Sainete, del conventillo al escenario

Fusionando culturas, el sainete sacó brillo a los escenarios nacionales. Tango y lunfardo al servicio de un género en extinción.

Su esplendor duró lo que un suspiro: nacido en 1890, el sainete encontraría su ocaso en apenas 40 años. Aunque como dice el refrán, lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y vaya si así fue: el primer musical argentino supo fusionar la cultura inmigrante con la criolla. ¿Cómo? Haciendo del escenario un auténtico conventillo.

Función cotidiana

Si algo caracteriza al sainete es su corta duración. Todo su desarrollo sucede en un acto; ese que, con tinte cómico o algo más dramático, siempre recurre a la crítica social. Toda una marca registrada para este género cuyos protagonistas representan el teatro de la vida, aquella que tuvo lugar a fines del siglo XIX y comienzos del XX: jornaleros criollos, lavanderas, planchadoras, costureras y vendedores ambulantes son, junto a un variado popurrí de gringos, actores principales de la función. En resumidas cuentas, todo quien tuviera que ver con la dinámica de los conventillos. Aquellas casas de inquilinato que, cual inmejorable eje toda amalgama cultural o mescolanza idiosincrática, hicieron de su patio el escenario obligado del sainete. Sólo fue cuestión de trasladarlo a las tablas y levantar el telón.

Un poco de aquí, otro poco de allá

Con la convivencia multicultural como bandera, el sainete ha sabido nutrirse de diferentes géneros a lo largo de su corto pero potente apogeo. Rastreando en las profundidades de su historia, la mecha se enciende tras la caída de Rosas, en 1852. El afán de los unitarios por borrar todo rastro federal hizo que la promoción del teatro popular, encabezada por el derrotado gobernador bonaerense, llegara a su final. Los actores criollos fueron marginados en detrimento de las compañías extranjeras, a quienes se les abrían las puertas de los escenarios nacionales. El teatro hispano fue la vedette del momento, y su presencia hizo que se “acriollaran” algunos de sus géneros. Tal fue el caso de la revista, el circo, la zarzuela y hasta el propio sainete español. De esta manera se gestó la versión criolla de nuestro género protagonista: la zarzuela le legaría su parte lírica; al tiempo que su tocayo español compartiría equivalencias en muchos de sus personajes. Así, los ibéricos majos resultaron ser los guapos del arrabal; los compadritos o pendencieros fueron la versión nacional de los golfos. Mientras que los chulos, atorrantes pero simpáticos vividores de minas, fueron aquí bautizados como canfinfleros. ¡Marche un diccionario!

El lenguaje del 2×4

Ante tal meollo lingüístico, ¿Qué idioma pregonó el sainete criollo? Nada menos que el lunfardo, lenguaje en el que conviven expresiones locales con modismos foráneos. Y si de voces extranjeras hablamos, cómo no mencionar al cocoliche. Famoso dialecto instalado por los tanos al intentar expresarse como lo hacían los criollos, algo así como sus verdugos. ¡Nunca faltaba quien le “afanase” a algún inocente gringo! Aunque más de un ambicioso inmigrante era capaz de joder al pícaro y dar vuelta la tortilla. Y en ese “golpe por golpe” se basa el sainete. Regaña la viveza criolla sin dejar de discutir el sueño de hacerse la América. Así, con los inmigrantes y criollos en primera plana, el lunfardo y el cocoliche a pedir de boca y el patio del conventillo listo para la acción, el tango se convirtió en la música clave del género. Instalado en los sainetes primitivos, sus letras marcaron el pulso de los saineteros.

Cambia, todo cambia

¿Quiénes eran los autores? Jóvenes capaces de escribir sainetes de un día para el otro. Pertenecientes a las clase media baja, sus ideales libertarios hicieron que los temas sociales fueran los predilectos, aún en piezas jocosas. En el carácter popular residió el secreto: los saineteros miraban de igual, por lo que -siguiendo el camino de su música de arrabal- este género nunca fue entendido por una elite que observaba todo desde las alturas del poder. Y en la suerte del sainete también hay un paralelismo con el 2 x 4: Cuando el hijo del inmigrante deja el conventillo, tiene una casa propia y se adhiere a los valores burgueses, todo cambia de dirección. Desde las letras musicales hasta las tramas saineteras: mas allá de entretener, moralizar es la cuestión. Con la prostitución como tema central, el cabaret se vuelve un elemento imprescindible en el sainete, allá por 1910. Nobleza del arrabal, Milonguita, el bailarín del cabaret y Los muchachos de antes no usaban gomina fueron algunas de las obras que marcarían un nuevo rumbo.

¿Qué había quedado de la dramática realidad hecha sonrisa en un escenario? Poquito y nada. Tan poquito, que las décadas del 20 y el 30 despidieron al auténtico sainete. Aquel que, como pocos, revolucionó el teatro nacional a pura realidad.

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RUBRICA

INSOLITO

  • El primer sainete fue escrito en 1890, pero no se sabe quién es su autor. Entre Miguel Ocampo y Nemesio Trejo se debate la duda. Es que los saineteros no entendían de cuentapropismo: eran amigos, intercambiaban personajes, compartían títulos y hasta llegaban a escribir sobre ellos mismos. Desfachatez al servicio del arte.
  • Tan poco afectos a las luces del éxito eran los saineteros que, se dice, escribían sus obras en un bar. ¡Y hasta las vendían a empresarios por un café con leche! Sí, los sainetes se hacían por necesidad. Como quien dice, para ganarse el mango.
  • Si el sainete trasladó el conventillo al escenario, ¿Cómo habría de llamarse su más exitosa pieza? El conventillo de la Paloma, creación de Alberto Vacarezza que llegó al cine.
  • Vacarezza, un sainetero con mayúsculas, fue responsable de las más reconocidas obras del género: Juancito de La Ribera, Tu cuna fue un conventillo, Cuando uno es pobre se divierte y Contrafierro fueron algunas.
  • El sainete volvió a las tablas en el siglo XIX. Fue en el Teatro Nacional Cervantes, de la mano de su más reconocido éxito: El conventillo de La Paloma fue reestrenada en el año 2013.

BIBLIOGRAFIA

  • El Sainete Criollo, Enrique Buttaro, Carlos Mauricio Pacheco, Alberto Vacarezza Cántaro, Buenos Aires, Argentina, 2003.

PREGONERA

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