Ana Díaz, la adelantada

Integrante de la expedición de Juan de Garay, Ana Díaz fue la primera mujer en poseer tierra nacional. ¡Y abrió en ella una pulpería!

Setenta y cuatro fueron los ¿hombres? Nada de eso, pues entre las almas que acompañaron a Juan de Garay en su misión fundacional hubo unas cuantas féminas; aunque solo una con destino prodigioso: Ana Díaz. Oriunda de Paraguay, criolla ella; hija de una nativa de la tierra guaraní y el gallego Mateo Díaz (quien había llegado a suelo americano junto a Cabeza de Vaca, expedicionario español que halló las cataratas del Iguazú). Sin embargo, su suerte estaría echada en suelo porteño, pues fue el mismísimo Garay quien, tras fundar Buenos Aires, le entregó la parcela que habría de convertirla en la primera “terrateniente” de la ciudad.

Yo, Ana Díaz

El año 1580 daba los primeros suspiros cuando Juan de Garay anunció en Asunción que repoblaría la actual ciudad de Buenos Aires si contaba con hombres y mujeres los suficientemente aguerridos como para cargarse tal empresa al hombro. Y allí estuvo ella: Ana Díaz, con sus ojos verdes, su tez cobriza y su larga cabellera negra. De ello habla el registro de su fisonomía, para nada inadvertido así como su suerte. Pues Ana Díaz embarcó junto a otras mujeres tanto criollas como indias y españolas, compartiendo nave con ganado, semillas y todo cuanto fuera necesario para la buscada fundación; pero su suerte fue diferente a la de las otras. ¿Acaso fue su temple, su prestancia? El caso es que solo ella fue distinguida con el título de fundadora, por lo que recibió una de las parcelas entregadas por Garay: 300 varas pertenecientes al solar Nº 87. Casi, casi un cuarto de manzana. ¿Y sabe de cuál se trato? Allá lejos, bien lejos de la plaza Mayor: la actual esquina sudoeste de Corrientes y Florida. ¡De haber sabido Ana Díaz que sería aquel de los puntos más concurridos de la ciudad!

Pionera por partida doble

¿Será que tal vez lo supo? Visionaria, quizá tanto como decidida y fuerte –con decirle que ella misma se dispuso a limpiar la maleza de su parcela una vez que la dispuso–, Ana Díaz entendió por dónde pasaba el negocio para entonces. Y así fue como, en 1583, decide montar allí nada menos que una pulpería. ¿Estamos entonces ante la primera pulpera de la historia? Hasta que las fuentes no demuestren lo contrario… Pichona de Garay, Ana Díaz también se hizo de una especie de chacra en el actual partido de San Isidro, a la que el propio fundador hizo bautizar “Valle de Santa Ana”. Eso sí, el fallecimiento de su “benefactor” la encontró a alas desplegadas, ya habiendo cruzado el umbral de sus 25 años. Fue entonces cuando contrajo matrimonio con el criollo Juan Martin, vecino de solar porteño; constituyendo así la primera pareja establecida en la ciudad de Buenos Aires.

Pintada al óleo

¿Punto final para su trascendencia en la historia nacional? Pues no, en tanto alguien más se encargaría de perpetuarla con honores, y fue don José Moreno Carbonero, pintor español que, por encargo del rey Alfonso XVIII para el centenario de 1910, concibe el óleo  “La fundación de Buenos Aires”. El caso es que, aunque empapado del hecho, las críticas de los historiadores le hicieron saber a carbonero que tal vez no se había documentado lo suficiente. Por lo que hizo restituir el lienzo para reemplazarlo por uno nuevo. Estuvo listo en 1923, protagonizado por un Garay rejuvenecido y desprovisto de sus ropas militares. A su alrededor, mayor cantidad de guaraníes (en su obra original solo aparecía un nativo) y una dama ausente en la primitiva obra: Ana Díaz, luciendo una pechera blanca y una toca azul cubriendo su cabeza.

Porque la única fundadora de Buenos Aires no podía quedar fuera de cuadro, así como tampoco fuera de texto. Tratándose de su pasado pulpero, mucho menos de esta pluma. Aquella a la que, empachada ya de historias relatadas, siempre le resta tinta para una revelación más. Y vaya si Ana Díaz nos ha dado el gusto…

FOTOTECA

RUBRICA

INSOLITO

Dicen que dicen, la madre de Ana Díaz, de nombre Savé, había sido tomada cautiva por un expedicionario y que, en Asunción, la perdió a manos del vencedor de un juego de dados: ¡el propio Mateo Díaz!

BIBLIOGRAFIA

  • Misteriosa Buenos Aires. Mujica Láinez, Manuel. Editorial Debolsillo. Buenos Aires, 1950.

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