Centinela de su verde circundante –aquel que le dio bautizo–, de un norte que cada vez dejaba más a las claras sus ínfulas señoriales; de las rioplatenses de una Buenos Aires que “pegaba el estirón” arquitectónico y parecía entonces rendirse a los pies de sus 63 metros de altura. Ése fue el record del emblemático Plaza Hotel. Sin embargo, todavía le quedaban más exclusividades por las que sacar pecho: se trató del primer cinco estrellas del país y Sudamérica. De modo que aquel 15 de julio 1909 abrió sus puertas a los primeros afortunados huéspedes, sí, pero, sin dudas, a la historia grande.
La maldición Tornquiana
Florida 100. Así de fácil y redondito. Por lo que no hay excusas para pegarse el faltazo a al fiestón que la aristocracia porteña se va a dar en los salones del Plaza Hotel con motivos de su inauguración. Mire que no va faltar nadie eh… O, bueno, casi. ¿Será que ya imagina de quien estamos hablando? Sí, lo de Tornquist ya parece una maldición. Que ni habiendo podido disfrutar de su residencia marplatense, así como tampoco del novedoso Parque Japonés, resulta que menos que menos del hotel que supo proyectar en la mismísima esquina de su casa. ¡Vaya puntería la suya para estirar la pata! Así la historia, el pobre no llegó al gran Centenario de la Patria, pero no cupieron dudas de que su visión ya apuntaba al siglo venidero. Lo demostró primero con la ubicación del hotel, pues cuando la mayoría del rubro se nucleaba en las inmediaciones del “centro” urbano, en la parisina Avenida de Mayo, Tornquist abrió horizontes, pues olfateó que en el compadrito “Retiro” la historia estaba cambiando ya (lo decían entonces sus dos grandes vecinos: el palacio Paz y el hoy desaparecido Pabellón Argentino). Y aquí va la segunda muestra: contar con el alemán Alfredo Zücker en sus filas, así como lo hizo también para diseñar el mencionado Parque Japonés.
Zücker viejo, nomás
La cosa es que Zucker tenía la virtud de haber mamado las escuelas europeas de arquitectura, más también la cosmopolita experiencia neoyorquina en su haber. Por lo que aunque con tez afrancesada, el Plaza hotel fue toda una revolución no solo por su altura –aquella que lo convirtió en el primer rascacielos de la ciudad–, sino también por su estructura. Se trató de un esqueleto de acero fundido, dueño de dos bondades: proteger a la estructura de posibles fuegos y restar peso a los cimientos. Porque el edificio vaya si habría de escalar… e incluso podría crecer aun más respecto a su metraje original. Aunque lo dicho: ojito con perder la impronta gala, por lo que dicha estructura se completó luego con desarrollo de basamento, cuerpo y mansarda de pizarra gris. Clásico de los clásicos en la Buenos Aires de aquel entonces para los amantes de la ciudad del Sena. Ahora bien, puertas adentro, la pompa no habría de ser menor. Vea usted, a las 106 habitaciones y 16 suites se sumaron servicios y tecnologías que en ese momento fueron furor. Y en las que el Plaza hotel también primereó, cómo no… Tome asiento y preste atención. Ah, y un respirito con el cambio de párrafo.
Alta vanguardia
¿Qué por qué el primer cinco estrellas de Sudamérica? Pues también el primer hotel con agua corriente tanto fría como caliente, y, vaya novedad, el primero con ascensores de vapor. ¡Qué decir de los llamados “roperos americanos”! Placares como hoy los conocemos, pero en ese momento, toda una revolución espacial. Y espero porque acá se viene lo mejor. ¿Queee…aire acondicionado en el 1900’s? Mire usted qué sistema: grandes ventiladores que tiraban aire por delante de barras de hielo. Joyita del salón comedor. Porque el Plaza hotel contaba también con su propia fabricación de hielo. Además de imprenta, tapicería, sastrería (¿tiene usted una gala importante? ¡Hágase a su medida un buen traje!), lavadero, tintorería, ebanistería, taller mecánico, consultorios médicos, salones de masajes, baños turcos y hasta guardería para niños. Tomá mate. Y si es en el salón comedor, mejor. Pues allí, cerquita de la cocina, vaya si se cocinaron sus buenas anécdotas.
Pasando lista
A decir verdad, más que anécdotas se trataron de sabores y preparaciones con nombre y apellido. Para empezar, sí, el presi que más ha deambulado por este blog pulpero, Marcelo T. de Alvear, se hizo de un postre a su paladar: ¡marche un Gateau Alvear! Un hojaldre con dulce de leche y crema, toda una argentinada. Eso sí, si lo suyo es lo salado, una pasta a la Pavarotti no le va a venir nada mal: crema y hongos fundiendo sabor y suavidad. Es que para el tenor, estar en el Plaza hotel era como estar en casa: se acomodó nada menos que un mes y medio, por lo que acabó pidiendo una cocina en su suite. ¡Provecho! Por lo que de políticos hasta músicos iban los visitantes del Plaza, pasando por intelectuales, artistas en general y burgueses. ¿Le parece si arrancamos? Sin repetir y sin soplar, una muestra gratis de quienes sus camas y/o salones supieron habitar: Theodore Roosevlt, Sophia Loren, ¡Amstrong y Amstrong! (y aquí déjenos repetir, que tanto Louis, el músico, como Neil Armstrong pasaron por aquí. A propósito de éste, primer hombre en pisar la luna, también pisó el Plaza hotel con su compañero de aventura cósmica, Michael Collins). La lista sigue, entre otr@s, con Walt Disney, Alain Delon, Enrico Caruso (también visitante del Tigre Club y Tigre Hotel), Edith Piaf, María Callas, Pelé y hasta el estadista francés Charles de Gaulle, a quien, habiendo dirigido la resistencia francesa contra la Alemania nazi y presidido la República francesa entre 1944 y 1946, hubo que hacerle una cama a su altura. ¿Y en sentido literal, eh? Que de tan lungo, las del Plaza le que quedaban cortas.
Sobreviviendo
¿Será que Tornquist habrá soñado cosa semejante mientras veía al Plaza Hotel tomar forma desde los ventanales de su casa? Separada nomás por la calle Charcas (hoy Marcelo T. de Alvear), la residencia familiar también tuvo si injerencia en el proyecto. ¿Vio que el hotel no se alza en altura sobre la esquina de Florida y Marcelo T., sino que se encuentra más retirado sobre el este, y en chanfle? Sí, la esquina quedó sin construir, hasta que en 1913 se adicionó allí una entrada para carruajes. ¿Motivos? El hecho de que doña Rosa, esposa de Tornquist y bordadora de oficio, no quería que la altura del hotel proyectara sombra sobre su ventana y le quitara la claridad natural a la hora de sus labores. Y donde manda marinero… Sí, los planos originales fueron modificados por el propio Zücker para que se hiciera la luz. Claro que aquella posterior entrada de carruajes sería de una de las tantas intervenciones que habría de tener el Plaza hotel. De hecho, en 1934 le fue quitada parte de su ornamentación para no quedar demodé, volcándose hacia un estilo más art-decó. Se realizó una ampliación en la parte trasera, es decir, sobre la calle San Martín, entre 1942 y 1948. Y ya para 1978, de la mano de Clorindo Testa (el mismo que poco más de una década atrás se había alzado victorioso con el proyecto de la Biblioteca Nacional) y Héctor Lacarra, el viajo/nuevo Plaza aumentó su capacidad.
Claroscuros
Desde entonces, una seguidilla de aperturas y cierres marcaron la intermitencia del luminoso Plaza hotel. Cadenas hoteleras como Intercontinental y Marriot fueron de la partida en diferentes instancias. De hecho, luego de que los herederos de Tornquist vendieran la propiedad al Grupo Sutton Dabbah, el hotel continuó funcionando hasta 2017 bajo la administración de Marriot. Luego de lo cual, mobiliario y contenido vario fueron vendidos al público en 2021. Pero el gen del Plaza, de su opulencia y distinción, sigue ahí, capa bajo capa. Tal como pudieron hallarse murales originales de los años ‘30 en dorado a la hoja las paredes del salón comedor y sus superpuestas manos de pintura. Es que, anunciada en 2022, los planes de reconstrucción de Plaza hotel están en marcha, bajo planes diseñados por la firma BMA. Y la fenomenal estructura que Zücker diseñó para aquella pomposa apertura de 1909 albergará ahora un nuevo proyecto de lujo: 200 habitaciones con servicio de hotel, 55 residencias a la venta, seis escritorios o espacios de trabajo solo disponibles para los residentes, y cinco propuestas gastronómicas. Todo ello a partir de una nueva torre de doce pisos a elevarse sobre la ya demolida ampliación del ‘48, aunque sin superar la altura histórica de los nueve originales que, claro está, también sobrevivirán.
Nueva vida a la vieja vida. ¿Para el 2027 o 2028? ¿Serán entonces diez años de luces apagadas tras su último cierre? Nueva vida a la siempre vida. La del Inmortal Plaza hotel, a cuya historia y grandeza, nunca sus puertas dejan de invitar a entrar. Después de usted…