Tomaticán, con portación de nombre

De ineludible referencia a su ingrediente base, el tomaticán asoma entre los guisos a fuerza de longevidad. Cuando la tradición es sabor.

Que la tradición gastronómica argentina responde a un crisol semejante al de sus gentes, sí que no se puede negar. Y en este asunto de “soy de aquí y soy de allá”, entre orilla y orilla, la historia ha dado sus buenos frutos para paladear. ¡Y he aquí el quid del tomaticán! Nacido de la combinación de ingredientes venidos de altamar y otros tantos propios de los pueblos originarios, este auténtico guiso cuyano encierra en su propio nombre la revelación de su previsible sabor.

 

Con “T” de tomati

Si el tomaticán no está hecho de tomate, pues entonces de qué va… Y a semejante obviedad es que debemos su bautizo y longevidad. Más precisamente, a la población huarpe que, oriunda de la región de cuyo, hizo de los tomati el ingrediente madre de una receta con tradición; aunque algo alejada de los flashes. Sin demasiado alarde pero a paso y cucharas firmes, el tomaticán sentó presencia en los recetarios nacionales con su inalterable trilogía: ¡contigo pan y cebolla! Además del mentado tomate, claro está. Si gusta de saber más, aquí le compartimos una receta digna de machetear.

 

Tomando nota

  • 4 tomates grandes
  • 1 cebollita de verdeo
  • 2 cebollas
  • 2 rodajas de pan de mesa
  • 4 huevos
  • 1 cucharada sopera de pan rallado
  • 2 pocillos de leche tibia
  • 2 cucharadas de aceite
  • Sal, pimienta y pimentón a gusto

 

En primer lugar, coloque las dos rodajas de pan en la leche y deje reposar durante diez minutos. Mientras tanto, comience a “trabajar” con los tomates. Realice un corte en cruz en su base y sumérjalos en una olla con agua hirviendo durante algunos segundos. Retire y verá como la piel se les quita fácilmente. Extraiga también las semillas y corte los tomates limpios en pequeños cubos.

Acto seguido, corte las cebollas en juliana y la cebollita de verdeo en rodajas finas. Coloque una sartén al fuego con las dos cucharadas de aceite. Incorpore las cebollas y, unas vez transparentadas, haga lo propio con los tomates. Cocine durante diez minutos.

Condimente con sal, pimienta y pimentón a gusto. Agregue las rodajas de pan embebidas en leche y revuelva hasta obtener una mezcla homogénea. Complemente con una la cucharada sopera de pan rallado, para contribuir al espesor de la salsa.

Dentro de la misma sartén, realice cuatro “huecos” en la preparación, con la ayuda de una cuchara. Rompa un huevo por cada hueco y tape la sartén para su cocción al vapor. Una vez listos, solo es cuestión de echar mano e ingenio al plato.

 

Puede usted servir una ración de la salsa coronada por un huevo, o bien puede colocar éste último sobre una rodaja de pan casero (si está humedecida por un chorrito de aceite de oliva, mucho mejor). Claro que si busca más contundencia, a la salsa de tomaticán no le sienta nada mal “aterrizar” sobre un colchón de arroz blanco. Incluso, ésta bien puede oficiar de guarnición. La carne vacuna y el pollo son buenos protagonistas. ¡Lucirán como una especie de estofado! Y si ni de arroz ni de carnes va el asunto, el simple y sabroso tomaticán tampoco es reacio a la ensalada. Eso sí, por las dudas, que no sea de tomate, pues con el protagonista de la fecha ya tenemos rojo para rato…

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Transandino: el cuyano tomaticán también es típico de Chile, donde su receta incluye carne cortada en tiras y hasta granos de choclo. Una versión que, por cierto, bien vale la pena testear.

BIBLIOGRAFIA

Siete fuegos: mi cocina argentina. Mallmann, Francis. Sudamericana. Buenos Aires, 2009.

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