Vino de la Costa, pura tradición orillera

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El barullo de la gran ciudad que condensa la histórica Plaza de Mayo no late demasiado lejos de aquí; aunque las orillas de Villa Domínico, en el partido de Avellaneda, parecen no enterarse demasiado del asunto. Lejos de los trajeados transeúntes, más sólo a unos ocho kilómetros de aquel centro neurálgico, el chirriar de los grillos es quien, a cambio de bocinazos y ruidosos caños de escape, musicaliza la diaria labor de los productores orilleros. ¿La más célebre de las creaciones? La del bien llamado “Vino de la Costa”, despachado suelto, sin pretensiones, como para conservar el sabor de los tiempos de antaño, el de una tradición nacida con acento italiano.

Tanada a la vista

Corría la primera mitad de la década del ’60, allá por el 1800, cuando la tanada del norte, aquella proveniente de las provincias de Liguria, primereó las hoy vecinas localidades de Sarandí y Villa Domínico. ¿Qué si de la Italia continental cayeron directamente aquí? No. Piamonteses, genoveses y calabreses anclaron en esta zona de monte y costa previa escala en La Boca. Y fue desde las orillas de aquel inmigrante barrio porteño que comenzaran a desembarcar en las orillas del conurbano (para entonces, tierras fiscales): el gran Río de La plata al frente, el canal Sarandí hacia un lado, y el arroyo Santo Domingo hacia el otro. Aguas que, botes y embarcaciones a vela mediante, con remos y todo, fueron surcadas, no en vano, por los laboriosos italianos. Éstos se dedicaron a trabajar la tierra, a sembrar verduras, hortalizas, frutas y, por supuesto, vides. Puntapié para el desarrollo de las famosas quintas de la región. Allí donde la italiana cepa Isabella, introducida por los foráneos quinteros, dio origen a una pequeña uva conocida como “uva chinche”, o simplemente, uva de la costa. Materia prima del artesanal vino homónimo, de frutado sabor y baja graduación alcohólica.

Sobrevivientes

Así fue como los canales que separaban ciudad de provincia, urbanidad de naturaleza, no sólo vieron cruzar aventureros emprendedores; sino bienes y producciones. Ya a principios del siglo XX, los descendientes de aquella avanzada inmigrante siguieron los pasos de sus antecesores, y el correr de los años también trajo consigo vías terrestres de comunicación: el camino “la vuelta de las cañas”, la actual calle José Manuel Estrada. ¿Y que ha deparado el siglo XXI? Un notable espíritu sobreviviente. Hoy, en la costa de Villa Domínico, unos 20 productores no sólo continúan con la tradición del Vino de la Costa; sino que practican horticultura, crían animales de granja y hasta venden huevos. Claro que la tarea no ha sido sencilla: un relleno sanitario creado en la zona dejó aislados a parte de los quinteros, lo que ha disminuido el valor inmobiliario de muchas parcelas. Sin embargo, el INTA AMBA (Instituto Tecnológico Nacional del Área Metropolitana de Buenos Aires) habría de tender menuda mano. Haciendo foco en la agricultura familiar de la región, talleres y capacitaciones prometen dar un buen envión comercial a las producciones aquí desarrolladas. De igual modo, la problemática de las aguas contaminadas está en la mira de un ya avanzado proyecto, basado en la utilización de plantas acuáticas para la captación de metales tóxicos. Al tiempo que la construcción de cisternas como reservorio de agua de lluvia -destinada tanto a consumo como a cultivos- también representa una gran iniciativa frente a la necesidad de agua potable.

Como verá, a pesar de las adversidades, no todo siempre está perdido. Mucho menos, si de salvaguardar una tradición se trata. Esa que, en este caso, lejos está de ser una nostalgiosa costumbre; sino un claro motor de desarrollo, una vía de subsistencia sin daños colaterales, que se propone proteger y aprovechar el medio ambiente que cobijara a aquellos laboriosos pioneros. Motivo suficiente para celebrar un brindis, ah…y que sea con vino de la casa, con Vino de la Costa.

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