Serenatas, y que se oiga la canción

Importadas del Viejo Mundo, las serenatas fueron un clásico en los tiempos coloniales y post revolución. Parroquianos, atentos a la función.

Ya lo dijo la pluma de don Héctor Pedro Blomberg, en la viva voz de don Ignacio Corsini: “Y volvió el payador mazorquero / A cantar en el patio vacío / La doliente y postrer serenata / Que llevase el viento del río: / ¿Dónde estás con tus ojos celestes?, / Oh pulpera que no fuiste mía»… Cantos, a Cuitiño no le quedaron más que cantos para la famosa Pulpera de Santa Lucía. Y déjeme decirle, no era cosa menor. En un patio, sí, aunque más comúnmente al pie de un balcón –desde donde las señoritas escuchaban versos románticos o desamores cantados–, las serenatas eran asunto serio en la época colonial. Y en los ajetreados tiempos post independencia, ni le cuento… Pues para mayores precisiones, más valen garganta afinada y buenos acordes.

Aquí me pongo a cantar

Cual juglares o trovadores de la Edad Media, los románticos jóvenes que ofrecían su canto bajo la luna –lo que se dice, un verdadero espectáculo– tenían su merecido premio. Pues en la historia de las serenatas al amor correspondido le cabía su recompensa. Ya fuera se tratase de un ingenioso poeta (capaz de lanzar al aire sus propios versos) o un no menos amoroso intérprete de versos ajenos al aire, el visto bueno era identificado con una flor natural. ¿Qué si más de uno se atrevió a ir por ella sin rodeos? Por supuesto. No faltaron los escaladores de ventanas, aunque con los riesgos del caso: palazos en las manos de parte de padres o hermanos furiosos. Siempre y cuando la dama, también ofuscada, no arrojara, en detrimento de la delicada flor, algún objeto contundente al no sentirse halagada. Así que verá usted, las bravuras no eran solo menester de guapos y borrachines en pulperías o piringundines. Amén del escenario de turno, (¿quién dijo que los estaños no fueron testigos de serenatas?), con damas de por medio, también hubo revuelos de lo lindo.

Romanticismo de importación

Y no vaya a creer que las serenatas se daban así, a la improvisada. Aunque no solo al repertorio apunta lo dicho; sino, más bien, a esos imponderables que no lo eran tanto: damas a disgusto y hombres de la casa fuera de sus cabales. He dicho. Pues, así la cosa, el tole tole estaba siempre a tiro mientras cupiera la mínima chance de rechazo a tan musical declaración. Y para ello estaban los “camuflados”: servidores todo terreno presentes entre los músicos, bravos como pocos, capaces de, cuchillo en mano, echar por tierra cualquier ataque. Y menos mal que la intención era romántica… Al menos, así se importó la costumbre. Sí, desde el otro lado del océano. Incluso, los más populares versos oriundos de la Madre Patria conocieron los aires locales. Aunque sí que hubo buenos compositores por estos lares: agudeza y chispa criolla ante todo, a los más pobres de bolsillo pero fecundos de corazón no había con qué darles a la hora de la composición.

Zorzal de serenatas

¿Sabía usted que afamado morocho prestó su voz de zorzal al servicio de las serenatas cuando todavía no lo era tanto? Sí, señores. Carlos Gardel tenía apenas 21 años y un renombre que no excedía los límites de su Abasto cuando don Delmiro Santamaría, dueño de un bodegón de San Justo, lo invitó a dar serenata por aquellos pagos. ¿Y a qué no adivina como terminaba la noche con todos los partícipes de tan sonora declaración? Con puchero en lo de Santamaría, cómo no… Y con la satisfacción de la misión cumplida: la voz del zorzal vaya si hizo de celestina, golpeando con éxito las puertas del corazón de las muchachas.

En la fonda o el bodegón, en la pulpería, el rancho o al pie del balcón. Las serenatas fueron cosa de gaucho, milonguero y payador. Todos los parroquianos todos, siempre dispuestos a disfrutar de la ocasión: “Se está muriendo de amor / La hija del mazorquero; / ¡Cómo lloraba por ella / La guitarra de Juan Cuello! / Iba a misa en Monserrat / Y a novenas en San Telmo. / Vibraba de serenatas / El rancho del mazorquero».

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RUBRICA

INSOLITO

¿Por amor al arte? Nada de eso. Terminada la fiesta, negros, mulatos y mestizos miembros de la orquesta, tras dar rienda a la flauta, guitarra y tamboril, más valía que el director los recompensara como se debía: algunos morlacos o pan y vino, y todos contentos y tranquilos.

BIBLIOGRAFIA

  • Páginas argentinas ilustradas. Eizaguirre, José Manuel. Casa Editorial Maucci Hermano. Buenos Aires, 1907.

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