Vos sos un gaucho matrero

Tradicional, nativo y defensor de las raíces, el gaucho da cuenta de nuestra argentinidad.

Son desde siempre los gauchos, habitantes de las extensas llanuras que delimitaban el Río de la Plata, la Patagonia y hacia el norte, el Río Grande del Sur de Brasil.

Gaucho, huachu, huerfano

Si bien el nombre «gaucho» fue el que se le asignó al resultante de la mezcla entre criollos o mestizos de sangre española e indios, el uso del vocablo se usó regularmente para designar un modo de vida, si bien también designa un tipo específico de identidad social. El término proviene del vocablo quichua huachu que significa «huérfano» y, por lo tanto, ampliando su significado, se lo usó para otorgarle a estos personajes de la pampa, la cualidad inherente de «vagabundos«.

Cuando la «urbanización» modificó el estilo de vida gaucha

La vida nómade era la causa y sentido de la subsistencia gauchesca. Libres recorrían las llanuras del siglo XVII haciendo de cada presa su almuerzo y de cada cielo su techo. El caballo era el medio de transporte y las boleadoras y cuchillos sus instrumentos de caza. Y como a cada chancho le llega su San Martín, toda esa libertad se acabó un día con la llegada de la tranquera. Cuando el sentido de la propiedad privada llega al campo, el gaucho se ve acorralado; no sólo porque ya no podía recorrer los territorios a su gusto, sino porque tuvieron que doblegarse frente al único medio de subsistencia que se les proponía: el trabajo asalariado. Los más afortunados comenzaron a trabajar como peones en estancias, pero muchos de estos indómitos paisanos sufrieron peores destinos; fueron llevados por la fuerza a defender las fronteras nacionales, a pelear contra los indios, muchas veces en condiciones infrahumanas o miserables. De esto da cuenta el célebre Martín Fierro, donde relata a lo largo de todo el libro cómo es arrancado de su tierra, su familia y su realidad para sufrir los embates de una travesía que no se eligió.

La valorización del gaucho

Muchas fueron las corrientes que se referían al gaucho como una piedra que impedía el progreso. Sin embargo, cuando muchos de estos dueños natos de la tierra participaron en la defensa nacional durante las guerras de la independencia, la imagen de éste fue cambiando y pudo establecerse una diferencia entre el «paisano gaucho» que vivía en su lugar, payaba, era independiente y sociable de aquel «gaucho pendenciero«, clasificación que incluía a todos los paisanos que renegaban de la ley, no querían ser gobernados y se resistían a cualquier forma de modificación social o cultural.

La mirada de la actualidad

Con su naturaleza doblegada, con la falta de libertad y con la marca de ser un atraso para la sociedad, el gaucho es paradógicamente un símbolo de revalorización nacional. Su vestimenta, sus costumbres, sus cantos y sus bailes, todo sirve hoy en día para hablar de nuestras raíces y para sentirnos identificados con ellas.

Por su humildad, por su pureza y por su irremediable amor a la naturaleza y la libertad… ¿Será por todo eso que se ha construido al gaucho como el emblema de nuestra nacionalidad argentina?

NO ME DIGAS!

  • La ropa del gaucho se llama «pilcha«, palabra aborígen que después migra al lunfardo. La pilcha más tradicional del gaucho estaba formada por poncho, bombachas de gaucho, facón, rebenque y botas con espuelas. Algunos de los antiguos gauchos lucían también el chambergo que es el sombrero alado.
  • Los gauchos más modernos conservan las típicas bombachas por ser un vestuario fresco para las temperaturas fuertes del campo y algunos cambiaron el chambergo por la boina del paisano.

QUE SE YO!

  • Historia del gaucho, Fernando Assuncao, Claridad, Buenos Aires, 2007.
  • Existe una literatura que se generó pura y exclusivamente con la presencia de los gauchos como protagonistas. Los títulos y autores más conocidos son:
    • Fausto, Estanislao Del Campo, 1866.
    • Santos Vega, Hilario Ascasubi, 1870.
    • El gaucho Martín Fierro, José Hernández, 1872.
    • La vuelta de Martín Fierro, José Hernández, 1879.
    • Juan Moreira, Eduardo Gutiérrez, 1879.

PARA CHUSMEAR

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