Paraje Pablo Acosta, mucha vida en el tintero

FOTOTECA

Paraje que soñó con ser pueblo, Pablo Acosta despierta del letargo desde el revivir de su viejo almacén.

Dicen que la intención es lo que cuenta, y tal vez por ello le haya sido recompensada. Es que el paraje Pablo Acosta lo intentó, claro. Pero no le dio ¿el cuero? Más bien la piel, las pieles que lo habitaron. Nunca fueron las suficientes, nunca alcanzaron a asentarse en cantidad como para que pudiera colgarse el cartel de “pueblo”. Sin embargo allí, sobre la Ruta Provincial 80, a 56 km de Azul y 60 km de Tandil, la esquina más emblemática de sus viejos tiempos –aquellos de tenaz juventud en los que el sueño estaba a la orden del amanecer– lejos está de ser un simple tributo, sino el pulso de su presente.

Fuera abajo

Paraje rural como tantos la Argentina, sí. Pero Pablo Acosta cuenta con sus particularidades. Originario del 1900, resulta que el viejo almacén de ramos generales que hoy lleva su nombre estuvo de pie allí antes que la estación de ferrocarril homónima. Inaugurada en 1930, perteneció al ramal Azul-Arroyo de los Huesos-Chillar del FC Roca, el cual fue dado de baja en 1961. Treintaiún años nada más, pues la de Pablo Acosta fue la última estación en abrirse a la vez que la primera en bajar la persiana. Tres meses costó demolerla, pero las leyendas en torno a su ausencia bien han sabido extenderse en el tiempo: ¿fue asediada por un malón fantasmal? ¿Merodea en ella, desde entonces, el alma en pena de un gaucho desertor, ido de este mundo a punta de rifle? ¿Acaso la luz mala también andaba por allí? El caso que el secreto mejor guardado de Pablo Acosta, efectivamente, descansa suelo abajo. Pero eso sí, nada tiene que ver con sepulturas ni espíritus: se trata de un reservorio de agua mineral que, de acuerdo a lo estipulado por el INTI, implicaría una reserva aprovechable por 300 años. Sí, sí, 300 años de agua limpia y pura, apta para consumo, por obra y gracia de un río encapsulado. Así es como Pablo Acosta supo contar con una planta embotelladora de dicha agua, que luego dejaría de funcionar. Así como la carnicería que quedaba a la vueltita nomás del almacén; así como todo…

Levántate y anda

Sin embargo, allá por el año 2005, Viviana Colucci, oriunda de Azul y profesional de Turismo, se acercó a Pablo Acosta junto a otros colegas y una intención clara: devolverle al paraje la identidad que había sabido tener en sus años más auspiciosos, cuando la ilusión de “pueblo” todavía latía. Sí, cuando el viejo almacén, la esquina emblemática del paraje que había primereado al mismísimo ferrocarril, era un espacio de encuentro, abastecimiento y también identidad. Y allí fue Viviana, dispuesta a reabrir sus puertas, a honrar su funcionalidad más también su estética, y hasta sus muros. Es que mediante el estudio de muestras de revoque y asiento de ladrillos de sus muros, se determinó que fueron empleadas arenas de composición granítica, con similitudes petrográficas a las rocas de basamento precámbrico explotadas en las zonas de Olavarría y Azul. Así, los muros del viejo almacén de Pablo Acosta testifican la actividad minera de la época, aquella que inició sus tareas en el Penal de Sierra Chica, Olavarría, en 1880’s. Palabras más, palabras menos, el viejo almacén era historia de pie. Solo había que apuntalarlo.

Operación rescate

La idea inicial de Viviana y compañía era, en principio, reabrir el almacén los fines de semana. Pero a medida que sus colegas se fueron bajando del barco y ella se fue internando más y más en las aguas del naufragio, el rescate se hizo más carne. Actualmente, no solo vive allí con su marido y sus hijos, sino que la familia entera es parte del proyecto de forma cotidiana, trabajando allí y recibiendo a todo cuanto quien se acerque a su puerta. Claro que la tarea no fue cosa sencilla. La propiedad había pasado a ser casa de familia, por lo que su cabeza estaba puesta en el largo plazo: rearmar el espacio para que volviera a funcionar como comercio –como el comercio que había sido–, sería cosa de cuatro años. Pero resulta que ni bien se hizo de la esquina supo que una carrera de bicicletas ya organizada largaría desde el mismísimo almacén, y allí debía estar, a puertas abiertas, para ofrecer comida y bebida. La puesta a punto implicaba acción en tiempo récord. La ciudad de Azul la apoyó tanto en la provisión de servicios como con la mercadería, y al mes, unas 600 persona se hicieron presentes en una largada compartida: la de la carrera, sí, más también la del Viejo Almacén de Pablo Acosta.

A la mesa

¿Gusta de una picadita? Mire con a los quesos le hace compañía jamón casero; de la casa literal. Cazuelitas de berenjena en escabeche, todo un clásico, pero también de vizcacha, mulita… ¿Tal vez una empanada antes del asado? (léase carne vacuna-lechón-cordero) Mire que la especialidad son las de chorizo (por cierto, también casero, hecho in situ) y las de vizcacha. Sobre todo, ojo con las segundas, que son más que famosas: ¡fueron incluidas por Pietro Sorba en su libro “Santa Empanda”! Sí, resulta que entre las mejores 260 recetas de empanadas de Argentina y el mundo están las de vizcacha que sirven en el Viejo Almacén de Pablo Acosta. ¿Qué tal? Eso sí, parece que con algunos problemitas en cuanto a derecho de autor: en el libro la receta se le adjudica a Viviana, pero parece que es de su marido…  Sin embargo, por aquella esquina, puede que la mejor receta sea mucho más que un plato. Sino el dejarse llevar por el tiempo, el bajar el ritmo, el rendirse al tiempo y contemplarlo mientras sucede como si apenas corriese, o apenas allí permaneciera, detenido. ¿La receta de la felicidad? Más que seguro, de la calma. De allí que Viviana haya recuperado un antiguo galpón a modo de loft para quien, como en más de un almacén de los de antaño o pulpería, todo buen gaucho o paisana pueda pasar la noche.

Y entonces sí, la noche se abre inmensa, aunque más inmenso resulte tal vez el silencio, el verdadero amo de los pagos de Pablo Acosta. Ese que apenas se interrumpe por el runrún de una historia que no pudo ser pero que en tiempo presente, a su modo es. Larga vida al paraje Pablo Acosta, y al Viejo Almacén que lleva su nombre en lo alto, así como el de todos los rincones olvidados por el tiempo y la prisa.