La Cumparsita: un mismo amor, distinta orilla

FOTOTECA

¡Oid mortales, el himno del tango! Es la rioplatense Cumparsita cuyas notas siguen sonando. Y en su redor, entreveros y disputas, tronando.

Que en las orillas dan para que las identidades permeen, no es ninguna novedad. Al menos, no para la historia rioplatense. ¿Quiénes son más materos que el mate, l@s argentin@s o l@s uruguay@s? O ¿Qué tan argentino o uruguayo es Carlitos Gardel? Y lo cierto es que en menudo lío nos metemos de ahondar en materia tanguera… Pues no solo el corazón del zorzal tuvo un pie en cada orilla, sino el pulso, el ritmo de la Cumparsita. Sí, ese tango de los tangos que el yorugua Gerardo Matos Rodríguez compuso allá por 1917, pero que se estrenó en el montevideano bar La Giralda de manos del argentino Roberto Firpo. Ah, y al que el también argentino Pacual Contursi daría su más popular letra (¿no sabía que hubo más de una, e incluso una del propio Matos?). Como verá, la historia fue más bien complicadita ¿Cómo la vida  misma, no?  Y de eso vaya si sabe el 2×4… Por lo que allí, justito en el meollo de la cuestión metemos nuestras narices. Pase, lea y, si el andar de estas líneas se lo permite, respire con nosotr@s.

Problemática y febril

Corría el verano del 1917 cuando un jovencísimo Gerardo Matos Rodríguez, por entonces, estudiante de arquitectura, ardía de fiebre en su cama. ¿Una enfermedad pulmonar? Quien sabe… El caso es que, entre sueños febriles y realidad, Matos recordaba. Sus manos, sus dedos pedían sedientos las teclas de un piano, pero la flojera de su cuerpo no le respondía. Porque más que recordar, lo que Matos quería evitar era olvidar. La música, las notas de su Cumparsita, aunque no supiera cuáles fueran. Porque él no sabía música. Como se dice, tocaba de oído. ¿Entonces, como trasmitirla? Poner las manos en el teclado le bastaría, sí, Pero como no llegaba al piano se hizo un teclado de cartón. Y así, quizá, el gesto de sus dedos sobre las teclas ficticias, acompañado del silbido de las notas que sonaban en su cabeza, fuese suficiente. Y lo fue para su abuela, quien una vez cumplida la tarea, al silbar al completo las notas transcriptas, comprende que tiene en sus manos nada más y nada menos que la partitura de un tango. Mientras tanto, puertas afuera de aquel cuarto afiebrado, la federación de estudiantes de la facultad a la que asistía Matos preparaba la comparsa con la que salir a tocar y festejar y vivir el carnaval montevideano.

¡Se viene la cum-parsa!

Becho para los amigos, o para sus compañeros de estudiantina y juerga. Así era conocido Gerardo Matos Rodríguez, quien a sus dieciocho años ya se había echado fama de milonguero. Y sería que el tango no era aún por aquel entonces esa música triste y poblada de penurias en la que habría de convertirse, que Matos y compañía, más que lamentar, no tuvieron mejor idea que festejar el desalojo del techo cuyo alquiler habían olvidado de pagar. Ah, sí, las despedidas son a lo grande… Y con música de por medio. ¡Componete algo, Becho! Dicen que dicen, fue allí, sentado al piano, galopando la despreocupación de la juventud, que Matos sacó de la galera unos compases. Los mismos que, en la sobriedad de una cama y bajo los efectos de una fiebre orgánica, real, logro transmitir a su abuela. Ahora bien, ¿a qué debemos el nombre Cumparsita? Mejor dicho, a quien. Pues se trató del mozo italiano de una heladería, que en la mezcla de su lengua natal y español, el famoso “cocoliche”, llamaba cumparsa a la comparsa. ¿No hemos dicho, por aquel entonces se andaba cocinando el carnaval?

¿Dos por cuatro?

Famoso cocoliche… Sí, el nombre de este dialecto, jerga o mezcolanza de idiomas es bien conocido. Incluso, para referirnos a aquellas combinaciones algo extrañas o que denotan mal gusto: ¡es un cocoliche! Y déjenos decirle que el bautizo es también una tanada: la del personaje inspirado en un inmigrante calabrés, don Antonio Cuculichio, nacido en el circo criollo de los hermanos Podestá (¿otra vez dando la nota en este blog, querido Pepino? Disculpe usted esta insistencia suya en aparecer…) Sin embargo, no es posible asegurar que la Cumparsita haya sido pensada por Matos para la Cum-parsa. ¿Podemos pensar que este tango tenía aspiraciones de convertirse marcha carnavalesca, o, al menos, oficiar de ella? Vamos más al punto: ¿cree usted que es posible caminar al ritmo del tango? Cierto es que, si pensamos en el candombe uruguayo y sus raíces africanas, cómo olvidar que el tango también hunde sus raíces allí (¿recuerda que su nombre es una deformación del africanismo tangomao?). De hecho, el compás binario tan típico del tango responde al llamado “pie de habanera”: una nota larga seguida de dos corcheas en el primer compás y una negra en el segundo, propio de la habanera. Sí, otro género musical que acusa raigambre africana. El caso es que la Cumparsita vendría a marcar revolución incluso dentro del propio género tanguero: abandonando el binarismo, inauguró ella el ciclo de tango en cuatro cuartos. ¡La que te mandaste, Matos!

El debut

En este sentido, otra versión también asegura que el carnaval fue una ocasional coincidencia, y que la insistencia de Matos en bajar a tierra o partitura a la Cumparsita tenía que ver con la posibilidad de ayudar a juntar fondos para el centro de estudiantes. Claro, para ello había que tocarla en público. Y un veinteañero Matos, algo timidón, decide entregar la partitura a un tal Roberto Firpo a través de un amigo. Se encontraba éste en una mesa de La Giralda, el desaparecido café montevideano en cuyo lugar hoy se alza el Palacio Salvio (diseñado por Mario Palantti, hermano mellizo del porteño Barolo), mientras Matos relojeaba desde la puerta. Y que sí, que podía ser, que un viernes de esto la tocaría. Y la tocó nomás con su cuarteto, pero parece que con algunos arreglitos: le agregó una tercera parte que pertenecía a un tango de su autoría: Gaucha Manuela. Fue el 19 de abril de 1917. Y he aquí un dato no menor en esta historia: para ese mismo año, el argentino Pascual Contursi vivía en Montevideo y trabajaba en el Mouline Rouge de la capital uruguaya. ¿Qué era propiedad de quién? De Emilio Matos, padre de Gerardo. ¡Alcoyana, alcoyana!

A los pies de la letra

Tomar tangos ya conocidos y ponerle letras era la gran virtud gran de Contursi. Sí, porque los tangos nacían primeramente musicales, hasta volverse luego tango canción. Solo que Contursi fue quien primereó el oficio con una jugada magistral, propia de su sensibilidad. Rebozantes de porezas masculinas, chistes non sanctos y expresiones subidas de tono dichas en primera persona, las letras de algunos tangos eran resistidos por ciertos cantores. No fue el caso de Gardel al ver la mano de Contursi metida en el asunto (él mismo había dado letra a Mi noche triste, el primer tango canción, dos años antes). En dupla con Enrique Pedro Marino, Pascual hizo de la letra puro sentimiento: el de un hombre que se anima a expresar su tristeza por un amor perdidodecí, mi vida, qué has hecho / de mi pobre corazón–. Y lo hizo en un lenguaje común, de todos los días. Así, cuando tras su estreno en la obra Un programa de cabaret, el zorzal escucha el tema en voz de Juan Ferrari, entiende que el fracaso de la obra nada tenía que ver con su calidad, y decide grabar la Cumparsita para el sello Odeón.

Disputa orillera

Y a todo esto, ¿qué fue de Matos, el afiebrado autor? Por un lado, Firpo le propuso hacerle firmar la Cumparsita como coautor luego de hacerle unos arreglos. ¿En serio? ¡Minga! Matos no solo rechazó la propuesta, sino que viajó a Buenos Aires para vender la propiedad de su tango a la empresa Breyer Hermanos por 50 mil pesos argentinos, cuando lo más usual era la paga de unos magros cinco pesos por letra. ¿El purrete se había subido al caballo? Casi que sí, pues aunque no pudo disponer de su plata hasta la mayoría de edad, una vez cumplida, parece que se la patinó en el hipódromo. Ay… Y para colmo, Francisco Canaro le dio años después la “buena nueva” de que Contursi y Marino le habían puesto letra a su Cumparsita. ¿Con el permiso de quién? Matos arremetió con artillería legal, y prohíbió la ejecución del tema con cualquier otra letra que no fuera la propia. Aquella que, por cierto, no la conocía ni el loro. Y que, además, ya habiendo enamorado al público la versión de Contursi en voz de Gardel, no tuvo demasiada cabida. Años más tarde, Maroni y la viuda de Contursi también arremetieron con munición gruesa por daños y perjuicios. Y cuando ya el propio Matos incluso había fallecido, la resolución fue: ochenta por ciento de beneficios para Matos, veinte para Contursi y Maroni. O sus herederos. ¿No oyó decir que la justicia es lenta? Corría entonces el año 1948.

¡Y espere que acá no termina la historia! Porque más allá de los porcentajes, se prohibió entonces cualquier otra versión que no fuese la de Matos o Contursi-Maroni. Pero, ¿qué?, ¿había otras? Será que, como una república, como esa patria tanguera que a todos nos cobija el corazón, la Cumparsita es “cosa de tod@s”. Así, las diferentes versiones comienzan a sucederse ya para no detenerse. Empezando por la de Francisco Canaro, amigo de Matos (cual receta secreta de la abuela, ¿qué será que la hace tan especial?) y continuando en una lista interminable e increíble: una en japonés, otra en finlandés… La fiebre no para. Ya bien supo Matos de lo que ella es capaz.