Siete colores, el nombre de una leyenda

En la Quebrada de Humahuaca, los siete colores del gran cerro son mucho más que un deleite visual. Historia de una policromía hecha leyenda.

Que en el norte argentino abundan los ocres, eso sí que no se puede negar… Del mismo modo en que lo hace el blanco de los salares, el opaco verde de los resistentes cardones y hasta el destellante celeste que tan frecuentemente ofrece el cielo. Sin embargo, a la hora de las policromías, la Quebrada de Humahuaca se lleva todos los flashes, pues su notable cerro de los Siete Colores no se ha andado con chiquitas. Congraciado por las bondades de la geología, su paleta de colores responde a una composición de tierras tan rica como variada: sedimentos marinos, lacustres y fluviales han otorgado al paisaje humahuaqueño el mejor de los telones de fondo; y el más nutrido caldo de cultivo para las legendarias voces de sus pobladores.

 

Manos a la brocha

Si el cerro de los Siete Colores ya tiene encanto a flor de superficie… ¡Qué decir del que emanan sus vecinos habitantes! De boca en boca y de generación en generación, la leyenda no se pierde con el tiempo; sino que gana espacio a viva voz. ¿Acaso la sola naturaleza podía ser responsable de tamaña maravilla? Un poco y un poco, dirían los lugareños. Pues, según se cuenta, cuando se fundó Purmamarca, los cerros de los alrededores lucían tristemente pálidos, sin color alguno.. Eso sí, menos mal que hubo quienes pusieron manos a la obra… ¡O a la brocha! Repletos de vida, los chiquilines de la zona quisieron contagiar buena parte de su espíritu, y así fue como, durante siete noches, desaparecieron de sus camas para pintar las laderas de su cerro favorito. Sí, un color por noche. Por lo que menuda era la sorpresa de los adultos en cada despertar, al encontrar un nuevo tono mañana tras mañana. Solo que, llegado la séptimo día, éstos despertaron más temprano de lo usual, advirtiendo la ausencia de los niños en sus camas. ¡Piedra a los pequeños pintorcitos! Saltando alegremente por las laderas, fueron descubiertos tras culminar una  magnífica obra que, por cierto, ya nadie más se habría de modificar.

 

 

Sí, mi Pachamama

Claro que aquí no termina la historia, pues no faltan quienes aseveran otra versión del asunto. ¡Los abnegados pintores no habrían sido niños! Sino duendes. Le digo más, habitantes de los cerros, hasta, dicen que dicen, fueron convocados por la mismísima Pachamama. ¿Los motivos? Dotar a los cerros de Purmamarca de una belleza tal que sus habitantes nunca quisieran abandonar tal tierra. Claro que la Pacha no estaría sola en tal cruzada. La muy poderosa contó con la ayuda de la luna, para que iluminara a los pintorcitos durante su nocturna misión, y al gran sol, para que todos pudieran admirar la obra resultante durante el día. ¿Qué si una sola noche fue suficiente? Sí, sólo una. Pues en la cantidad no residió la variedad. Los diferentes tonos utilizados nacieron del buen genio de los duendes y su naturaleza circundante. Los muy locuaces utilizaron el rosa de los flamencos, el rojo de las minas, el dorado del propio sol, y hasta pidieron prestado un poquito de verde a los pastos de los valles. El naranja lo hallaron ene l centro de la tierra; mientras que para obtener el celeste mezclaron algo del azul cielo de la noche con una pizca del blanco del salar. ¿Qué tal?

 

Imagine usted el orgullo y la felicidad de los encomendados… Parece ser que fue tanta pero tanta, que éstos no paraban de cantar durante su honrosa labor. Claro que dicho canto ya no puede oírse hoy; pero un eco profundo, proveniente desde el corazón del cerro, fue recogido en forma de copla por quienes han tenido la dicha de advertirlo.

 

“Hoy hay fiesta en el cielo / la luna llena se acerca / los duendes más que felices / de comenzar la encomienda. / Con pinceles de vicuña / con colores y con magia / bajan por la quebrada / ofrendando a la Pachamama. / Antes que las estrellas se apaguen / pintarán colores y sombras / en la quebrada del Valle. / Con gritos sordos, los duendes / me cantaron esta copla / me la cantaron al oído / para pasarla de boca en boca”.

 

¡Y en plena tarea andamos!

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¿Sabía usted que cada color del cerro corresponde a una composición específica? El color rosado lo componen arcilla roja, fango y arena. El color blanquecino, piedra caliza y cualitas de color blanco. Los tonos morados con tinte amarronado son responsabilidad de compuestos ricos en carbonato de calcio. El color rojo se debe al hierro y arcillas pertenecientes al terciario superior. El verde es a causa de las piedras filitas y pizarras de óxido de cobre. Por último, el tono pardo más terroso se debe al manganeso; mientras que el amarillo se vincula a la presencia de areniscas calcáreas con azufre.

BIBLIOGRAFIA

Estampas del norte argentino: mitos y leyendas, cartorce estampas compuestas y grabadas al aguafuerte. Villafañe, Elba. La Platina, 1939.

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