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Francisco de Viedma, el conciliador |

Francisco de Viedma, el conciliador

Un siglo antes de la “Conquista del Desierto”, Francisco de Viedma ocupó la Patagonia. Lejos del exterminio, optó por la conciliación.

El cálido sol de Andalucía poco y nada tenía que ver con los tórridos aires patagónicos, pero al ingenioso José Gálvez, ministro Universal de Indias, poco lo importó tal asunto. Para Francisco de Viedma, un hacendado y agrónomo de alto lustre allá por 1778, aquello no sería más que un pequeño detalle. De Jaén al Sur argentino sin escalas, la fundación de un establecimiento costero capaz reafirmar la presencia española por dichos pagos sería misión posible. Y las formas no fueron un dato menor. Pues aunque un siglo restaba aún para la mal llamada Conquista del Desierto, la Patagonia no estaba vacía. Y don Francisco de Viedma no hizo caso omiso.

Con V de visionario

Que aunque su familia solía escribir su apellido con “B”, Francisco de Viedma se inclinó por la “V”, aunque no precisamente de la Victoria. Sino más bien de la “visión”. A fin de cuentas, no habría humillados perdedores en su gestión. Pues más de imponer, lo suyo fue conciliar. Y eso que el escenario no se presentaba fácil… Ocurre que el andaluz no tenía vocación para asuntos de gobierno o poder. Su fuerte era el trabajo en la tierra, y tal vez por eso es que nunca se dio por vencido ni aún ante el más desolador panorama. De hecho, “San José”, el primero de los establecimientos fundado por Francisco de Viedma en la zona de Península de Valdez, no logró prosperar por falta de agua potable. Pero La perseverancia traería su recompensa.

La comunión hace la fuerza

La desembocadura del Río Negro en las aguas atlánticas fue entonces un hallazgo de oro para el establecimiento del Fuerte de Nuestra Señora del Carmen y Ánimas. La  fundación se produjo el 22 de abril de 1779, y aunque la creciente del río ocasionó ciertos problemas, Viedma resolvió el asunto mudándose a la costa del norte. La producción de cereales, aquella por la que don Francisco procuró rápidamente tierras fértiles y solicitó a la Corona el envío de colonos agricultores, fue una de sus primeras (pre)ocupaciones. Más no la única. Ni lento ni perezoso, el andaluz entabló buenas relaciones con los pobladores originarios de la región, y hasta llegó a repartir entre ellos la carne salada que traía como reserva. ¿Mera estrategia? Ni tanto, pues lejos de disimular su admiración por ciertas formas de vida que éstos practicaban, las dejó bien asentadas con puño y letra.

Conciliación voluntaria

“Su idioma es gutural y repiten en sus conversaciones una misma voz muchas veces. No interrumpen al que está hablando, aunque su oración dure todo el día… El que oye y los demás están con grande atención diciendo con frecuencia a, a, que quiere decir sí, sí, y con ninguna otra voz interrumpen al que habla”. Sí, señores. Don Francisco de Viedma desmitificaba toda “extraterrestre” visión de los pobladores originarios (¿recuerda aquellas visiones del gigantismo que los catalogó como patagones?), y no dejó región por explorar personalmente en la que no se adentrara en los usos y costumbres de los indígenas encontrados a su paso. Sin embargo, su reputación no era vista con buenos ojos del otro lado del charco. Tan buena relación entre Viedma y los pueblos originarios causaba irritación en ciertos españoles arribados a la misión, por los no faltaron tendenciosos informes con los que influenciar negativamente a José Gálvez.

Con pena y sin gloria

¿Qué si cierta envidia o celo terminó de influir en el asunto? Quizá, pues durante los años que Francisco de Viedma permaneció al frente de la región manifestó una evidente capacidad de mando, además de conciliatorios ánimos que resultaron provechosos. Priorizando también la construcción de edificios (entre ellos, la emblemática torre del fuerte, aún hoy de pie en la actual Carmen de Patagones) y el tan anhelado desarrollo agrícola. Sin embargo, el final no fue con laureles para este intrépido andaluz. La Corona determinó el abandono de Francisco Viedma en 1783, y la desilusión distó de toda posible sed de poder: “Tienen estos indios índole muy dulce e inocente y me tomaron tanto afecto y trataron con tanta sencillez, principalmente el cacique de San Julián, que si hubiésemos tenido caballos bastantes, pienso no quedaría un palmo de aquellos terrenos que no pudiese registrar en su compañía”.

 

Hemos dicho, la Patagonia no estaba desierta. Y don Francisco Viedma lo tenía claro. Su nueva misión como gobernador e intendente de Santa Cruz de la Sierra y Cochabamba, en el Alto Perú, parece haber alejado, diluido su huella en la historia nacional; tan solo rescatada por la capitalina ciudad que hoy porta su apellido: Viedma. Con “V” de visionario, sí, aunque precisamente el futuro haya desoído sus buenas visiones y dones de gente.

 

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INSOLITO

Con voz propia: las visiones y sentires de Viedma durante su paso misión en la Patagonia fueron condensados en una obra llamada “Descripción de la costa meridional”, redactada ya en Buenos Aires a finales de 1783.

BIBLIOGRAFIA

  • El Giennense Antonio de Viedma, colonizador y cronista de la costa patagónica. Molina Martínez, Miguel. Boletín del Instituto de Estudios Giennenses. Jaén, 1997.

PREGONERA

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