Ladrillo a la vista

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Pieza fundamental de torres monumentales, modestos edificios y hasta casonas de estilo. El ladrillo ha sabido ganarse su protagónico y esencial lugar en el mundo de la arquitectura; tanto para ser utilizado como simple elemento de construcción como para forjar estilos. ¿Qué tal lucen, acaso, las paredes de nuestro patio con ladrillo a la vista? Para revelarle que se esconden detrás de ellas es que hoy nos metemos en la cocina del asunto, sí, en la fabricación de ladrillos.

La arcilla, el quid de la cuestión

La primera pregunta que uno puede hacerse es… ¿a qué se debe su color rojizo? Déjeme decirle que no es un aspecto menor, pues ese tinte colorado tan característico es propio del material básico del ladrillo: la arcilla, aquella que tiene la bondad de moldearse fácilmente con sólo humedecerla. Una vez que la pieza es moldeada, llega entonces el turno del secado y la cocción. Instancia para la cual el ladrillo ya ha perdido todo vestigio acuoso, de allí que su tamaño final sea, aproximadamente, un 5% menor. Todo muy lindo hasta aquí, en esta generalizada explicación. Sólo que el paso a paso resulta algo más minucioso; y, para gusto y deleite de los curiosos, aquí lo desmenuzamos.

Manos al ladrillo, que se viene la obra

A la hora de enumerar las etapas de fabricación, sea ésta industrial o artesanal, bien podemos comenzar por la de maduración: aquella en la que la arcilla se tritura y se la deja reposar para que desprenda las materias orgánicas que pudiera contener. Acto seguido, se la refina mediante el rompimiento de terrones y la eliminación de piedras, cosa de obtener un material uniforme y puro. El toque final de homogeneidad lo obtiene luego de un tiempo de depósito y conservación en un silo techado, al resguardo de agentes externos.
Es entonces cuando se da paso a la mencionada humidificación y posterior moldeado ¿Cómo se consigue? A través de vapor caliente, saturado a 130ºC (¡pavada de temperatura!); de modo tal que el material se compacte de acuerdo a la forma del molde que lo contenga. Resta entonces quitar el gas y la humedad aún presentes -la bien llamada tarea del secado-, y proceder a la cocción violenta: sí, con temperaturas de hasta 1000ºC. Una vez cociditos, se retiran del horno y se almacenan.
Lista la pieza, cocinado el ladrillo? Pues sí y no, ya que el almacenamiento no es menos importante: es indispensable que se realice en un sitio donde el agua, el sol excesivo y la humedad tengan acceso denegado. No vaya a ser que un agente externo afecte a las tan cuidadamente concebidas criaturas arcillosas.

Adobe viejo y peludo

¿Y si no de arcilla va el asunto? Es que bien vale mencionar que, mucho antes de que esta rojiza señora fuera de la partida, el ladrillo primitivo, aquel que el hombre concibió en sitios sin piedra blanda alguna, estuvo hecho de adobe. ¿Sabe dónde se han encontrado vestigios de ellos? En monumentos de la antigua Judea, Egipto, Grecia y Roma. Eso sí, no vaya a creer que su uso se limitó a los tiempos remotos; sino que, actualmente, los ladrillos de adobe son de utilidad frecuente en regiones de clima cálido y seco, ya que el talón de Aquiles de este material está dado por la humedad y el frío. De allí que estas piezas resulten comunes en construcciones del noroeste argentino, y con buenos resultados a la vista: duración y buena conservación (siempre y cuando un zócalo de piedra o ladrillo de arcilla cocido las aíslen del terreno base), además de un agradecido bolsillo: el adobe es mucho más económico, en tanto se elabora a base de tierra. Luego, unas buenas manos de cal se ocupan de blanquear los muros resultantes y, de paso cañazo, protegerlos contra la temida humedad. Como si poco fuera, tal efecto aislante convierte a este tipo de edificaciones en reductos frescos en verano y abrigados en invierno. Una pinturita.

¿Vio que el tema daba larga tela para cortar? O, habida cuenta de lo aprendido, harta arcilla y adobe para moldear.

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