Azulejos porteños, tras la huella francesa

Oriundos de Pas-de-Calais, los azulejos franceses fueron furor en la Buenos Aires del siglo XIX. ¿Nos acompaña en su búsqueda?

Ya lo decía Mujica Láinez y su hombrecito del azulejo: “a la muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhuceña  y benjú”. Es que por más parisino que fuera el espejo en el que se mirase, Buenos Aires seguía siendo Buenos Aires. ¿Cuándo? En la segunda mitad del siglo XIX, tiempos en que la europeización de la ciudad no sólo iba de suntuosos monumentos, grandes avenidas y una arquitectura a tono; sino de azulejos. Más precisamente los de Pas-de-Calais.

 

Desde altamar

En la medida en que los tiempos de dominación pasaron al olvido, y el rechazo de lo colonial se asentó cómodamente en la sociedad porteña, el gusto por lo francés se convirtió en tendencia. Y los azulejos no fueron la excepción. Para ser más precisos, se trató, fundamentalmente, de los producidos en la pequeña villa francesa de Desvres, situada en el Departamento de Pas-de-Calais. Se calcula que, por aquellos tiempos, arribaron al Río de la Plata entre 50 y 100 mil ejemplares. Todos cuantos descendían de los barcos que habrían de cruzar el océano a tope de carne, cuero y lana. Sí, sí. Los vínculos comerciales establecidos con Francia también influyeron en el asunto, así como cuestiones meramente náuticas: ¡la liviandad de estos azulejos era ideal para su transportación! De modo que, poco a poco, la antigua ciudad de zaguanes, patios y aljibes comenzó a revestirse a lo galo, comenzó a destilar azul.

 

Blancos y radiantes

Se colocaron en zócalos, escalones, antepechos de ventanas y brocales. Aunque, mayoritariamente, los azulejos de Pas-de-Calais abundaron en la decoración de cúpulas de templos religiosos. ¿Ya los ha descubierto en la cúpula de la mismísima Catedral Metropolitana? A golpe de vista, estos sobrevivientes ofrecen los rasgos que tantos los distinguieron: un fondo blanco lechoso –devenido del color que el óxido de estaño adquiría en la primera cocción de la pieza–, motivos azules o morados –producto de los óxidos de cobalto y manganeso–, y diseños geométricos, vegetales, astronómicos y hasta heráldicos. Claro que alguna que otra figura humana también era de la partida, y activa partícipe de las composiciones que los azulejos componían en guardas o frisos. ¡Vaya si lo supo don Mujica!

 

Con sello propio

Minet, Level y Fourmaintraux fueron los fabricantes que coparon el mercado de los azulejos en cuestión, aquellos que  se jactaban de sus particulares medidas: Once centímetros por lado y ocho o nueve milímetros de espesor. Y la misma rigurosidad se extendía a lo visual, ya que al no estar pintados a mano, su decoración respondía al método de plantilla calada. Algo que también contribuía al buen precio final. ¿Qué más pedir?  Tal vez, un más extenso apogeo. Puesto que la revolución decorativa del art nouveau implicó un cambio en las preferencias predominantes: los azulejos de Pas-de-Calais perdieron terreno frente a los ingleses, alemanes y hasta españoles. Más estilizados en sus diseños vegetales y con mayor variedad de colores.

 

¿Fin del reinado francés? Al menos, en el raso ámbito doméstico. Pues lo suyo fueron las alturas. Más de una cúpula porteña así lo atestigua.

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¿De dónde proviene el término “azulejo”? Tan antiguo e impreciso como su origen, los azulejes deben su nombre a encontradas etimologías. Para algunos investigadores proviene del español, ya que se originó como un derivado del azul predominante en las primeras piezas. Para otros, el término es de origen árabe y proviene de la palabra az-zulay, que significa “pequeño ladrillo pintado”.

BIBLIOGRAFIA

El hombrecito del azulejo. Mujica Láinez, Manuel. Sudamericana. Buenos Aires, 2004.

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