Entre historias de piratas y carnaval por Ellitoral

A fines del siglo XIX los inmigrantes atestaban los conventillos de Buenos Aires. Entre historias de piratas y carnaval.

A fines del siglo XIX los inmigrantes atestaban los conventillos de Buenos Aires. Sin agua corriente, el ahora conocido Aedes aegypti ocupó el único ambiente que les permitió el espacio urbano: los recipientes que acumulan agua en las viviendas.

por Nicolás Schweigmann

Hace 145 años, Buenos Aires se preparaba para festejar uno de los carnavales más importantes de su historia. Eran tiempos de inmigración, los conventillos de la zona céntrica se encontraban atestados de inquilinos europeos. Los bailes y desfiles se esperaban con ansiedad.

Pero el principio de esta historia debe situarse en 1555, cuando los piratas John Hawkins y Francis Drake formaron la primera empresa comercial de esclavos con entrega puerto a puerto. Los barcos llevaban provisiones y agua. Dentro de los barriles viajaron también pequeños insectos polizones africanos, como huevos (pegados en las paredes) y como larvas o pupas nadando en el agua. A medida que los barcos atracaban en los distintos puertos, los insectos bajaron con los recipientes o por su propia cuenta mientras que los esclavos eran vendidos en subastas públicas.

Los mercaderes se encargaron de evitar rebeliones, al entregar en cada localidad personas de orígenes y lenguajes diferentes. Con el tiempo, los esclavos de la región del Plata se “acriollaron” y encontraron vías de comunicación alternativa. Dicen que así nació el Candombe. A partir de golpeteos de manos y objetos, pudieron compartir sentimientos y un poco de alegría. Lograron contagiar y sus bailes se incorporaron a los festejos tradicionales. Por su lado, los pequeños polizones, hoy conocidos como Aedes aegypti, pasaron desapercibidos para el conocimiento, exploraron y ocuparon el único ambiente que les permitió la naturaleza urbana: los recipientes que acumulan agua en las viviendas.

En esos tiempos, no existía el agua corriente para las 170 mil personas que vivían en la ciudad de Buenos Aires. Para el 27 de enero de 1871 se conocieron oficialmente dos casos de “vómito negro” en el barrio de San Telmo. La comisión municipal desoyó las advertencias de los doctores y continuó con la organización del carnaval. Los enfermos aumentaron exponencialmente. Los festejos entretuvieron a los porteños con bailes y desfiles de comparsas.

Ya terminado el carnaval, en marzo, se registraron entre 40 y 100 muertes diarias, totalizando unas 13.700 personas. Los coches fúnebres no alcanzaron para tanta demanda, el cementerio del sur colapsó y se cerró. El primer ferrocarril llevado por “La Porteña” tuvo que desviar su recorrido hacia los bajos de la Chacarita para descargar los cadáveres en fosas comunes. Su motorman enfermó de lo mismo y se convirtió en el primer mártir ferroviario. Miles de personas escaparon de la ciudad. Los vecinos responsabilizaron a las autoridades por permitir la instalación de un saladero y una curtiembre a las orillas del riachuelo. En ese entonces, el conocimiento científico planteaba que los aires pútridos, los malos aires, o los miasmas serían los responsables de la fiebre amarilla. En esos tiempos, no se sabía que Aedes aegypti era el único transmisor de la fiebre amarilla urbana.

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