Jazz en Argentina, con los oídos de punta

Aunque sin ser ciudadano, el jazz compartió con el tango un camino agridulce hacia su catapulta y permanencia. Camínelo con nosotr@s.

Decirse del jazz supo ser cosa de guapos, sí. Y no en vano la palabra nos remite a su compañero de ¿desventuras? Más bien, de dificultades. Pero si todo quien persevera, triunfa, el jazz ha sabido colgarse su buena medalla en territorio nacional. Claro que, a diferencia del tango, lo suyo no fue sacar chapa de música ciudadana. Y aunque no se trata al fin de un género de raigambre argenta, explorar su afincamiento por estos pagos vaya si nos lleva al mismo “barro”. Jazz y tango han sabido darse la mano a la hora de fecundar su semilla musical y pasional.

Codo a codo

Música de reductos non santos, ese fue el jazz, así como el tango. De hecho, orquestas típicas tangueras y jazz bands –en alusión a esas primeras agrupaciones que, por sobre recostarse sobre arrabal del sur, se alzaban de puntillas hacia los ritmos norteamericanos– supieron entremezclarse de lo lindo. Acompañaban con su música a películas mudas en salas de cine, orquestaban números de danza y frecuentaban diales de radio. Allí estaban ambos, codo a codo, con un mismo trasfondo al fin: el legado afro. Y aunque, en fusión con aquel, los inmigrantes que aquí se afincaron hicieron del tango una criatura nacional; el jazz venía ya con su mixtura a cuestas. Fue él una joya de importación, aunque no del todo pulida para el gusto de la “gente bien”. Por lo que, lejos de explotar como un boom, el jazz supo ser de esos secretos a voces que, cuanto más receloso, más preciado parece.

Soy de aquí y soy de allá

Así pues, con el visto bueno de un cosmopolita siglo XX, uno de los antecedentes más lejanos de jazz en argentina lo encontramos de la mano del pianista Roberto Firpo, alrededor del año 1915, en Buenos Aires. Con la incorporación de Agesilao Ferrazano en violín y Juan Carlos Bazán en clarinete y fluata, el bueno de Firpo se despachó con su versión del one-step “Tres moutarde”, baile oriundo de Estados Unidos allá por 1910, asimilado luego por bailes como el fox-trot. Precisamente, nacido con las primeras orquestas de jazz y cuyo nombre –“trote de zorro”– alude a las primitivas danzas negras que imitaban pasos de animales, aquellas que inspiraron a los bailarines. De modo que si Firpo ya se alzaba como un evolucionista del tango al establecer definitivamente el piano en las orquestas típicas, su incursión en el jazz vaya si era toda una novedad; más no la única. René Cóspito, pianista que para los amigos del tango fue conocido como “don Goyo”, también se alzó como director de una orquesta de jazz no menos célebre. Y a todo pulmón, en tanto en aquellos inicios de siglo era bien difícil, sino imposible, conseguir partituras originales de los temas que llegaban a sus oídos a través de los discos. Por lo que tocar “encima” de ellos era la única forma de sacarlos. De aquello también fue la historia para otros dos tangueros que se inclinaron hacia el jazz: Cayetano Puglisi y Elvino Vardaro, encolumnados tras Firpo y compañía, fueron registrados discográficamente por la Orquesta Nacional Odeón, a fines de 1919.

Sin fronteras

El caso fue que el jazz fue una atracción sin mayores teorías. Dicha la dificultad a cerca de las partituras, no fue sino hasta el establecimiento de conexiones con marineros norteamericanos que hacerse de piezas impresas fue posible. Sí, los músicos iban a buscarlas a los barcos anclados al puerto. Aunque intérpretes extranjeros también habrían de hacer su arribo. Fue en 1927 que la orquesta del norteamericano Sam Wooding resultó ser marcar un quiebre en lo que la experiencia de jazz en Buenos Aires había sido hasta entonces. No solo por el disfrute de la música en vivo de la mano de sus embajadores; sino porque aquello de presenciar lo gesticular, los movimientos, la presencia escénica fue fundamental para transmitir cuestiones de la cultura afroamericana que excedían a la voz. Para entonces, la clase alta ya era de la partida, tal como sucedió con nuestro tango. Pues éste último supo “limpiarse” fronteras para adentro tras hacerlo fronteras para afuera. ¿Lo recuerda? De hecho, y porque todo lo que va, vuelve. Nada menos el mismísimo Louis Armstrong,  grande de los grandes en materia de jazz, llegó a grabar dos tangos: “El choclo”, de Ángel Villodo, bajo el título de Kiss of fire o “beso de fuego” y “Adiós muchachos”, de Julio César Sanders. ¿Qué tal?

Recalculando…

¿Qué si al jazz se le pasó el cuarto de hora? No precisamente. Ocurre que tras aquella ascendente primera mitad de siglo, le siguió otra menos fervorosa, tal vez más reclusa, en la que acomodó como música de cámara. Mermó en su masividad precisamente al tiempo en que, como lunar al tango más popular, Piazzola hacía de las suyas a pura revolución. De hecho, y, una vez más, haciendo que ambos géneros marchen de la mano, el experimentador de Astor invitó a grabar consigo al jazzero y saxofonista neoyorquino Gerry Mulligan. Así fue como, en 1974, dio vida al disco “Reunión cumbre”, desde el que el saxo incursionó en ritmos milongueros. Una joya. Un botón de cuanto sucedía con el jazz en aquellos años ‘60s y ‘70s: autodidaxia doquier. Sin currícula organizada, sin métodos establecidos, los jazzeros de la escena local se encontraron a la buena de su pasión. Componiendo con cuanto acervo tenían, a libre camino, profesionalizándose. Casi como que abriéndose camino allí donde no había luz, a no ser por algunas intermitencias: fue el musicólogo africanista Néstor Ortiz Oderigo quien, a principios de los ‘50s, publicó libros sobre jazz en español, convirtiéndose en uno de los primeros en hacerlo. Lo que se dice, una mano amiga.

Y a ella se sumó una, y otra más y otra. Por lo que el jazz no es hoy, para quienes quieran mamar su esencia y enfilarse en su pasión, una lucha. Más bien, y como siempre en verdad lo ha sido, una elección del corazón. El Conservatorio Manuel de Falla le ha dado la bienvenida y, bajo su ala musical y profesional, la Tecnicatura Superior de Jazz es un hecho, un paso más en la historia. Aquella que, así como la del tango, ha empezado a escribirse para ya nunca abandonar su libreto. Y que siga la música, nomás…

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