Bartolomé Hidalgo, la pluma gaucha

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Padre de la poesía gauchesca, Bartolomé Hidalgo hizo de la vida rural e ideales políticos el alma de sus cielitos y diálogos patrióticos.

Bartolomé Hidalgo no fue un gaucho, no. Más bien ha sabido alzar la pluma en su nombre, hacer de su universo pura poesía; esa que no ha encontrado mejor estandarte que la proclama independentista, la causa patriótica. Nacido en Montevideo y fallecido en Morón, Provincia de Buenos Aires, Don Bartolomé ha sido hombre de las dos orillas, rioplatense de pura cepa, como se dice. Y a un lado y otro del charco es que aún se oye el eco de sus Cielitos y Diálogos Patrióticos, versos en lo que la literatura gauchesca ha sabido encontrar su semilla.

Bajo el ala de Artigas

Asomó al mundo el 24 de agosto de 1788, bajo la luz del sol montevideano. La abundancia no ha sido moneda corriente en su infancia, aquella que transcurrió en la pobreza de la ciudad, de la mano de su madre y hermanas. Más si la vida hubo de quitarle a su padre biológico; no tardaría en regalarle un padre ideológico, aquel a cuyas filas se sumara para encausar un fervor patriótico ya floreciente en tiempos de juventud: con 18 años, Bartolomé integra el Batallón de Partidarios de Montevideo; apenas el comienzo de un largo camino, aquel lo conduciría a la mismísima Revolución Emancipadora de 1811. Claro que, hasta tanto, mucha agua corrió bajo las hojas del calendario: una vez más, el agitado mayo de 1810 entra en escena, con la ya consumada Primera Junta de Gobierno de Buenos Aires. ¿Qué ha hecho Montevideo al respecto? En primera instancia, no reconocerla (juró fidelidad a la debilitada Corona española, asediada por la presencia napoleónica en sus tierras); en segunda, declararle la guerra a Buenos Aires. Los realistas aún pisaban fuerte en los pagos “orientales”; pero la sublevación de los pueblos rurales se ocuparía de alivianar tal andar. Bajo la batuta de José Gervasio Artigas, los revolucionarios montevideanos se aliaron a los porteños en la guerra contra los realistas. Por lo que, en junio de 1810, y con el apoyo de Buenos Aires, Artigas dio inicio al primer sitio de Montevideo. ¿Un pequeño detalle? Tanta fue la fuerza cobrada por el movimiento artiguista que su perfil social y democrático acabó por  inquietar al gobierno de Buenos Aires, lo suficiente como para hacer las paces con Montevideo. Así, el 20 de octubre de 1811 ambos gobiernos firmaron un armisticio que pondría fin a las hostilidades entre las dos orillas. Claro que allí estaba Artigas para repudiar tal jugarreta: acompañado por sus tropas y numerosas familias dio origen al llamado Éxodo del Pueblo Oriental. ¿El destino? La provincia de Entre Ríos, previo cruce del río Uruguay. ¿Y a qué no sabe quién fue parte de tal empresa? Sí, don Bartolomé Hidalgo. Así, bajo el ala ideológica del Jefe de los Orientales, con 23 años en su haber y la causa independentista hecha carne, Bartolomé concibe una canción patriótica, un llamado a sus compatriotas de lucha e ideales, de partida y abandono: la Marcha Oriental.

Quien quiera oír, que oiga

De verdad vivida, de eso iba el contenido poético versado por Hidalgo, sin ficciones ni imaginarias tramas a la vista. Lo suyo fue dar voz a sus semejantes, a los hombres de campaña, compatriotas ellos de los ejércitos patrios. Alma y letra de sus Cielitos, cuartetos de ocho sílabas que, acompañamiento de guitarra mediante, tronaron en las contiendas de la revolución. Filosa como una daga fue la pluma de Bartolomé, pues sus versos valieron como un arma; esa que empuño en su largo periplo patriótico: la lucha por la independencia, la defensa del gaucho, las revueltas civiles…El hecho histórico siempre presente, guante que habrían de recoger dos grandes de la poesía nacional como Hilario Ascasubi y Luis Pérez;  no sin recordar que del discurso de “denuncia” que profesara el uruguayo también se haría eco el mismísimo Martín Fierro de José Hernández. Y pues quien quiera oír, que oiga: Hoy una nación / en el mundo se presenta, / pues las Provincias Unidas / proclaman su independencia. Vaya si se oyó fuerte su Cielito de la Independencia, un canto a las Provincias Unidas del Río de la Plata nacido del corazón.

De principios y finales

El retorno a Montevideo de Bartolomé Hidalgo no se sucedería hasta el año 1814, con las fuerzas vencedoras. Sin embargo, poco duraría la estancia en su ciudad natal. Cuando la denominación portuguesa fue un hecho, allá por 1818, al defensor de la “patria oriental” no le quedó más que volver a marchar. Fue entonces cuando ancló en Buenos Aires, ciudad en la que, haciendo uso del habla y los valores de la vida rural,  comenzó a escribir Cielitos gauchescos que él mismo vendía por las calles. Corría para entonces el año 1820, y en el epílogo de su vida no sólo nacería el amor (nuestro protagonista se unió en matrimonio con una porteña); sino una nueva producción digna de su pluma: los Diálogos Patrióticos, aquellos en los que la emancipación de Uruguay y demás aconteceres políticos se expresan en una “discusión” de dos. ¡Cómo olvidar al capataz Jacinto Chano y al paisano Ramón Contreras! Ya germinada la semilla de la poesía gauchesca, y casi como si así lo hubiera sabido, Bartolomé Hidalgo dio su adiós definitivo: afectado por una enfermedad pulmonar, se muda a Morón en busca de mejores aires, allí donde fallece en 1822. Su valiosísimo legado, claro está, apenas empezaba a desandar su larga marcha.