Art Nouveau, con carta de ciudadanía

Curvas y redondeses saciaron la sed de modernidad urbana. De berrinche elitista a sello burgués, el Art Nouveau es pura identidad porteña.

Curvas, volutas y formas redondeadas eran, allá por 1900, algunos componentes de la fórmula Art Nouveau. Experimento arquitectónico de una Europa que, ansiosa por romper los moldes de su academicismo urbano, no encontraría mejor prueba de laboratorio que la desprejuiciada Argentina. Con su inexorable destino de grandeza entre ceja y ceja, sus fronteras abiertas a la inmigración y un pasado colonial descansando en el diván, nuestro país echaba mano a cualquier tendencia que proviniera del otro lado del océano. Y los deseos parecieron ser órdenes.

Vientos de cambio

Claro que el panorama era bien distinto a uno y otro lado: Europa buscaba romper con su propia tradición; mientras que Argentina corría -sin más argumentos- una carrera en busca de “lo nuevo”. Así planteada la cuestión, lo cierto es que todos los caminos condujeron a la modernidad. Aunque en la versión nacional de los hechos, el último grito en materia arquitectónica no estaría, esta vez, en manos de la cosmopolita aristocracia. El clasicismo europeo era palabra mayor para las clases acomodadas, por lo que su adhesión al Art Nouveau fue pura presunción y extravagancia. ¿Entonces? Tal como ocurrió con el tango, caprichoso divertimento de una elite que quería todo lo que veía, y hasta el mismísimo lunfardo; este revolucionario estilo arquitectónico encontraría su caldo de cultivo en una de las más potentes realidades que ostentaba la época: la mezcla.

Mucho más que dos

Si recurrimos a cifras contundentes, y vaya si así lo son, entre 1870 y 1930, 6 millones de inmigrantes llegaron para “hacerse la Argentina”. Catalanes, gallegos, romanos, milaneses, judíos, árabes… ¡Sí que había para mezclar! Y precisamente sería en esta mixtura donde se asentarían los rasgos más característicos de la identidad porteña. La sociedad se resignificaba, se reconstruía. Desde sus hábitos y costumbres (¡cómo no reiterar al resistido 2×4!, quien supo “blanquearse” previa escala en París) hasta los personajes que copaban su escena, intentando siempre colarse un escaloncito más arriba en el escalafón. Con el inmigrante ya plantado en suelo nacional, asomaba entonces una nueva burguesía para la que el incipiente Art Nouveau no era más que un auto de lujo al que subirse para florear su prosperidad.

Todo terreno

Ganaderos, agricultores, comerciantes…todos gastan en la lujosa arquitectura que ofrecía aquella Argentina, próxima a cumplir un siglo de vida. De allí que el Art Nouveau no se enrojeció ante ninguna propuesta: supo vestir fachadas e interiores de petit hoteles hasta casas chorizo, apartamentos para renta de viviendas y otros destinados a oficinas; sin pasar por alto reductos culturales tales como teatros, cines, galerías. La innovación arquitectónica fue el modo de decir “aquí estoy”. Y tal pensamiento se magnificó a escala nacional. Una Argentina condenada al progreso se vistió de gala para su presentación oficial ante los ojos del mundo: la Exposición Internacional del Centenario. Súper muestra situada en el norte de la ciudad, donde pabellones nacionales e internacionales adoptaron este nuevo lenguaje arquitectónico para celebrar el cumpleaños feliz. Así, Buenos Aires se suma a las filas de Barcelona, Bruselas, París, Praga, Viena, Turín y Milán, entre otras metrópolis modernistas. Porque 100 años no se cumplen todos los días.

¡Piedra libre al Art Nouveau!

¿Cuánto duro esta fiebre de ornamentación opulenta y formas onduladas? Los años 20 comenzaron a bajar algunos grados su temperatura: el art-decó y el neo-colonialismo comenzaron a desembarcar desde el viejo continente; aunque el legado de tal frenesí ornamental ha convertido a Buenos Aires en un claro exponente latinoamericano del Art Nouveau. Asimetría, líneas curvas, formas estilizadas que escapan a toda representación realista, elementos naturales tales como hojas y delicadas figuras femeninas a pura ondulación son algunos de los elementos que nos permiten descubrir las vastas construcciones sobrevivientes. Esas que descansan a la vuelta de la esquina, cual testigo mudo de una génesis porteña que, otra vez más, nos comparte nuevas historias para contar.

NO ME DIGAS!

  • ¿Dos arquitectos que la “descocieron” en aquella época? Francesco Gianotti y Mario Palanti. El primero, autor de dos obras cumbres del Art Nouveau en suelo porteño: la Galería Güemes y la Confitería del Molino. Mientras que el segundo se lució con una obra maestra: el Palacio Barolo, todo un tributo literario a la fantástica Divina Comedia de Dante Alighieri.
  • ¿Moderno por accidente? El suntuoso Palacio Anchorena, otro gigante porteño del Art Nouveu, no responde a este lenguaje arquitectónico por pedido de la familia; sino por decisión creativa de quien lo ha concebido. Nada menos que Alejandro Christophersen, reconocido arquitecto formado en Bruselas, corazón del Art Nouveau Europeo.

QUE SE YO!

PARA CHUSMEAR

  • Archivo

    VINO TINTO CARCASSONNE

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    Combinación exacta de la estructura y potencia del Cabernet Sauvignon con la dulzura de los taninos del Malbec. Un clásico Argentino siempre junto a nuestra parrilla. En los años 40 era el elegido del la familia Perón.

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