Con guiño celestial y sin apuro ¡Llegó el coñac!

El “licor de los dioses” en viaje desde la campiña francesa hacia la región del viento Zonda.

El coñac es un tipo de brandy que nació con marca de origen: los alrededores de la ciudad de Cognac, en la templada región francesa de Charentes. Se elabora a partir del vino de uvas blancas cultivadas en esa zona. Son vides favorecidas por la caliza del suelo.

De todas partes

De resultas, en rigor de verdad, el cognac sólo se produce en Francia. Al resto de los países se le atribuyen diferentes clases de brandy. Pero como las bebidas espirituosas suelen hacer alarde de hospitalidad, en muchos, muchísimos países, se produce y bebe coñac. Con una sutil diferencia en el nombre, ¡España se anotó un poroto! y popularizó el coñac de Jerez.

Licor de los dioses

“Tiempo y paciencia logran más que fuerza y violencia”, recordaba Jean de La Fontaine, máxima que puede aplicarse al añejamiento del coñac por no menos de dos años en barricas de roble. Ocurre que no es cuestión de andar apurando a los entes celestiales. El silencio y la oscuridad de las bodegas crean el clima propicio para que se realice la labor de los ángeles, como se llama al proceso de evaporación de agua y alcohol dentro de los barriles. El resultado: un raro aroma y sabor rancio, como los vinicultores definen a esa mezcla sutil de frutas, madera y alcohol destilado ¡dos veces! Y no es para menos, ningún esfuerzo podía escatimarse para producir el licor de los dioses, como lo llamó Víctor Hugo.

Y por casa… ¿Cómo fue?

Otard Dupuy y Jaquemin, fueron las pioneras en la elaboración de coñac en el país. La primera es una de las más antiguas productoras de aguardientes de Francia, que a principios del siglo XX instaló una sucursal en Buenos Aires y luego en San Juan. La segunda, una familia de inmigrantes franceses que construyó una destilería en esa provincia cuyana. El clima seco y la calidad del suelo favorecieron una producción que se sostuvo en crecimiento hasta hace unos años. El resto, como se sabe, fue por obra de la paciencia. Aunque los ángeles reclamen el crédito ¡Y los franceses, por cierto!

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INSOLITO

  • Cuenta la leyenda que el gran Charles Chaplin disfrutaba de una enorme copa de coñac, durante una fiesta en la Costa Azul de Francia, cuando selló una amistad infinita con Carlos Gardel. “Comenzó a cantar y me impresionó hondamente. Tenía un don superior al de su voz y su figura, una enorme simpatía personal con la que se ganaba, de inmediato, el afecto de todos”, recordaría el inmortal Chaplin sobre el eterno morocho del Abasto. Si es verdad aquello del licor de los dioses, en algún lugar del Cosmos, esa fiesta continúa sucediendo.

BIBLIOGRAFIA

  • Cinzano en San Juan, María Rosa Ridl Ciancio, Papiro, San Juan, 1997.

PREGONERA

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