Que un inodoro puede traer cola (oiga, no lo tome en sentido literal), vaya si la historia nos lo ha dejado claro… Y si no, que lo diga don Justo José de Urquiza. Sin embargo, podríamos decir que don Eugène Le Bègue de Germiny no tuvo la misma suerte que el gobernador entrerriano. Mientras Urquiza se pavoneaba, orgulloso de su artefacto, ante la perorata higienista de Sarmiento, el franchute sacó boleto directo al exilio. ¿Su destino? Buenos Aires, cómo no. Un francés más en la historia de nuestra Argentina, y van…
El conde
Nacido en 1841 en los franceses pagos de Melun, Eugène Le Bégue de Germiny bebió las mieles de la tradición y el renombre desde gurrumín. Su padre, Charles, fue ministro de finanzas durante la Segunda República (proclamada tras las Revolución de 1848, en la que se derrocó al rey Luis Felipe I) y hasta senador del Segundo Imperio (sí, pasamos de república a imperio golpe de estado mediante, en 1852). Solo que a los cargos políticos también se le suman los títulos: tanto Charles como sus hijos portarían en el “Conde de Germiny”, con todos los prestigios que eso implicaba. Así Eugène Le Bègue se enfiló en la senda “honrosa”: doctorado en derecho, matrimonio con la hija del primo de su padre y catolicismo militante, lo que lo llevó a vincularse con la esfera eclesiástica. Más puntualmente, con la derecha católica. Y en tal dirección marcharía también su carrera política. En 1874 fue elegido concejal municipal de distrito 7 de París, y redobló la apuesta al presentarse en las elecciones legislativas dos años después. ¿Su bandera? El orden, la familia, la religión… Estandartes que no resultaron suficientes para la victoria, pero sí para que monarquía y clero continuaran depositando sus fichas en él a la hora de presentar batalla a los republicanos. Sin embargo, el tiro les saldría por la culata: en el epílogo de aquel 1876, la auspiciosa carrera de Eugène se vino a pique.
Hecha la taza, hecha la trampa
Apenas algunos años antes de que Eugène Le Bègue de Germiny asomara al mundo, las aceras de París comenzaron a poblarse de nuevas estructuras. 1834 fue el años debut de las “vespasianas”, aquellas a las que la jerga parisina llamó “tazas” o, en lenguaje coloquial –nuestro famoso “dicho en criollo”–, “meadores”. Piense usted en la expansión urbana y demográfica de la ciudad luz por aquel entonces; la consecuente necesidad de mantener a raja la higiene pública. Sin embargo, estos urinarios públicos, afanosos por instar a la “buena conducta” colectiva (en París llegaron a ser dos mil, la mitad que en toda Francia), tuvieron su costado non sancto bajo la lupa moral. Se convirtieron en espacios de libertad homosexual a la vez que de conspiraciones e intercambios de mensajes secretos. ¡Menuda cama le hicieron allí al pobre Alfred Dreyfus! Pues la condena perpetua que cayó sobre este judío capitán francés se cocinó vespasianas adentro, en un lleva y trae de falsa información que acusaba lo acusaba de “vender” información a la Alemania. Incluso, por fuera de todo complot, la Resistencia Parisina frente a la ocupación nazi también hacía lo suyo: desde mensajes hasta armas eran dejadas en los urinarios cual botella arrojada al mar, para que luego algún otro miembro las recogiera.
Haz lo que yo digo….
El caso es que el 6 de diciembre de 1876, a los 35 años, un Eugénie Le Bègue de Germiny que contaba ya con una “digna” carrera política fue arrestado por la policía moral en una de las tantas vespasianas parisinas. ¿Motivos? Se encontraba allí en compañía de un joven trabajador. ¡Imagine usted el escándalo! Justo el conde, partidario de la colación de la Orden Moral, coalición de derecha a ultranza… Por lo que los republicanos se hicieron flor de picnic recogiendo el guante de la desgracia. Y eso que Eugénie negó todo, diciendo que en verdad estaba investigando supuestos hechos inmorales y la mar en coche. Pero no logró salir ileso del escrache. Fue condenado a dos meses de prisión y una multa de 200 francos, a la vez que se vio privado de su cargo municipal y puesto de administrador de la Universidad Católica. Cumplió su condena en la prisión Le Santé (paradójicamente, allí se encuentra aún el último urinario original del siglo XIX, sobre el boulverd Arago, en el distrito 14), y tras el divorcio armó sus petates con destino a la Argentina.
Yo, Lebègue
¿Y qué fue del conde por estos lados? Bajo el nombre de Lebègue (así, a secas, y sin espacio), Eugène Le Beguè de Germiny fue uno de l@s tant@s franceses que hacían patria por en suelo nacional. De hecho, se contabilizan 32.383 habitantes oriund@s del país galo para el año 1869, de los cuales el 41% había anclado en Buenos Aires. Esto hizo que, tal como en el caso de otras colonias inmigrantes, comenzaran a gestarse instituciones, publicaciones. Así nació Le Courrier del Plata, el diario francés más importante en cuanto a tiraje y supervivencia en nuestro país. Pero no fue el único: el periódico L’Indépendant fue otro de los que publicaba ediciones diarias, y dicen que dicen, Lebègue escribió allí algunos artículos. Mientras tanto, se ganaba unos pesos como oficinista a la vez que compartía techo con una mulata. Con el tiempo llegarían los exámenes para ser admitido en el colegio de abogados y entonces sí, dar rienda suelta a la profesión de toda su vida. El adiós le llegó en 1898, en la misma Buenos Aires que lo había acogido veintidós años atrás.
Desde hacía seis años, Eugéne Le Bègue de Germiny tenía escrito ya su testamento, con las disculpas a quienes habían “manchado” su vida, trastocándola para siempre, y pidiendo a su albacea –encargado de cumplir su última voluntad– que quemara todos sus papeles para que nada más se supiera de él. Sin embargo, Eugène Le Bègue de Germiny, o simplemente Lèbegue, no tuvo fortuna. Aún más de un siglo después, su historia aún hace eco entre París y Buenos Aires. Esperamos, pues, sus disculpas también alcancen a quienes, en afán histórico, la seguimos contando.