Juego de cartas, el as de la diversión pulpera

FOTOTECA

¿Qué si solo de truco fue la cuestión en las pulperías, a la hora de la diversión? Déjenos cantarle las treinta y una, y que haya mus para r

Que el tute cabrero fue cosa de tutti, ya se lo hemos contado. Que ya acabadas las guitarreadas, el truco era la palabra más cantada, también. Pero… ¿y si le decimos que, a la hora de los porotos, más de un juego de cartas copó las mesas de las pulperías? Con ustedes, dos clásicos para barajar y dar de nuevo: el mus y la treinta y una.

La treinta y una

De jamás haber mentido / se jactaba aquel burgués / y exclamaba “real envido” / sin tener veintitrés… Bien versa esta recitada popular, pero treinta y una son mejores, como se diría. Y es que nada de andarse con chiquitas, pues para jugar a la treinta y una (así, en femenino) se utilizaba la baraja española completa, con los ochos y nueves incluidos. Juego de cartas generoso sí los hubo, daba a demás a cada participante la chance de oficiar de “banquero” a su debido turno, y tenía además la simpleza de que cada carta valía lo que su número, a excepción de los ases, que podían valer uno u once, dependiendo la conveniencia del jugador.

La cosa era así, el banquero barajaba y, luego de hacer cortar al jugador de la izquierda, distribuía las cartas a cada jugador en tres veces, una por vez. Quien recibía iba mirando su suerte y, acto seguido, podía decir “me planto” o “carta”, según se fuese acercando al treinta y uno. Cuando se pedía carta, el banquero daba esta vez carta descubierta, ante la que el jugador podía plantarse o seguir pidiendo. ¿Y cuándo era el turno del siguiente jugador? Cuando el antecesor se plantaba o bien, se pasaba. Y en este último caso, poniendo estaba la gansa. El que se pasaba debía dar al banquero la cantidad que, antes de comenzar el juego, al igual que el resto, había apostado y colocado, morlaco sobre morlaco, delante de sí.

Hasta que al final llegaba el turno del banquero. Y así como los demás, también podía plantarse o pedir. Claro que, en caso de pasarse, debía pagar a cada uno de los jugadores que habían sabido plantarse la suma que ellos habían apostado y aún conservaban. Es decir, recibían su apuesta por duplicado. ¿Y si se plantaba? Llegaba el turno de descubrir su juego. Él y todos los que  no se hubiesen pasado. Nuevamente, debía pagar a cada quien que los superara en puntaje lo apostado con la plata de su “pozo”. Mientras que todos los “plantados” que tuvieran puntaje inferior a él debían pagarle su apuesta.

¿Y ante igualdad de puntos? La jugada quedaba nula. Y lo más interesante, si alguno tenía la suerte de hacer treinta y una con las tres primeras cartas –lo que se llamaba, “treinta y una real”–, descubría el juego de inmediato y el banquero debía abonarle sin esperar a que acabase la vuelta. Y si el banquero era el afortunado, ahí nomás debía recibir de cada jugador el doble de lo apostado, sin esperar, tampoco, a acabar la ronda. El cargo de banquero concluía cuando hubiese repartido ya todas las cartas.

El mus

Juego de cartas más acotado en cuanto a mazo –lo suyo era la baraja española de cuarenta–, el mus se podía jugar entre dos o hasta un máximo de seis, aunque siempre números pares, pues el asunto iba de dos bandos, fuesen duplas o –rara vez– tríos, (sí, la cosa se va pareciendo al truco, y ya verá algunas similitudes más). Pero vamos a lo primero: el valor de las cartas. Cada rey, caballo, sota o tres valían diez puntos. Las demás, su número real, a excepción de cada dos, que valía uno.

¿Comenzamos, nomás? Ni tanto, que a las parejitas también las forma el azar, así que nada de andar planeando meter mula con algún compinche de antemano. Vea usted, cada jugador tomaba una carta. Los dos que tenían las mayores cartas jugaban contra los dos restantes. Y el que tenía la mayor de las mayores era la “mano”, sentándose frente a él su compañero (el don elegía posición en la mesa y todo), y a su derecha el “contrario” con mayor carta. Es decir, el tercero en la escala general.

El jugador mano baraja y reparte a cada jugador cuatro cartas en sentido inverso a las agujas del reloj. Y he aquí, con los naipes en suerte, la jugada que cada quien podía armar. En orden decreciente de valor: grande (tener las cartas más altas posibles), chica (tener las cartas más bajas posibles), pares (tener dos o más cartas iguales), medias (tres cartas iguales) y duples (dos parejas). ¿Algo más?  Sí, “juego sí” o “juego no”. Juego sí: cuando la suma de las cuatro cartas de la mano es 31, 32 o 40 (del 37 al 33, decrece el valor del punto). Juego no: cuando la suma del valor de las cartas es inferior a 31. En este caso, el mejor punto era el 30 y el 4 el peor. Claro, esta jugada valía siempre y cuando ningún otro jugador tuviese juego. Y nada de empate eh… a mismo puntaje, ganaba la mano o el jugador más cercano a ella.

¿Y cómo comienza la partida? El jugador mano decide el rumbo. Tras estudiar sus cartas, decidía si se las jugaba con las cuatro o si descartaba alguna de ellas. Si usaba todo lo suyo decía “no hay mus”. Pero si prefería mejorar su juego yendo al descarte de alguna de sus cartas, entonces sí, “mus”.  Y así sucesivamente cada jugador. Ante el primer “no hay mus”, ninguno podía ya descartar, y el jugador mano debía comenzar a jugar. Ahora, si todos estaban dispuestos a descartar, y entonces había mus, la mano distribuía a cada jugador la cantidad de cartas que solicitara de acuerdo a las descartadas.

De modo que las cartas no se enseñaban hasta que algún “no hay mus” detuviera la circulación y cada quien debiera mostrar su jugada. Allí se cerraba un parcial, hasta que los “porotitos” (también valían los garbanzos o las piedritas) sumados de cada uno completaran o pasaran los 40. ¿Vio que no dista tanto del viejo y querido truco? Y ni le digo las señas… Pues este juego de cartas también tenía las suyas. Morderse el labio inferior era aviso de tener dos reyes para la jugada grande. Y si usted tenía a los cuatro, doble mordida. Sacar la punta de la lengua indicaba tener dos ases para la jugada chica. Torcer los labios apretados, seña de que sólo había medias. Levantar las cejas, duples. Y guiñar un ojo, sí, lo que imagina: tener para el juego de 31.

Hecho el juego, hecha la payada

¿Alguna duda ante tan esmerada explicación? Sepa que, cualquier cosa, los reglamentos están a mano. Eso sí, bajo una forma peculiar. Aunque si de un juego de cartas pulpero se trata, no podía ser sino en payada. Así pues, en 1890 salió impreso en Buenos Aires el abc del truco relatado en verso: un duelo de labia que interpretaron don León Robles y Pedro González. Pero yendo al mus que aquí nos ocupa, compartió vitrina con el truco y el tute en las leyes de juego que se imprimieron cerca de 1930, pues su popularidad ya lo había hecho pasar por la imprenta uruguaya en 1842, y de la pluma y buen verso del poeta uruguayo Francisco Figueroa. Y el que diga que del verso / no es digno el asunto, advierta / que no hay entre mus y musa / más que una a de diferencia.

Más clarito, échele agua. O métale mano a la baraja e inspírese pa’ revivir sobre su mesa o cualquier estaño, este par de olvidados que, en materia de timba, sí que han conocido el estrellato…