Buenos Aires Afro

África vive en Argentina en su historia, sus descendientes, sus nuevos inmigrantes y en el interés creciente por la cultura afro.

Es un lugar común decir que los argentinos descendemos de los barcos. A pesar de su aparente inocencia, la frase refleja cómo se tiende a ningunear a los pueblos originarios en nuestro país. Además, a esos barcos suele imaginárselos provenientes de Europa: muchos olvidan que en barcos también llegaron de África negros esclavos que dejaron su descendencia y su cultura en estas tierras. Es que, como afirman académicos y militantes afrodescendientes, ha habido un discurso oficial «blanqueador» que ha buscado invisibilizarlos y borrarlos de la historia.

Afroargentinos del tronco colonial

Los primeros esclavos llegaron aquí en 1534 pero no fue hasta el siglo XVIII, con la fundación del Virreinato del Río de la Plata y la liberalización de la trata, que su número fue realmente considerable. Hacia 1810, al menos el 30% de la población de la ciudad de Buenos Aires era de origen africano. Ese porcentaje fue disminuyendo por varios motivos, entre ellos la abolición de la trata, los altos índices de mortalidad, las guerras y la epidemia de fiebre amarilla. Además, la libertad permitió más mezclas y los rasgos distintivos se fueron atenuando.

La unión hace la fuerza

A lo largo de la historia, la población negra se nucleó en distintas asociaciones culturales, religiosas y de ayuda mutua que hicieron más llevaderas la dureza y la injusticia de la vida. En la época de la colonia, fueron las cofradías religiosas las que dieron lugar a expresiones de sincretismo religioso y cultural como el candombe y el carnaval que persisten hasta nuestros días, a pesar de los intentos de la dictadura de aniquilarlos por completo.

La diáspora africana

«Tango negro, tango negro,
te fuiste sin avisar,
los gringos fueron cambiando
tu manera de bailar.
Tango negro, tango negro,
el amo se fue por mar,
se acabaron los candombes
en el barrio ‘e Monserrat.
Más tarde fueron saliendo
en comparsas de carnaval
pero el rito se fue perdiendo
al morirse Baltasar.
Mandingas, Congos y Minas
repiten en el compás,
los toques de sus abuelos
borocotó, borocotó, chas, chas».
«Tango negro», Juan Carlos Cáceres.

De un tiempo a esta parte, Buenos Aires y otras ciudades de Argentina como La Plata y Rosario se han transformado en destino para miles de migrantes de origen africano. Los vemos a diario vendiendo carteras o bijouterie por las calles, aunque muchos de ellos tengan educación superior. Algunos llegaron sin saber a donde se dirigían, al escaparse de sus países de origen -por el hambre, la guerra, la persecución política- como polizontes. Otros, en cambio, ingresaron como turistas y se terminaron quedando.

Gracias al Plan de regularización migratoria para dominicanos y senegaleses, firmado en enero de 2013 por la Dirección Nacional de Migraciones, en respuesta al pedido de representantes de estas colectividades y de agrupaciones de defensa civil, y gracias también al trabajo de la Comisión Nacional para Refugiados, hoy son miles los inmigrantes africanos que han abandonado la vulnerable posición de indocumentados.

De a poco, los nuevos inmigrantes se unen a los afrodescendientes locales y de países vecinos en organizaciones como la DIAFAR (Diáspora Africana en Argentina) que luchan contra la discriminación, a la par que reafirman su identidad, compartiendo su cultura, su arte y su historia con todos los que se acercan, que cada vez somos más.

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