Caaporá, el ballet de los pasos perdidos

FOTOTECA

¿O quizá imaginados? El ballet Caaporá fue pintura y texto de inspiración guaraní creado por Güiraldes y Garaño, pero no pisó el escenario.

¿Imagina, en el escenario del Colón, el estreno de un ballet americano inspirado en los ballets rusos de principios de 1900? ¿Y que la vanguardia pictórica parisina de aquella época pudiera ser otra de las musas inspiradoras? Para más… ¿Imagina que el tema central fuese una leyenda guaraní? Pues si le parece mucho, déjenos decirle que Caaporá estuvo a la altura del contexto. De un pomposo y europeísimo teatro Colón que abría sus puertas en 1908, de la modernosa gesta cultural rioplatense –por la que tradiciones y renovación se daban la mano– y del buen genio de dos cracks. Un Ricardo Güiraldes al que aún no había iluminado la sombra de su Don Segundo, y un Alfredo González Garaño en su punto de ebullición artística. Sin embargo, los vericuetos de la historia han hecho que el ballet quedase ¿en el tintero? Mejor dicho, en lienzos y escritos. Porque aunque el escenario nunca fue un hecho, Caaporá dios sus buenos pasos.

Gaucho cosmopolita

¿Seguimos con el pin-pon? Es que la cosa va más de preguntas que de respuestas. Así que permítanos una más: ¿lo tenía a Don Ricardo Güiraldes, alma páter de una de obras más encumbradas de la literatura gauchesca, yendo de arriba para abajo por las calles de París? Don Segundo Sombra estaba aún lejos de su trayectoria cuando, en la antesala de los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, marchó a Europa tras los pasos del pintor modernista Catalán Anglada Camarasa. Sí, sí, leyó bien: pintor. Porque aunque Güiraldes ya despuntaba el vicio de la escritura, también pintaba, componía música. Resulta que un alma bohemia, el don… El caso es que no se trató de un escapadita a la ciudad luz, lo suyo fue un periplo aventurero que también incluyó a Egipto, India, Sri Lanka, China, Japón, Rusia… Aunque no fue en el país euroasiático que conoció a los ballets de Serguéi Diaghilev –fundador de los ballets rusos– sino en la mentada capital francesa. Y fue, más que amor, locura a primera vista. Fascinado por lo visto, vivido, experimentado ante el escenario y la actuación del ballet, Güiraldes partió de Paris con un fueguito encendido. Y aquel habría de combustionar ante otro encuentro que sería un antes y un después para Ricardo. Fue en Mallorca, estudiando bajo las órdenes y creatividad de Camarsa que conoció a Alfredo González Garaño: coleccionista apasionado, promotor cultural, escritor… Esta vez, no le pedimos que imagine. ¡Alcoyana, alcoyana!

Manos a la obra

Lo cierto es que así como Güiraldes se había escabullido del fervor patriótico de 1910, tanto él como Garaño acabaron haciéndolo de lo que ya pintaba mal por cuelo europeo. Por lo que para cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, ambos se encontraban en Buenos Aires. Pero ¡quién les quitaba lo bailado! Y nunca tan bien dicho, porque ya para 1915 comenzaron a idear Caaporá, su proyecto de ballet que primero fue pensado, creado en acuarelas y letras, en lienzos y papel. Caaporá constaba así de un texto escénico y pinturas ¿alusivas?, ¿representativas?, ¿evocadoras?  Más bien indagadoras, curiosas del imaginario guaraní, de su cosmovisión, pues tomaron como tema central las leyendas del Urutaú y del Caaporá (fantasma o espíritu del monte). Ambas, en una misma obra. Y también ambos pintaban (bajo el influjo modernista de Camarasa, cómo no) y escribían. Claro que no hay dos sin tres, dice el refrán. Por lo que contaron con la colaboración del etnógrafo, ¡folclorólogo! y naturalista Juan Bautista Ambrosetti, entonces director del Museo Etnográfico de Buenos Aires que hoy lleva su nombre. Sí, menuda panzada se hicieron entonces Güiraldes y Garaño con la cantidad de documentos y fuentes iconográficas de las que se valieron para ahondar en materia de mitos y tradiciones indígenas.

Lamento guaraní

Como verá Güiraldes y Garaño se tomaron el asunto muy en serio. Caaporá, si bien nacida del imaginario artístico, tenía su sustento concreto, pues la fuente estaba siendo bien estudiada. Y el tiempo no fue motivo de afanes: así como las pinturas datan de 1915, el último texto mecanografiado es de 1916. Entonces sí, todo estuvo cocinado. ¿La trama? En la ribera del Paraná, el cacique guaraní Ñancú busca pretendiente para su hija Ñeambiú, cuya mano sería entregada al ganador de una competencia. Eso sí, con sus reparos… pues resulta que sale triunfante el joven guerrero de una tribu enemiga. Sin embargo, poco le importa ello a Ñeambiú, quien no desiste de tal matromonio. Es entonces que el cacique convoca al Caaporá para interceder, aunque, para ello, el espíritu transforma a la muchacha en Urutaú: mítico pájaro cuyo canto penoso representa el “eterno lamento de la selva guaraní”. El caso es que con Urutaú o sin Urutaú, este trío de lujo habría de lamentar una suerte que no sospechaban entonces. Y eso que todo marchaba sobre ruedas…. Con decirla que en mayo de 1917 se hizo la primera exposición de la serie pictórica de los decorados, personajes y demás figuras que integraban los elementos decorativos de Caaporá. Fue en el marco del Tercer Salón Anual de Acuarelistas, Pastelistas y Aguafuertistas de Buenos Aires. ¿El detalle? Apenas cuatro meses antes de la segunda presentación de Les Ballets Russes en el Colón.

Encuentro cumbre

Y entonces ¿sucedió? El esperado encuentro entre González Garaño, Güiraldes y Vaslav Nijinsky, uno de los más célebres bailarines de la compañía de Diaghilev. Sí, sucedió. La investigadora argentina María Elena Babino dio con registros de aquel encuentro en el que el proyecto Caaporá fue puesto sobre la mesa, incluso con la posibilidad de que, el también ruso, compositor y director de orquesta Igor Stravinsky fuera de la partida. Dos fotografías de Nijinsky, firmadas y dedicadas a Garaño en Buenos Aires y en 1917,  fueron encontradas por Babino en el archivo de éste último. Incluso, se cree existió que una traducción al francés hecha especialmente para Nijinsky, la actual estaría perdida. Y que, a su vez, habían acordado un reunión en Suiza (dada su neutralidad en el contexto bélico mundial) para ultimar detalles. Sin embargo, parece ser que la esquizofrenia sufrida por el bailarín truncó los planes. Aun así, González Garaño volvió a exponer Caaporá tres años después. Esta vez, del otro lado del Atlántico: en el Salón Vilches de Madrid, con buena recepción de parte de la crítica.

Sin embargo, ya con las dificultades del proceso, el proyecto fue poco a poco perdiendo fuerza, vitalidad, presencia. Llegarían otros tiempos y consagraciones para Ricardo Güiraldes, y sus queridos pagos de Areco hicieron una tarea no menos: cobijar las acuarelas y manuscritos en su archivo. ¿Será que de haber existido el ballet Caaporá, Güiraldes nunca hubiera podido componer Don Segundo Sombra? Quien sabe… Por lo pronto Caaporá sigue aguardando su escenario, acaso tan mítico como su propia historia. La del Caaporá propiamente dicho y el Urutaú. La del imaginario que nunca fue.