Vascos en argentina, bancando la patriada

FOTOTECA

Troperos, lecheros, amos y señores de fondas inolvidables. Son los vascos en Argentina, escribiendo su historia grande.

En los albores del siglo XX, y aún ya en sus comienzos, la inmigración hizo de las suyas en la historia argentina. Tercera pata de la mesa en la que se barajaba un nuevo proyecto de país (junto con la modificación de la traza urbana y la “importación” de arquitectura europea), la inmigración acabo siendo el ingrediente principal de ese caldo de cultivo en que se cocinaría el gen nacional;  principalmente el porteño. Sin embargo, mucho antes que los astilleros se poblaran de genoveses y compañía, hubo quienes ya venían cosiendo, a fuego lento, su propia historia en suelo argento. Para tod@s sus descendientes a estas líneas presentes, he aquí los vascos que anidaron en suelo argentino su patria ausente.

Polirrubro

Escapando, huyendo, buscando un mejor horizonte. La triste perorata de siempre a la hora de hablar del por qué de las migraciones. Y para los vascos no fue la excepción, pues comenzaron su anclaje a estas tierras allá por 1840, en plenas Guerras Carlistas: una serie de contiendas civiles que tuvieron lugar en suelo español a lo largo del 1900’s, más principalmente en el corazón del siglo. Solo que lo suyo no fue concentrarse en la Reina del Plata, sino más ir tierra adentro. Así fue como una corriente se internó en suelo pampeano, llegando incluso hasta las tolderías indígenas. Por aquellos pagos lo suyo fue el pastoreo de haciendas cimarronas, cómo no, pero también hacer las veces de zanjeadores y alambradores, meta enterrar postes de ñandubay con su buena (y muchas veces, nueva) amiga pala en pos de demarcar el territorio, los límites entre la “civilización” y la “barbarie” ¿Qué hacían falta leñadores para desmontar sauzales? Pues ahí estaban también los vascos. ¿Troperos se buscaban? Que no se dijera más nada… Allí ellos, listos para conducir esos pedazos de carros, hasta los dientes de víveres, tan precisos pata el abastecimiento de pulperías y almacenes (tanto, tanto, que hasta hubo un día en que se encendió la chispita de que los propios carros podían despachar, y entonces sí: ¡habemus pulperías volantes!). Porque hasta que hasta la llegada del ferrocarril, la cosa marchaba sobre ruedas nomás.

Soy de aquí y soy de allá

Así los años y la perseverancia, los vascos avanzaban poquito a poco, a punto tal que hasta llegaron a cruzar la Zanja del Alsina. Es que después de haber cruzado el Atlántico, ¿qué eran para los vascos los tres metros de ancho y dos de profundidad con que el ministro Alsina pretendió detener el avance indígena? Con decirle que para fin de siglo, cuando la mal llamada “Conquista del desierto” era ya una amarga victoria, la provincia de La Pampa contaba en su haber con numerosas familias vascongadas establecidas (psss… ¿alguien dijo “vascongadas”? Si está pensando en sus tardes de infancia a pura chocolatada, aguante unos párrafos nomás, que ahí vamos). Tanto de origen español como francés, lo cierto es que los vascos pampeanos dejaron “camino hecho” para quienes finalmente echaron raíz en la provincia de Buenos Aires, y también para quienes se aventuraron hasta Córdoba. Eso sí, independientemente de “dónde”, de lo que no cabían dudas era del “cómo”: de boina, chiripá, poncho pampa y la infaltable tabaquera de de vejiga o de cuero peludo. Sí, sí, incluso en mismísimo suelo porteño. Pues como un tango, lo suyo fue Barracas al Sur. Sí, ese barrio saladeril, crecido a fuerza de construcciones  de barro y totora, en que los vascos acabarían copando la parada: que lo digan sino quienes iban y venían por las calles Mitre y Pavón, donde talabarterías y platerías encontraban vascos tras sus mostradores. ¡Y mire que los hubo hasta alpargateros!

Fond(a) blanc(a)

Eso sí, si había un rubro en el que los vascos ganaban por afano –y merecida fama– era el gastronómico. Sí, señor@s. Toda fonda vasca era, pues, una verdadera fonda. Y no solo de sentarse a una buena mesa iba el asunto, sino de su función social. Que si reunión de vecinos, bautismos, casamientos, comilonas de aquellas para recibir a las visitas que venían de muy lejos, ¡funerales!, reuniones de negocios… Para todo estaban las fondas vascas. Si hasta dicen que dicen, hasta el mismísimo Domingo Faustino Sarmiento, siendo presi, iba de a caballo a comer morcilla a una de las fondas del barrio (¿vio que no solo de pepinos iba su dieta?). Claro que también había lugar para los vascos lecheros, y por centenares eh… pues difícil decir tambo o lechero sin acento vasco. Mayoría indiscutida en la actividad –lo más que actividad, oficio fiero y peludo si los había–, los vascos conocieron el rigor del ordeñe a diario y sin tregua dominical o festiva; de los madrugones lloviese, nevase o tronase para a las dos de la mañana ya estar a la tarea y cargar así los tarros que repartían en fábricas y estaciones de ferrocarril. Por lo que una vez cumplida la tarea, las reuniones en fondas, almacenes y pulperías eran poco menos que una gloria. Y claro está, una suerte de religión. Ya lo decía el gran Leopoldo Lugones: ¡Oh, alegre vasco matinal! que hacía / con su jamelgo hirsuto y con su boina / la entrada del suburbio adormecido / bajo la aguda escarcha de la aurora: /  repicaba en sus tarros abollados / su eglógico pregón de leche gorda / y con su rizo de humo iba la pipa / temprana bailoteándole en la boca…

 Por la vía láctea

Ahora, bien. Hubo un vasco que vio el éxito al final del túnel del sudor y el esfuerzo. Así parece. Pues desde los pagos de Merlo, un tal Pedro Uthurralt, habría des escribir historia grande en materia láctea. Pues por sobre ordeñar y distribuir le leche, don Pedro tenía entre ceja y ceja otro horizonte: industrializar su producción. Y así lo hizo: de su lomo y buen genio, en 1908 nació La vascongada, haciendo honor a su sangre desde el mismísimo bautismo, pero regando de orgullo esta tierra con su hacer y furor. Si es que allá por los años ’50 lanzó la inolvidable Vascolet –pero ojito, usted diga Vascolé–, que fue ni más ni menos que la chocolatada argentina capaz de competirle mano a mano a una grande estadounidense como Nesquik. ¡Lo que era ir a la lechería de en la calle Florida a tomar leche con vainillas! Y donde la Vascolet era el éxito del mostrador. Porque sí, como supo hacerlo La Martona, La Vascongada también llegó a tener su propio loca al público. Y aunque los números no le jugaron una buena pasada a futuro, ¡quien nos quita lo saboreado!

 Y el derrotero vasco sigue, pues a lo largo de los años y la historia nacional vaya si ha seguido. De Merlo a Pergamino, de Pergamino Sierra de la Ventana, de Sierra de la Ventana a Bahía Blanca (sí, allí donde en la cancha de “La Marina”, frente al Hotel Lopetegui, la muchachada vascongada se reunía a disputar y disfrutar de un partido de pelota –y quien dice pelota, no dice fútbol–), de Bahía Blanca a Chascomús… y tantas ciudades, pueblos, rincones e historias más. ¡Vascos viejos y queridos, nomás! Que por estos pagos nacionales lo suyo fue mucho más que bancar la, para todo emigrante, siempre dura parada. Lo suyo fue, definitivamente, toda una patriada.