Roberto Rodríguez Pardal, ningún vende humo

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Humo del bueno, y sin grupo, es el que se respira en la calle Catamarca 211, barrio porteño de Balvanera. Allí donde se rinde culto al Tabaco con mayúsculas y, sobre todo, desde 1958 hasta nuestros días -un tiempito, nomás-, a la tradición artesanal. Todo cuanto ha hecho de los Cigarros Manrique dignos sobrevivientes de su especie, esa que Don Roberto Rodríguez Pardal, con buena historia tabacalera arraigada a su árbol genealógico, perpetua cual herencia divina.

Una cuestión de linaje

El fundador de la criatura ha sido Don Lucas Rodríguez, padre de Roberto; aunque el aroma a tabaco se encuentra impregnado en el ADN familiar desde tiempos más remotos aún. “Presente en tres siglos” tal como reza el slogan de la marca. Y cómo no, sí desde 1880 que Juan Rodríguez y Francisca Orellana han comenzado a escribir esta rica historia cigarrera. Oriundos de Jaén, ambos aprendieron el oficio de “torcedores” en la Real Fábrica de Tabacos se Sevilla; aunque, desde entonces, hubo un sueño que se elevaba del corazón de Juan con la misma liviandad con la que el humo de un “puro”: la independencia cubana. Sí, la tierra del buen tabaco. Por lo que no tardó en sumarse a las filas de voluntarios españoles que habrían de luchar por la libertad isleña. Los aires caribeños de aquellos pagos aguardaban en su arribo al puerto habanero, allá por los años ’90 del 1800. Y fue en la Finca tabacalera Hoyo de Monterrey, de su compatriota José Gener, donde consiguió emplearse rápidamente. Sin embargo, ese sería apenas el principio de un largo derrotero.  En el horizonte de Juan y Francisca se erigía Buenos Aires, previas escalas en San Pablo y Río de Janeiro. Claro que, en lo que duró aquel derrotero, fueron mucho más que dos. Siete, para ser más precisos; pues cinco fueron los hijos que criaron. Todos ellos, dedicados al arte de torcer tabacos (sí, arte, ya entenderá por qué). Y Don Julio no sería la excepción. Bohemio él, aficionado y autodidacta poeta; aunque no por ello menos visionario en materia de negocios. En 1928, y con 20 años de edad, registra la marca “Manrique”. Todo un homenaje al poeta español Jorge Manrique, dueño de su completa admiración. Aunque buen tributo habría de rendir a su padre, tan sólo un tiempo después: en 1930, año en que fallece Juan Rodríguez, el bueno de julio monta su propia fábrica de cigarros (como se dice en Cuba, su propio chinchal). Desde entonces, el legado tabacalero de Don Juan sí que habría de mantenerse bien vivo.

Lo mejor de lo mejor

Lejos de todo registro oficial, aunque por demás explícito, sin dudas que el sello oficial de los “Cigarros Manrique” ha sido su condición artesanal. Esa que se mantiene desde los inicios, con Don Julio, hasta la actualidad, de la mano de su hijo: Roberto Rodríguez Pardal. Sí, sí, estamos ante la tercera generación de estos artesanos del tabaco, y en el más literal de los sentidos: las mezclas que componen los tabacos no tienen melaza, azúcares, químicos, ni descartes. Y lo propio ocurre con las hojas: a las de procedencia cubana y dominicana se suman las nacionales. ¿Qué tal? Se trata de cepas misioneras, orgánicas al 100%, sin agroquímicos y cultivadas especialmente para “Manrique”. ¿El resultado de todo lo dicho?  Habanos suaves, con aroma natural y ceniza homogénea. ¡Si hasta los expertos fumadores de la Casa del Habano -en La Habana Vieja- han ponderado ello! Y por escrito eh, no vaya a ser cosa que tal alabanza se pierda en el tiempo. Aunque, a juzgar por la historia hasta aquí descrita, el tiempo parece resultar inocuo. Vaya si lo ha visto pasar Don Roberto, a quien llegamos al fin después de tantas placenteras humaredas. Eso sí, “en casa de herrero cuchillo de palo”; y en cuna de habanos, ni una fumadita a la vista. No, no. Habiéndose iniciado en “Cigarros Manrique” desde jovencito, a Rodríguez Pardal recién se le daría por fumar habiendo ya cumplido medio siglo de vida.

Manufactura habanera

¿Qué si algo ha cambiado para don Roberto en todos estos años? Pues sí y no. Cierto es que en el solar de Catamarca 211 llegó a trabajarse por turnos, y que el número de empleados llegó a superar la decena; la misma que alcanzaba la edad de nuestro protagonista cuando las fábricas de habanos en suelo nacional eran más de 100. Tan cierto como que las importaciones han hecho mella en ellas, propiciando su desaparición casi total. Pero en “Manrique” la historia continúa; y aunque con menos producción y ajetreo, nada parece haber cambiado, al menos en los modos. Los cigarros siguen siendo toda una manufactura habanera, una artesanía que sigue la tradición cubana sin procesos mecanizados a la vista. Cada puro nace de las puras manos, concebido en la más pura de las calidades, y en las 10 vitolas (medidas) que se conocen internacionalmente. Sí, sí. Enrolle, estación y venta para la infaltable clientela. Tal como ocurre desde 1958, y como, parece, seguirá ocurriendo por largo rato.

Digna historia de un heroico sobreviviente -acaso ello ha sido “Manrique”-, aquel que no ha encontrado mejor salvavidas que el propio respeto hacia su tradición y condición; bajo el honroso mando de su actual comandante: lo dicho, Don Roberto Rodríguez Pardal. El otro, ese al que también le gustaban los puros y llamaban el “Che”, tampoco se priva de decir presente en una de las paredes de la fábrica. A fin de cuentas, ésta sí que sabe largo y tendido de memorias habaneras.

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