Kiveve, otra vez crema

Desentendiéndose de la sopa, pero sin alcanzar la corpulencia del puré, el guaraní kiveve se abre paso a pedir de friolentos.

Porque los más ancestrales legados no solo van de boca en boca sino de paladar en paladar, el guaraní kiveve sigue dando que hablar y saborear. Vigente como ayer en los pagos del litoral, este platazo sí que sabe a todos conformar. A medio camino entre la sopa y el puré, el kiveve se las ingenia para, en la mesa, hacerse su buen lugar. ¿Solito y solo como entrada de ocasión? ¿O como suave compañía de algún grillé? Sea como fuere, el secreto del kiveve es tan simple como su elaboración: un zapallo bien carnoso, y cuanto más anaranjado, mejor. Porque lo que va a parar al estómago también entra por los ojos… De ahí que, las presentes líneas, esperamos despierten su antojo.

 

Sabor perpetuo

Oriundo del noreste argentino y el Paraguay, el kiveve traspasó las fronteras de la cultura guaraní para adentrarse en territorio colonial: tanto españoles como criollos le dieron su visto bueno, al punto tal otorgarle asiduidad en la mesa de cada día. De allí que, más temprano que tarde, todo el virreinato del Río de la Plata supo de qué iba el asunto en aquel agitado siglo XIX. ¿Y usted? ¿Tiene idea alguna en estos tiempos que corren? Porque el kiveve ha sabido perpetuar su sabor más allá de latitudes y generaciones, más le vale no andar desprevenido.

 

Tomando nota

  • 1 kg de zapallo limpio (sin semillas)
  • 3 tazas de caldo de verduras
  • 2 cebollas medianas
  • 5 cucharadas de aceite de girasol
  • 150 gr de queso cremoso
  • Harina de maíz fresca en cantidad necesaria
  • 1 cucharada de azúcar
  • Sal a gusto

 

Pele el zapallo y córtelo en dados pequeños. Reserve. Por otro lado, prepare el caldo de verduras en una cacerola y manténgalo caliente.

Disponga de otra cacerola y dore las cebollas picadas en aceite de girasol. Una vez listas, agregue el zapallo y continúe la cocción a fuego bajo. Incorpore poco a poco el caldo caliente. Preferentemente, de a un cucharón por vez. Notará como el zapallo se torna tierno, deshaciéndose luego. Eso sí, ¡no deje de revolver! Ya sea con una espátula o cuchara de madera, no abandone hasta que la preparación esté homogénea, sin grumos a la vista. Claro que si busca una consistencia algo más espesa, puede detenerse antes de que la cremosidad sea irreversible.

Una vez obtenida la textura deseada, proceda a incorporar la harina de maíz en forma de lluvia. Una vez más, la cantidad depende del espesor que procure. Puede bastar con un par de cucharadas, o bien puede echarle hasta una taza. A mayor cantidad de harina, el plato se asemejará más a una suerte de polenta de zapallo. Una vez más, no deje de revolver hasta que la harina no esté completamente incorporada.

Llega entonces el turno del queso: córtelo en cubos e incorpore mientras continúa con revolviendo. ¡Ya queda poco! Solo es cuestión de que los cubos se fundan para servir el kiveve calentito. ¿En un cuenco?, ¿en un plato?, ¿en un tazón?… ¿O al costadito de alguna carne? La respuesta es suya. Demás está decir, solo le resta compartirla con nosotros.

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INSOLITO

A falta de zapallo, buena es la calabaza. Apenas una variante que, aunque más fibrosa, otorgará un dejo más dulzón a la preparación. ¿Un toque de distinción? Puede usted incorporar algún que otro vegetal al momento del refrito: cebollita de verdeo o morrones pueden ser una buena alternativa de sabor.

BIBLIOGRAFIA

La comida criolla: memorias y recetas. Elichondo, Margarita. Ediciones del sol. Buenos Aires, 1997.

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