Más que Ciudad luz, la de los porteños fue una avenida. Y si a París nos remitimos, bien sabe usted de quién estamos hablando. Pues jugando al espejito, espejito, la Avenida de Mayo vaya si la ha descocido con su impronta, y hasta tecnología francesa. Que si los cafecitos con mesas en la vereda (¡y hasta con una intelectual peña subterránea incluida!), que si los pasajes de doble circulación cuadra en medio (no olvide, decir pasaje en la Avenida de Mayo es decir “Roverano”), que si esto o aquello… Todos los detalles conducen a Francia, cómo no. Pero en medio de tanta alegoría, hubo quien plantó presencia con todas letras. Y en el más literal de los sentidos. Así pues, hoy presentamos a una de las joyas arquitectónicas y artísticas de Buenos Aires: el ex diario La Prensa.
La doble “P”
Porque primero lo primero, déjenos contarle que el fundador del diario La Prensa es un viejo conocido de la casa: José C. Paz (por si alguna vez se lo preguntó, la “C” es de “Camilo”). ¿Lo recuerda? Sí, el del fatuo palacete que lleva su apellido a orillas de la plaza San Martín. ¿El del salón de espejos que replica al de Versalles? Ése mismo. Por lo que vaya imaginando de qué fue la cosa para el edificio que albergaría, por cierto, a uno de los periódicos de más peso del país. A metros de la Plaza de Mayo, el diario La Prensa ya se perfilaba como munición gruesa desde el momento en que se supo, el franchute Charles Garnier estaría a cargo de los planos. ¿Comprende por qué si le decimos que fue el mismo autor de la Opera de París y del casino de Montecarlo? Por lo que, envidias aparte, lo cierto es que ni el New York Herlad ni Le Figaro de París tuvieron una sede como la que el diario La Prensa habría de ostentar en pleno corazón porteño. Tomá mate…
Diario de Babel
Ahora bien, no olvidemos sumar los porotos pertinentes la parte local del proyecto, pues si bien Garnier puso la fachada, el resto del diseño lo completaron los argentinos Carlos Agote –quién también proyectó el palacio familiar– y Alberto Gainza –yerno de Paz–. ¿Que si con algunos detallecitos importados? Claro. Vea usted que Babel constructiva: la estructura metálica de 900 toneladas, capaz así de resistir la maquinaria impresora, fue calculada y producida en París. El sistema de calefacción fue asunto de una empresa suiza. Al tiempo que, mosaicos, herrería artística y zingueria –léase, accesorios para desagüe de techos tales como canaletas–, asunto de una firma neoyorquina. Popurrí de banderas al servicio de una muy refinada mole constituida por ocho niveles: dos subsuelos y seis pisos estructurados en torno a un patio central por donde entraban y salían los carruajes que, por un lado, entraban los insumos, y por otro, salían con el despacho de diarios a tinta fresca. De esta manera, cada uno de los niveles contaba con balcones que, en circunvalación, daban dicho patio. Eso sí, de la baranda para adentro, cada piso e incluso cada salón, era un mundo aparte no solo en funciones, sino en diseño y estética. Mire si el bueno de Paz tendría la idea fija con Versalles que, además del salón versallesco de su palacio residencial, se despachó aquí con un Salón Dorado de igual índole destinado a actos y conferencias.
Dorado a la hoja
Claro está, nomás entrar, uno se s quedaba chito boca ante la flojera de mandíbula que tal lugar generaba. De hecho, bastaba con alzar la vista para toparse, en la antesala, con una araña de tres metros de diámetro hecha en bronce macizo. ¿De dónde? De París, correcto. Y si no contento con lo de arriba a usted se le daba por mirar para abajo, los lustrosos pisos de roble de Eslovenia, ébano y guindo hacían lo propio. Aunque a decir verdad, lo más interesante estaba en el cielorraso del salón propiamente dicho. ¿Le suena un tal Nazareno Orlandi? Y si su respuesta es no, cambiamos la pregunta. ¿Alguna vez se dio una vuelta por la librería El Ateneo de Santa Fe y Callao? Sí, sí. Allí donde estaba el Cine Splendid (es que en esta enciclopedia pulpera todo tiene que ver con todo, vio). Pues bien, si recuerda el bellísimo mural que la corona, vaya sabiendo que es obra Orlandi, y que este muralista italiano fue quien también plasmó en el techo del Salón Dorado del Diario La Prensa un mural al estilo: la diosa Palas Atenea rodeado de siete musas. ¡Pero espérese, nomás! Agudice la vista hacia uno de los arcos frontales del salón. Verá en su remate un bajo relieve de ángeles enmarcando a la letra “P”. ¿”P” de Paz? Dicen que dicen, también de periodismo, prensa y palabra. O mucho más que eso, pues por allí habrían de profesar la suya desde Einstein hasta Amstrong, pasando por Jorge Luis Borges y Ortega y Gasset, entre tantos otros.
Alta y radiante
El caso es que mientras el Diario La Prensa funcionó allí, había en el edificio hasta consultorios médicos, no solo para los trabajadores sino para las personas que circulaban por la zona. Aquellas que también tenían acceso a la Biblioteca pública. Y por si poco fuera, caso algún/a invitad@ de renombre hubiera en los eventos o actos de rigor, contaría ést@ con una habitación a su disposición. Eso sí, mientras tanto, el corre-corre de toda redacción, con logística de reparto incluida. Ahora bien, si se está preguntando por la frutilla del postre, déjenos decirle que, en literal expresión, ésta corona el edificio: una estatua de bronce francés de 4.100 kilos y cinco metros de altura, obra del escultor Maurice Doval, oficiaba de farola a la vez que faro, o como quiera que pueda alegorizarse el poder de guía que tiene la palabra, la información. Se trata, una vez más, de Palas Atenea, para la cual fue preciso un elevador de 500 metros de altura capaz de elevarla a destino el 8 de noviembre de 1898. Y ante unas 20 mil personas como testigos de aquella empresa, cómo no. Además de apreciar ya en las alturas a la diosa, periódico y antorcha en mano. El primero en la izquierda, a modo de proclama, y la segunda en la derecha, como símbolo de libertad capaz de iluminar el mundo; ese mundo o globo terráqueo sobre el que se encuentra de pie. Sí, todo en tiempo presente, pues allí sigue la colosal dama.
Intermitencias
¿Acaso había alguna relación entre las buenas, o no tan buenas nuevas, y la antorcha divina? Ni tanto, pero lo cierto es que a diferencia de lo usual para entonces, el Diario La Prensa fue un pasito más allá. En aquellos inicios de siglo XX en que las noticias más importantes se anunciaban con bombas de estruendo, vaya pegada hubiera sido que la antorcha de la diosa comenzara se encendiera cual faro informativo. Pero hacía falta algo más potente y revolucionario, y La Prensa lo encontró: una sirena. La primera vez que sonó fue para anunciar el asesinato de Humberto de Saboya, rey de Italia, el 27 de julio de 1900. Vaya primicia, ¿no cree? Pero el hecho es que la cosa no marcharía tan viento en popa. No el menos, en un tiempo. De corte conservador y liberal, el Diario La Prensa se las vio fuleras con el peronismo al poder. Durante el primer gobierno de Juan Domingo, diario y edificio fueron expropiados Y no sería sino tras el derrocamiento de Perón en 1955, que fue devuelto a la familia fundadora. De todas maneras, el mazazo no tuvo vuelta atrás: para cuando el diario fue confiscado, vendía 400 mil ejemplares y moneda por semana, y medio millón los domingos. Todo un numerito que no volvió a replicarse. La prensa reapareció en febrero de 1956, pero los tiempos de esplendor eran ya historia.
Declarado Monumento Histórico Nacional en 1985, el edificio es actual sede de la Casa de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, y una intensa labor en muros y rincones procura recuperar y resguardar tanto su valor histórico como arquitectónico y cultural (¡si nuevo nombre lo dice todo!). Así que ahora ya lo sabe, si anda por la avenida, no deje de mirar para arriba. Porque sin importar el tiempo, la farola inspira. Aun a oscuras, usted y yo sabemos ahora, ella sigue encendida.