De autodidacta a exportador de aeronaves, ése fue el itinerario por el que transitó la vida de Augusto “Pirincho” Cicaré. Otro argentino que frotó la lámpara de su buen genio para dar a luz inventos que darían que hablar y perdurar. Eso sí, en el transitar de Cicaré no hubo boletos en primera clase ni autopistas directas al éxito. Lo suyo fue un periplo con escalas, rutas de ripio… ¡los polvorientos y volátiles caminos de su –nunca tan bien dicho- Polvaredas natal! Como verá, la senda al buen porvenir no fue fácil. Ni mucho menos, a la fama. Lejos de las luces de neón de los grandes de la historia nacional, acaso Augusto Cicaré conserve la modestia de sus inicios. Esa que a puro tesón lo llevó más que lejos: lo alzo bien alto.
De Polvaredas venimos…
Pero del polvo nos vamos. Sí, al bueno de Cicaré no le quedó otra que abandonar sus pagos natales en el partido de Saladillo cuando la electricidad comenzó a ser insumo requerido para sus inventos, y rumbear para la homónima cabecera del partido. Calles que levantan polvo a la pasada aún recuerdan el justo bautizo de este pueblo que tomó su nombre de la estancia así llamada, en tanto allí había existido un fortín que oficiaba de parada de carretas. Y sí, imagine lo que el traqueteo de ruedas generaba con cada salida y llegada… El caso es que de Polvaredas vino al mundo Pirincho, un 25 de mayo de 1937. ¿Será que un augurio de la patriada con la que vendría bajo el brazo? Revolucionario en su pensamiento, en sus ideas adelantadas para su edad, podríamos decir que Augusto Cicaré mamó su “patriotismo” a caballo de esa buena porción de infancia transcurrida en un taller agrícola familiar. Allí donde las circunstancias los obligaron también a hacerse adulto con apenas doce años. Al enfermar su padre, y con cinco hermanos en la familia, terminó la escuela primaria y comenzó entonces a trabajar ocho horas diarias en el taller. ¿Qué si metía horas extra? Claro que sí, esas en las que daba rienda suelta a su inventiva. Pues entre esos ojos de cejas bizcadas, había una idea fija: los helicópteros. A Pirincho le bastó con ver uno pasar para maravillarse con sus movimientos, sus subidas y bajadas… Y claro está, no se daría por vencido.
La nocturna
Lo cierto es que Augusto Cicaré tenía con qué: para cuando puso manos a su secreto helicóptero (a nadie compartió tan cuerda locura), ya había construido un motor de cuatro tiempos con el que hacer funcionar el lavarropas de mamá. Incluso, llegó a convertir el motor de un auto naftero en uno apto para gas envasado. ¿Estamos ante un pequeño genio? Saque sus conclusiones…. Y sobre todo, comience a imaginar lo que se vendría. Pirincho quería un helicóptero, y también por decenas los tendría a lo largo de su vida. Solo que para entonces, como emulando toda gestación, el gran invento gran se cocinaba a oscuras. No solo porque lo mantuvo bajo siete llaves, sino porque trabajaba en él por las noches, a prueba y error, tras sus ocho horas de jornada en el lomo. Nada de teorías de física o mecánica para quien no había podido continuar sus estudios, de modo que solo –y todo– era cuestión de meter manos a los fierros, tuercas y cables. Eso sí, unos artículos sobre aviones de la revista Mecánica Popular fueron de la partida. Aunque más que como fuente de saber, como leña para alimentar una pasión ya inextinguible en su corazón.
Habemus monoplano
¿Y cuánto tiempo tardó este niño/adolescente en dar con su gran invento? La fruta madura cayó a los 21 años, con la mayoría de edad. Corría entonces el año 1958 cuando el llamado CICARE CH-1 vio la luz… y el aire. Se trató de un monoplaza que, con motor y todo, había sido creado por Pirincho con material que nada tenía que ver con la aeronáutica (¡no olvide que su laboratorio era un taller agrícola!). Si hasta barrotes de antiguas camas de hierro fueron de la partida. ¿Sería que tal criatura era capaz de, efectivamente, volar? Por las dudas, Augusto Cicaré lo encadenó al piso en su primera puesta en marcha. No fuera a ser que despegara a los tumbos y a toda máquina. ¡Pero resulta que apenas se elevó 15 centímetros! Sí, sí, escuche el ooohhh… de todos los vecinos (¿en vano?) expectantes. Pirincho se había quedado corto con la potencia, pero lejos de decepcionarse, muy en su interior, sabía que lo había conseguido. ¿La máquina había levantado vuelo, sí o no? Solo era preciso dar con un motor lo suficientemente potente, y así ocurrió. Entones, un mejorado CHICARE CH-1 se convirtió pronto en la primera aeronave en su tipo hecha enterita en Sudamérica. Y su alma páter imaginó poder hacer muchas más de su tipo para la gente de la zona. Genio pródigo de un taller agrícola, Augusto Cicaré pensaba en su monoplano como herramienta para fumigación de campos.
Alzando vuelo
Sin embargo, la historia tenía otros planes para Pirincho. Pues nomás supo que un bonaerense andaba fabricando helicópteros el presi de turno, Arturo Illia, lo mandó a llamar para trabajar en la fábrica militar de aviones. ¿El objetivo? Desarrollar un helicóptero nacional. Pero el golpe de 1966 dio el golpe a tan auspicioso plan; más no la estocada final. Augusto Cicaré siguió creando, inventando, haciendo lo que más le gustaba hacer… Así fue como para 1964 ya había volado su segundo helicóptero, el CICARE CH-2. Esta vez, habiendo demostrado ya su valía, con ayudín de la gente de Polvaredas y hasta de un periodista que vendió su auto con tal de colaborar con la causa. Y la cosa sigue… En 1969 Pirincho crea nada menos que el primer simulador de vuelo de avión (segunda primereada en Sudamérica, tome nota). Y apenas cuatro años más tarde, el CH-3, conocido como “colibrí”, entra en escena. Eso sí, la ayuda comenzaba a estratificarse y subir de nivel: empresarios privados y nada menos que la Fuerza Aérea Argentina. Hizo su debut aéreo en 1976 y, tras algunas modificaciones, el modelo desembocó en la variante CK.1. Un helicóptero bi/triplaza que… ¿adivine? Tenía un motor de automóvil, adaptado por Cicaré. Cómo no…
A papá
Siguiendo con los hitos de la línea de tiempo, 1980 fue el año del CH-4 (ojito, primer ultraliviano del mundo). Un nuevo convenio con la Fuerza Aérea para otro helicóptero de uso agrícola, en 1986, hizo posible al CH-5. Por su parte, el CH-6 se destacó en la convención anual de la EAA (Asociación de Aviación Experimental) de Estados Unidos y… ¿más? Sin repetir y sin soplar: CH-7 en 1992, CH-8UL en 1993, CH-10C en 1996, ChH-11C en 1998. ¡Hasta la docena no paramos! Mientras tanto, en 2001 fue el turno del CH-2002 en 2001. Y superando sus propios récords, sueños o vaya un@ a saber cuánto más, el CH-14 habría de convertirse en el primer helicóptero propulsado a turbina de Latinoamérica (desarrollado codo a codo con el Ejército Argentino –anote esta tercera–). En 2009 llegó al fin CH-12 (¿vio que no parábamos?), y ya habiendo fundado la empresa Cicaré S.A en 2005, comienzan las exportaciones allá por el 2012. Finalmente (por poner un punto final a lo que sabe interminable, usted entiende), el 2020 encuentra a Augusto Cicaré se dio el gustazo de diseñar el ultraliviano más potente del mercado: el Cicaré 8. Por si acaso, ya lejos en el tiempo, quedaba, como yapa nomás, el desarrollo del entrenador de vuelos para helicópteros SVH-3, patentado en Argentina y Estados Unidos.
De la tierra al cielo, sí. O de Polvaredas al espacio aéreo. Parecido, pero no tanto. Algo así como decir, uno más entre nosotr@s y, a la vez, un distinto. Acaso esa fue la mayor virtud de Augusto Cicaré, quién partió el 26 de enero de 2022, con 84 años. Apenas un vuelo más en su vida. Uno entre los tantos que el mismo hizo despegar. Uno ante los que aún, por su legado, siguen despegando.