Palacio Unzué, con la banda puesta

FOTOTECA

De palacio aristócrata a residencia presidencial, el derribado palacio Unzué es mojón invisible del solar de la Biblioteca Nacional.

¿Sabía usted que donde se erige la Biblioteca Nacional hubo un palacio que nada tuvo que ver con ella? Sí, un clásico del urbanismo porteño reeditado, en este caso, en su versión “zona norte”: construcción sobre demolición. Así la historia, palacio residencial primero, residencia presidencial después, el palacio Unzué es apenas una brisa de memoria pululante por los pasillos y salones del brutal edificio de la meca de lectura porteña. Sin embargo, desde éstas líneas, más que invitad@ está a por tal soplo de historia –y de la buena– dejarse llevar.

Pagos bravos

El siglo XIX apenas asomaba por el horizonte cuando el barrio de recoleta lejos estaba de ser el que tod@s conocemos. Dueña de un corazón latiente en la Plaza de Mayo, y cuyo bombeo enfilaba pa’ el sur (¡ah, los tiempos del aristocrático sur porteño!), el norte era poco menos que un suburbio de malandrines. “Las afueras”, sí, pero sus costumbres y episodios castaño oscuro. Vea usted nomás, las calles Austria y Agüero era las vías por las que traqueteaban los carros de basura con destino a la zona baja, en cuyo basural eran tan frecuentes las fogatas que el nombre de “Tierra del Fuego” comenzó a circular de boca en boca a la hora de referirse a dichos pagos. Y entre nos… no solo por las fogatas, sino también por lo belicoso de sus personajes. El caso es que Mariano Saavedra (presidente del Banco Provincia durante años, aunque, apellido obliga a aclarar, hijo de Cornelio) no le hizo asco al asunto. No solo levantó su vivienda en la para entonces Alvear (actual Libertador), sino que decide parquizar el terreno circundante. Claro que Saavedra  no contaba todavía con cierto detalle…

Tomalo vos, dámelo a mí

¿Quién más andaba por aquel inminente barrio de Recoleta? Quienes habrían de entregarle su nombre: los monjes recoletos, cuyo convento tomaba lugar al ladito del Cementerio y la Basílica del Pilar, en el actual Centro Cultural Recoleta. Así que cuando don Mariano se aviva de que los recoletos destinarían parte de su vecino terreno a la construcción de un albergue de enfermos mentales, decide sacarse la propiedad de encima. Corría el año 1887, y aun acaudalado ganadero entraba entonces en escena: Mariano Unzué Rey. ¿Será que en Saavedra pudo más el rechazo a los enfermos que la visión? Porque parece que Unzué la vio venir: pasada la epidemia de fiebre amarilla, la elite de la elite ya había enfilado pa’ el norte, y los palacios comenzarían poco a poco a sucederse, haciendo explotar con su presencia la impronta barrial ya para el 1900. Así, las cosas, el Mariano ganadero construye el propio en el solar adquirido a Saavedra, y con toda la pompa.

Todo un poema

La Acadé…, la Acadé… Claro que, en este caso, no hablamos de La Academia Racing Club, sino de la Academia de un viejo conocido de la familia pulpera: Alejandro Bustillo. Pues palacio academicista con todas las letras fue el Unzué, aquel en que, incluso, se inauguró uno de los primeros sistemas de luz eléctrica del país (un mano a mano con la Confitería del gas, ¿la recuerda?). Recostado sobre la medianera de la calle Agüero, su galería de entrada flanqueada por columnas vio desfilar a pesos pesados de la historia como Mitre, Roca, Quintana y Sáenz Peña. Y hasta la poesía tuvo su lugarcito de la mano de Rubén Darío. ¿Lo tenía usted al poeta en rol de paisajista? Pues semejante caserón de dos plantas, con garajes y dependencias de servicio incluidas, no podía tener menos que un jardín a la altura. Poéticamente a la altura. Así fue como el nicaragüense eligió plantas de ámbar para colocar a los pies de la escalera de acceso, cosa de perfumar la entrada. Cercanas a ellas, veinte palmeras con las que configuraban un verdadero oasis junto a un pequeño estanque. Y como si poco fuera, “el” pino. ¡Vaya si ha dado que hablar! Pues, inclinado, de su tronco paralelo a la tierra nacían claveles de aire. Lo que se dice, una monada.

Presidencial

No nos diga nada, estará usted pensado qué flor de vida se daban los Unzué y l@s suy@s por aquellos lares. Pero lo cierto es que mansiones como la suya, como la gran mayoría de la que acabarían copando la zona, solo se aprovechaban en otoño. Es que el itinerario era el siguiente: de mayo a fines de octubre, verano europeo (la combinación París-Biarritz marchaba como piña); noviembre y diciembre, cuando el calor ya empezaba a dar los primeros sofocones, la fresca de las estancias pampeanas; y finalmente, enero y febrero, la glamorosa Mar del Plata. ¡Que lo diga el presi Alvear, sino! El caso es que ese opaco final que tuvieron las mansiones marplatenses también le cupo a las porteñas. La crisis del ’30 hizo de las suyas y la expropiación estuvo a la orden del día. Así es como el actual Palermo Chico está atestado de embajadas, solo que el palacio Unzué corrió una suerte diferente: se puso la banda. Adquirido por el Estado Nacional en 1937 para que funcione como residencia presidencial, tal suerte no la vivió de lleno en sus inicios: el presi Roberto M. Ortiz no habitó allí. Fue recién durante el gobierno de facto de Edelmiro Farrel (1942-1945) que el palacio Unzué acusó residencia permanente, y tal guante lo recogerían sus más célebres huéspedes, a la vez que los últimos: Juan Domingo Perón y Eva Duarte.

Fuera abajo

La revolución libertadora y el decreto para su demolición en 1957 hicieron del palacio Unzué apenas un recuerdo más de esos en los que el rastro queda en la palabra, en el decir, en la historia compartida. Pues fue borrón y cuenta nueva; o edificio: el ganador del concurso nacional de anteproyectos para construir una nueva Biblioteca Nacional, convocado por ley en 1962, que hasta entonces funcionaba en la calle México. Clorindo Testa se alzó victorioso, y aunque la piedra fundamental fue colocada en 1971, la gran inauguración gran recién se sucedería 32 años después: el 10 de abril de 1992. Sin embargo, hasta el o la más desprevenid@ puede adivinar de qué fue el ayer por aquellos lados. O al menos, detenerse a preguntárselo: un monumento a Eva Perón, quien allí mismo, entres los muros del icónico Unzué fallece, se alza en la llamada Plaza Evita, en la esquina de Austria y Libertador.

Historias y más historias de esta Buenos Aires sin fin. Donde tantos tiempos conviven en una baldosa, y donde, palabra mediante, por peso propio, ninguna pero ninguna sobra.