¿El maestro por los pagos de Defensa 1344, tomándose una grapita con el codo en el estaño? Pues no precisamente. Que Jorge Luis Borges estuvo por estos lares cuando la Fundación San Telmo latió aquí, ya se lo hemos contado (psss, y si no recuerda la conferencia que dio sobre su amigo Xul Solar, no se la pierda). Pero… y ¿si le decimos que don Jorge anduvo deambulando por el blog pulpero? Porque Borges se escribe con “B” de Buenos Aires –y vaya si así lo entendió su literatura–, hoy ponemos la lupa sobre aquellas historias que, líneas mediante, en este blog le hemos compartido, pero entre cuyos renglones y espacios en blanco Jorge Luis Borges habitó en vida. ¿Nos acompaña?
Confitería del Águila
Bienvenid@s una vez más a este reducto porteño en el que la vieja guardia porteña se daba cita. ¿Qué si nomás la hemos espiado de refilón? Tiene usted razón, y sepa disculpar. Es que la movida del momento estaba en la vereda de enfrente. Sí, sí, en el Petit café de Santa Fe 1820, aquel en el que la purretada porteña haría nido. Mientras tanto, sobre las mesas del Águila, política, actualidad, artes y hasta filosofía se masticaban y discutían entre clientes que ya peinaban alguna que otra cana, en sintonía con sus camareros. Sí, la confitería del Águila era cosa seria, pues se trató de una esas confiterías/cafés bien top que asomaron a la ciudad hacia fines del siglo XIX, contándose apenas con los dedos de una mano –y a juzgar por su cercana localización, cabiendo en un puño–. Vea usted, el Tortoni, la Confitería del Gas, la Helvética… y sí, el Águila. Ocurre que su original localización fue sobre la calle Florida esquina Piedad (actual Bartolomé Mitre), allá por 1852. De modo que cuando se mudó a la esquina de santa Fe y Callao, contaba ya con sus buenos pergaminos… Y un magnífico cuento narrado ¿en su honor?, ¿o simplemente en su salón? ¿Acaso su protagonista fue un joven Jorge Luis Borges? De algo o todo ello va La noche de los dones, de pluma del maestro, cómo no… Es en las mesas de la antigua Confitería del Águila que el narrador cuenta en primera persona cómo de muchacho presenció una conversación de “adultos” junto a su padre (¿o será que aquella ocurrió allí?), sobre si aprender es verdad recordar. Y desde entonces, tiempos y escenarios van y vienen dando vida a un universo Borgiano hecho y derecho. Una joyita quizá lo desconocida que la propia confitería para el saber popular porteño.
Peatonal Florida
Y de la esquina de Florida y Piedad nos vamos directamente a patear la peatonal, tal como ya lo hemos hecho por aquí. Solo que esta vez, acompañad@s por don Jorge Luis. Ocurre que para 1944 –y así sería hasta partir definitivamente hacia Europa– vivía en un sexto piso de Maipú 994, esquina Marcelo T. de Alvear (para entonces, Charcas). Con lo cual, salir a la plaza san Martín era como salir al patio de su casa, y hacer una paradita en el Florida Graden de la peatonal que tanto recorría para arriba y para abajo, casi que un ritual cotidiano. Es más, allí recibía a periodistas, traductores, escritores y todo quien quisiera contar con su colaboración. A tal punto que la esquina de Florida y Paraguay en la que aún se erige el Florida Garden supo contar entre sus filas de parroquian@s a pesos pesados como Norma Aleandro, Federico Luppi, Alfredo Alcón, Héctor Alterio, Luis Puenzo, Marta Lynch, y la lista sigue… ¿Qué si hacía falta cita previa? Al menos si de Borges se trataba, ni tanto. Así fue como el actor uruguayo Roberto Jones, quien habría de interpretar la obra La Memoria de Borges al otro lado del charco, se lo encontró de sopetón al bajar por la peatonal rumbo a la plaza, tras unos días de haber escuchado una conferencia del maestro sobre la Cábala en una sinagoga de Buenos Aires. El asunto es que, colmado de sorpresa y admiración, le preguntó a los mozos si le podía hablar. Y ante la luz verde no dudó en acercársele para decirle que había escuchado su conferencia y… ahí nomás, como de la nada, invitación de café mediante, resulta que hasta se llevó el teléfono del maestro y nada menos que dos de dos horas de charla. Porque no, Borges no estaba esperando a nadie, su cafecito en una de las mesas del Florida Garden era pura y grata costumbre.
Puente Alsina
Y si de recorridas por la peatonal Florida hablamos, sepa usted que Borges era un gran caminador porteño. Y no solamente de las calles que dibujaban la “cara bonita” de Buenos Aires, sino por los suburbios, los bordes, las márgenes. ¡El Viejo y querido puente Alsina! Vaya si ha corrido agua e historia bajo sus primitivas vigas de urunday, lapacho y quebracho colorado. Aquellas con las que el vasco Ochoa (otro vasco más y van…) le dio extensión y vida. Así que si recuerda la historia, ya sabe… ¡poniendo estaba la gansa que el vasquito cobra peaje! Menos mal que cuando Borges iba por allí del brazo de Victoria Ocampo, eso ya era asunto pasado. Pues sí, este par caminaba que caminaba, como si la ciudad no fuese otra cosa que un laberinto literario –¿acaso Borges hizo de la ciudad una trama laberíntica en su andar o fue la misma ciudad aquella quien inspiró sus laberintos?–. El caso es que los puentes también formaron parte del universo borgiano, y el puente Alsina era uno de sus destinos recurrentes a la hora de deambular. Llevaba allí, incluso, escritores amigos provenientes de Europa y Estados Unidos. Sí, allí, donde los escombros, la basura y el agua rancia hacían paisaje. ¡Menudo bañito de realidad!
Riachuelo
¿Alguien dio agua rancia? Sí, y con ello, más también. Porque como le hemos contado, el Riachuelo excede a sus propias aguas. La cuenca Matanza-Riachuelo, cuyas aguas nacen en el partido de Cañuelas, involucra también los 14 municipios bonaerenses y las cuatro comunas porteñas que atraviesa. Y allí, en esa res-pública (la cuenca Matanza-Riachuelo es “cosa de todos”), en Diagonal Brown al 301, ciudad de Adrogué, partido de Almirante Brown, la casa natal de Borges. Y la de su infancia, sus veranos, sus vuelos, su inspiración. Musas que habrían de calar en su obra futura. ¿Será este Riachuelo nuestro aquel que hace su aparición en la historia de Lazarus Morrell, al otro extremo del continente? ¿Aquel en que, sin mayores precisiones y con minúscula, comienza Morell la narración de su camino a Natchez? A sus aguas arrojó al jinete que ejecutó tras cuatro días de caminata, para hacerse de su caballo. Y tras calzarse las botas nuevas que éste portaba, hacia su oscuro lecho arrojó las propias, desgastadas de tanto andar.
Ahora bien, a estas alturas, la pregunta es otra. ¿Cree usted que Borges se ha cansado ya también de andar por nuestro blog? Quién sabe si así, como quien no quiere la cosa, lo encontramos tras bambalinas de una y otra y otra de las tantas historias que por aquí le hemos contado, y aún no restan por contar. No le pierda pisada…