Peinetón, la moda post-revolución

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Cuando la gesta independentista ya era un hecho en tertulias y cafés, allá por 1815, la Madre Patria se ocupó de introducir en la sociedad porteña uno de sus, tal vez, últimos legados: la elegante moda de la peineta española. Infaltable accesorio a la hora de ajustar los rodetes de las largas cabelleras femeninas, la peineta conoció de calados y artísticos arabescos en su superficie, además de la españolísima mantilla como accesorio. Sin embargo, al igual que el propio suelo nacional, no tardaría en romper los lazos de su filiación. Con sus ojos puestos en el mundo y sus tendencias, la peineta experimentaría una transformación única en nuestras tierras, aquella que habría de convertirla en el célebre y por demás llamativo peinetón.

Chau peineta, hola peinetón

¿Acaso creía usted que el peinetón era asunto colonial? Nada de eso, la auténtica herencia española ha sido la peineta; mientras que el peinetón llegó como una verdadera revolución post independencia. Consumada ya la emancipación, España había dejado de ser el espejo en las que se miraran las damas porteñas. Las tendencias inglesas y francesas comenzaron a estar en la mira, por lo que los tirantes rodetes no tardaron en ser adornados con flores y plumas; aunque aún sin abandonar la peninsular mantilla, aquella que también acompañaría a los inminentes peinetones. Vaya uno a saber si el surgimiento de estos últimos ha tenido algo que ver con los llamados peignes à la girafe (peinetas de gran altura surgidas en Francia, allá por 1825). Pero lo cierto es que, una vez asentada la tendencia de incrementar el tamaño convencional de las peinetas, la competencia de magnitudes, dificultad y originalidad de motivos se desató cual moda febril. ¡Habemus peinetones! Y con tal protagonismo, que las mantillas pronto habrían de quedar en el olvido: el gran trabajo de calado que lucía cada peinetón atentaba contra su fragilidad, al tiempo que éstas dificultaban el lucimiento de tal elaborado diseño.

Fiebre de peinetón por Buenos Aires

El carey era “el” material con que se elaboraban los peinetones; aunque costoso si los había: se lo importaba a un valor de entre 18 y 42 pesos la libra, allá por 1824, cuando el peinetón no era aún una fiebre generalizada. Eso sí, a partir de 1830, con la moda ya instalada, su precio escaló a los 95 pesos. ¿Qué tal? Claro que el mayor secreto de todo peinetón recaía en los artesanos: el calado, cincelado, moldeado y hasta la incrustación de oro, marfil, esmalte y nácar que éstos desarrollaran sobre la preciada pieza era aquello que marcaba la diferencia, y acababa por conquistar a las pretensiosas damas. Claro que tamaña demanda también implicó la importación de peinetones ya confeccionados. Imagínese usted la hegemonía del peinetón en aquellos años, que hasta era asunto ineludible por los apartados de moda de los periódicos femeninos. ¡Si no había retrato en que no estuvieran presentes! Artistas, avisados.

Un asunto federal

¿Qué si sólo fue una simple moda? Déjeme decirle que el peinetón se convirtió en un fenómeno tal, que no habrá de creer el modo en que encarnó disputas de prestigio y distinción, además de pugnas políticas. Así, no tardaron en caerle críticas y variadas polémicas, incluyendo las sexistas: que si las generosas y nutridas patillas masculinas rozaban lo ridículo, qué decir del descomunal tamaño de los peinetones femeninos. Claro que para entonces, en plena época rosista, el asunto de las patillas ya generaba discordia ¿Se acuerda de la pelea bigotes vs patillas? Sí, sí. La versión estética de “federales vs unitarios”. Y si el bigote llegó a ser obligatorio como la mismísima divisa punzó, el peinetón no se quedó atrás. En la década de 1830, el peinetón fue un accesorio de pertenencia de la mujer federal. ¡Hasta llegaron a existir peinetones con la imagen del Restaurador! Y si no era Juan Manuel de Rosas, en medio del carey, bien se hacía presente Doña Encarnación Ezcurra, su esposa. A falta de uno…

Poniendo estaba la gansa

Así la historia, el peinetón, ya considerado un accesorio prestigioso, se convirtió en la antítesis del “salvajismo” unitario. Ya lo citaba un suelto periodístico de la época, titulado “Lo que cuesta un peinetón”: Sabe todo lomo negro / Que el colorado y punzón / Son los signos del que tiene / Con que comprar un peinetón. Y bien literal resultaba aquello, ya que para hacerse de un peinetón había que ponerse con unos cuantos morlacos. Por lo que las críticas apuntadas hacia este accesorio no se limitaban a la desmesura de su tamaño; sino también a la de su precio. Claro que, mientras hubiese clientela bien dispuesta, los fabricantes harían oídos sordos a aquello. ¿Quiere mensaje más contundente que el de este poema satírico? Fue la propia Gaceta Mercantil quien lo publicara en su edición del 28 de enero de 1833: “…estos peinetones / que arruinan a los ricos / despiden a los pobres / y engordan a los gringos”.

¿Será que demasiados estragos causaron en los bolsillos de los compradores, o que suficiente habían engrandecido ya las arcas de sus comerciantes? Al parecer, el ocaso de los peinetones descansó en su propia esencia. La incomodidad de las señoras para moverse con ellos a cuestas, además de la fragilidad de los materiales que los componían, fueron suficientes para bajar la temperatura de tal febril moda. Porque todo ascenso tiene su caída, y el peinetón no fue la excepción. ¿Qué si se trató de un gesto más de ruptura y rebeldía de una herencia de la Madre Patria? Quizás. Mientras tanto, más de una cabeza femenina, y hasta la de sus acompañantes y cercanos transeúntes -esquivadores profesionales de peinetones en su transitar por las veredas-, se habrán mostrado por demás agradecidos.

NO ME DIGAS!

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