Pelota Paleta, la esencia vasca de una pasión argenta

Un hueso de vaca y buen genio le valieron al inmigrante Gabriel Martiren para dar vida a un deporte sensación: la pelota paleta.

¿Imagina una cancha a tope, con fanáticos asomándose desde multitudinarios palcos a un lado y otro del campo de juego? Y mire que no estamos hablando de ningún once contra once ni nada que se le parezca. Si, señores. Mientras el fútbol esperaba por su turno en el podio de las pasiones nacionales, la pelota paleta causaba sensación.

Dame pelota

Piense que la Independencia todavía estaba en pañales cuando la llamada “pelota Vasca” (pues sí, amén de la amplia raigambre gallega que nuestra historia tiene en su haber, el Eukadi también dijo presente) se presentaba como un deporte desafiante. ¿De qué iba la cosa? Puño cerrado mediante, pegarle fuerte a la pelota contra un frontón para que el oponente asestase un contragolpe. Y sí, el que más le erraba, perdía. Simple y llano, más no por ello menos competitivo. Sobre todo porque en suelo nacional habría de desarrollar una más que interesante, y eficiente, variación. ¡Si lo sabrá el “vasco” sardina! Oriundo de la francesa localidad de Saint Etienne de Baigorry, don Gabriel Martiren arribó a nuestros pagos allá por 1867. Y fue junto a su esposa que se instaló en las proximidades de Burzaco. El caso es que, el “vasco” no era precisamente un as de la pelota vasca. Sin embargo, vaya uno a saber si medio en broma o por pura experimentación, un buen día se le dio por darle a la pelota con un hueso de vaca. Una genialidad con la que Martiren daría vuelta la tortilla en su, hasta entonces, amargo historias del derrotas.

A paletazo limpio

Gabriel “el vasco sardina” Martiren comenzó a despachar rivales: “hueso” y a la bolsa. O a la lona…. pues más de uno la besó tras verse derrotado por el nuevo verdugo de Burzaco. Con decirle que su ascendencia fue moneda y charla corriente durante años en el viejo Almacén Manuelín, uno de los reductos en los que, palabra va, vermú viene, la historia de Gabriel, el “vasco sardina”, fue rescatada para la memoria de todos; ya no solo la de sus pagos. De hecho, cuenta la leyenda que el bueno de Gabriel compartió su herramienta ganadora a un amigo: el “pescador”, con quien efectivamente dio origen a la pelota paleta. Pues, habida cuenta de sus resultados, Martiren decidió perfeccionar su invento haciendo uso de unas tablas de cajón de damajuanas, con las que confeccionó auténticas paletas. Nacía así el deporte tal cual hoy lo conocemos. Aunque, claro está, su expansión no fue de un día para el otro. Vea usted, el primer partido oficial se jugó recién en 1905, en una cancha cerrada del hotel de familias “La república Gaucha”, frente a la estación de Burzaco. Alborotado en los balcones del recinto, dicen que dicen, el público apostaba de lo lindo en cada nuevo encuentro.

Abran cancha

¿Una cancha dentro de un hotel? ¿Suena raro, verdad? El caso es mucho antes del “vasco sardina” y su invento, canchas de pelota las había a diestra y siniestra. En los almacenes de campo, fondas o despachos de debidas, así como el sapo y la taba, siempre había un frontón. Se estima que para finales del 1800 no había pueblo sin su frontón. Y todos se prendían a la partida: desde comerciantes y empleados hasta gente del campo. Algún que otro billete de por medio, la cosa se caldeaba también entre los aficionados presentes. Pues canchas de frontones y trinquetes (tal como se conocía a las canchas cerradas) tenían sus puertas abiertas tanto a competidores como espectadores. Precisamente porque no constituían ellas un negocio independiente, sino como una dependencia o agregado. Claro que las canchas propiamente dichas no tardarían en llegar. La primera de todas ellas en la ciudad de Buenos Aires fue la Plaza Euskara. Inaugurada en 1882, comprendía la manzana delimitada por Independencia, La Rioja, Estados Unidos y Caridad (actual Urquiza). Erigida a todo trapo, contaba con dos grandes frontones (uno abierto y otro cerrado) y canchas menores. Apenas el puntapié de una pasión mayúscula.

Paleta de gala

El caso es que, de pie hasta 1902, la Plaza Euskara vio desfilar por sus canchas a los mejores jugadores de pelota paleta que pasaron por suelo nacional: Chiquito de Eybar, Elicegui, Mujica, Chuiquito de Obendo, el Manco de Villabona, Tácolo, Mardura, Portal y otros tantos de nivel, todos ellos oriundos de provincias vascongadas. Sí, sí. La pelota paleta se internacionalizaba y de qué manera… De hecho, a la famosa Plaza Euskara le siguió, ya para el año 1889, el llamado Frontón de Buenos Aires. Ubicado en Córdoba al 1130, fue el más famoso de los frontones de la sociedad porteña. Con una cancha abierta y otra cerrada, su capacidad era asombrosa: cabían nada menos que 2500 personas sentadas. ¿Será que el “vasco sardina” habrá sospechado algo semejante cuando se le dio por improvisar con su insólito invento? Nunca tan bien dicho, no hay derrota que por bien no venga. De hecho Martiren no solo patentó su creación y continuó perfeccionándola con maderas más duras y tarugadas.

Como quien no quiere la cosa, Gabriel Martiren dejaría su huella en el deporte nacional y mundial. Lo hizo a pura inocencia, más con todo su buen genio. En su grato nombre es que rescatamos esta pasión adormecida. Línea va, párrafo viene, la historia de la pelota paleta es inequívoca en su moraleja: Con o sin frontón por medio, todo lo que va, siempre vuelve. Vaya si ello supo el “vasco sardina”…

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INSOLITO

Hay quienes afirman que el primer trinquete porteño data de mediados del siglo XIX, el cual perteneció al vasco Juan Zarría, en la calle Federación al 236 (actual Rivadavia al 964). Sin embargo, no faltan las voces que alzan como pionera a la cancha vieja de Tacuarí, ubicada entre Belgrano y Venezuela. Aunque si de fama hablamos, la “esquina de Sotoca”, así llamada en honor al propietario del lugar, se llevó todas las luces. En Corrientes y 25 de Mayo, picantes encuentros y duelos de larga duración se llevaban toda la atención de público presente.

BIBLIOGRAFIA

  • Canchas de pelotas y reñideros de antaño. Llanes, Ricardo M. Cuadernos de Buenos Aires Nº58. Año 1981.

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