Con predilección por un banquete de “tierra firme”, los teros cazan en sitios alejados del agua con una técnica para nada improvisada. Cuando su víctima se encuentra al alcance sólo es cuestión de una breve carrera antes de enviar el picotazo cazador. ¿Pero qué ocurre cuando no hay nada a la vista? Nuestro protagonista recurre al curioso método del temblor de patas, movilizando así a las lombrices presentes bajo tierra. Luego, el fino sentido de tacto que poseen sus dedos hace posible el rastreo. Mientras que, una vez localizada la presa, el pico se hunde en la tierra y acaba con la función. Panza llena, tero contento.

Estrategas

“De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros:
para esconder sus niditos
en un lao pegan los gritos
y en otro lado tienen los güevos.”

Sin plumaje ni aleteo, unos cuantos se hacen los teros. Y así lo manifiesta José Hernández en los versos de La vuelta del Martín Fierro. Es que tras tanta andanza por territorio nacional, esta simpática zancudita no podía estar eximia de toda viveza argentina. Sí, los teros se encargan de despistar a posibles enemigos con su canto. Aunque en nombre de una buena causa: al grito de ¡teru! llama la atención en un lado; mientras su nido se encuentra en otro. Aunque eso no es todo: la técnica del “falso nido” asombra a propios y extraños. Es que, con toda su sutileza, el tero abandona el nido real y para empollar en otro sitio. Desorientación pura para el carancho -uno de sus máximos adversarios-, de quien huye simulando abandonar un nido auténtico.

Leyenda popular

Y así sigue su vuelo el tero. De la música a la literatura, anidando en diferentes rincones de la cultura popular argentina. Escondiendo bajo su ala un as que aquí develamos: Su curiosa leyenda. Aquella que nos cuenta su antepasado de riqueza en el mundo de la moda. Sí, los teros vendían trajes a las coquetas vizcachas, quienes compraban más de lo que podían. Tanto así que los teros les fiaban…pero las vizcachas nunca les pagaron. No les quedó más que cerrar su negocio a los pobres. Sin traje alguno, sólo contaban con chalecos negros y bombachas blancas. Prendas que lucían bien erguidos, para no ensuciarlas. Ante tal desazón, tanto lloraron que sus ojos quedaron enrojecidos para siempre. Mientras que aún se escuchan sus gritos de enojo para con las vizcachas, esas que nunca más pudieron comprar trajes y, ante la vergüenza de sus viejas vestimentas, quedaron condenadas a salir de noche.

Sin más rodeos, de boca en boca va el tero. De charco en charco y de grito en grito. Con la picardía y supervivencia dignas de todo ejemplar argentino. Sí, bien nacional y popular.

FOTOTECA

RUBRICA

INSOLITO

  • El corazón de las hembras no es de fácil acceso. Y los machos deben saber ganárselo. ¡A veces hasta se inician luchas entre ellos! A la pelea pico a pico en las alturas le sigue un despliegue aéreo. El macho revolotea alrededor de la hembra con la cola desplegada e inclinada hacia abajo. Galantería pura.
  • El tero es muy cuidadoso de sus pichones. Una vez forma pareja, ambos miembros se ocupan de proteger a la “banda”. Aunque los machos tienen coronita: a veces son custodiados por dos hembras.
  • La depredación que los teros realizan sobre los insectos es un aporte muy importante para la agricultura. Sin querer queriendo, colaboran con el control de plagas agrícolas.
  • ¡Creer o reventar! Se dice que el canto del tero anuncia la visita de parientes… ¡Y que se viene la lluvia!

BIBLIOGRAFIA

  • Aves Argentinas, las cien más chaqueñas, Alejandro Di Giacomo y Andrés Bosso, Sampé Ediciones, Argentina, 2013.

PREGONERA

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