Caballo pasuco, a diestra y siniestra

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Derecha, izquierda, derecha, izquierda…Aunque bien podríamos pluralizar los lados; pues el caballo pasuco marca su paso (y de allí su nombre) con sus extremidades diestras y siniestras en perfecta sincronía. Nada de mano derecha y pata izquierda; ni viceversa. El desplazamiento de sus extremidades no se sucede en diagonal, como ocurre con cualquier otro equino; sino en línea. Y así va él, todo señorial, ostentando un andar refinado, cuasi glamoroso. Pura impronta, aquella que descendiera de las caballerías del viejo continente.

Señor pasuco

Único en su especie, así podemos definir a este americano hijo de europeos, caballo criollo al fin, sí, pues ha sido introducirlo de este lado del océano por los conquistadores españoles. Y vaya linaje el suyo: sangre de corcel corre por sus venas, esa que lo dota de una gran elegancia y mejor resistencia. Pues el pasuco no trota, tampoco avanza pasito tras pasito; él es dueño de una particular velocidad intermedia, la del “sobrepaso”. Ese cuya suavidad mantiene al jinete erguido y firme, sin que se le mueva un pelo. Pisada fina tiene el pasuco (de allí que su marcha sea apreciada en desfiles, demostraciones y eventos deportivos), aquella que se traducirá en un ínfimo balanceo horizontal para quien lo monte. Pura suavidad, pura sutileza. Y nada de sobresaltos para el cabalgador de turno; sino un apacible viaje. ¡Reseros agradecidos! Pues la estabilidad era un bien preciado para los arrieros de reses, en su camino al matadero. Y hablando de Roma, ¿me cree si le digo que aún hay un resero suelto en la Ciudad de Buenos Aires? Con pasuco y todo eh…

El resero va

Avenida Lisandro de La Torre al 2300, portal del Museo de los Corrales y Viejo Mercado Nacional de Hacienda. Sí, corazón del barrio de Mataderos, allí donde, domingo a domingo, la homónima feria se despliega con todo su gauchaje a cuestas. Allí está él, Gaucho Resero, con su inseparable pasuco de sobrepaso detenido en aquellos pagos desde 1934. Allí está él, imponente, de manos de Emilio Jacinto Samiguet, artista que le diera vida tras años y años de vida viendo pasar imágenes de caballos por su retina (su padre era cronometrista del Hipódromo de Palermo) y en cumplimiento a un pedido que, allá por 1929, le hiciera el gobierno municipal. El monumento se descubrió tres años después, un 21 de septiembre de 1932, en la exposición de la XXII edición del Salón Nacional, realizada en el Palais de Glace, barrio de la Recoleta. Sólo que las generosas formas del gaucho y su pasuco hicieron que la obra anclara en la vereda del lugar, sobre la calle Posadas, donde durante 20 meses deleitó la vista de todo transeúnte. Pero el resero debía llegar a destino, y sobrepaso a sobrepaso, alcanzaría su emplazamiento definitivo. El destino final de todo tropero, allí donde algún que otro curioso supone aún que aquella historia de pata y mano derechas avanzando a la par no es más que un desliz, un error de concepción. ¡Si es el pasuco! Joyita de equino que inmortaliza su andar a los ojos del mundo; y que hasta se ha hecho poesía en más de una canción.

“Mi sillonero pasuco/ ya nunca lo ensillaré. / Lo han de cuidar las estrellas: / ¡adiós, mi caballo, ya no volveré!…” Adiós Tucumán, Los Chalchaleros, 1958.

NO ME DIGAS!

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QUE SE YO!

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