Casa Benoit, ¿la morada del rey?

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Dice que dice, tal vez más el imaginario colectivo que la auténtica memoria porteña, que don Luis XVII escapó ileso de la Revolución Francesa. ¿Y a qué no sabe hacia dónde? Pues sí, también se dice que cruzó el charco y halló protección local bajo los pantalones de Rivadavia. Hecho que le permitió continuar con su existencia como quien más; o, más bien dicho, como uno de los más célebres arquitectos de la historia nacional: el franchute Pierre Benoit. Viejo y querido vecino de los pagos santelmianos cuya morada es hoy una de las tantas joyas desaparecidas del barrio. Claro que el que busca, encuentra. Y vestigios se han hallado. Así pues, abrimos las puertas de la famosa casa Benoit.

Tiene coronita

¿A pico y pala o cetro? El germen de la duda acerca de si Pedro Benoit y Luis XVII fueron la misma persona comenzó allá por 1941, cuando Federico Zapiola, bisnieto de Benoit, compuso su libro a cerca del tema. Pero la historia no terminó allí, ya que, en el año 2001, su tataranieta, Lucrecia Zapiola, impulsó una excavación oficial en el antiguo solar de la casa Benoit: Bolivar 793, esquina Independencia. Cierto es que el ensanche de la avenida, llevado a cabo en 1978, implicó la demolición y partición de la casa. Pero en la yerma esquina (para entonces una suerte de plaza seca) debían quedar, suelo abajo,  vestigios de la parte remanente; nada menos que la mitad de la antigua edificación. Y sí que los hubo. Aunque, por cierto, más que dar cuenta de la casa de un rey, dieron cuenta de la modestia de un ciudadano de bien. Don Pierre Benoit así lo quiso.

Rompecabezas

El caso fue que si Benoit Padre se había andado con chiquitas; no así su hijo Pedro, encargado de la posterior ampliación de la casa y responsable de la fachada neogótica última (aquella que descansa en la memoriosa retina de los porteños). Así pues, el estudio de los materiales de construcción encontrados parece diferenciar épocas bien diferentes: la del modesto y temprano siglo XIX, la del más opulento tardío y, finalmente, la del depredador siglo XX, regido por el deterioro. Por lo que recomponer el rompecabezas de la casa Benoit no fue tarea sencilla. Tal vez la mayor pista la hayan dado los pisos, constituidos por mosaicos de coloreadas piezas hexagonales en los patios y demás espacios abiertos; algo típico de la época, así como sus guardas laterales halladas en parte. ¿Qué si aquello fue obra del padre o hijo? A juzgar por los mosaicos presentes en el pórtico de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, diseñado por don Pierre, la respuesta parece obvia. Todo un lujito de rey para una casa para nada despampanante en cuanto dimensiones.

Metamorfosis

Para mayores aspiraciones había estado Benoit hijo, don Pedro, quien redimensionó la casa y le aportó mayores lujos. Toda una tentación de decadencia para el venidero siglo XX y sus ánimos de modernidad. Cuando la creación de la U24 (área de preservación histórica de la ciudad) estaba en pañales, la mentada ampliación de la avenida Independencia  dio vía libre a las topadoras; pero la propiedad ya había sido venida a menos a lo largo del siglo. De pisos de mármol y mosaicos importados a mosaicos nacionales y emparchados; de trabajadas cerraduras coloniales a sus pares industriales; de azulejos Pais de Calais a azulejos blancos y rasos… Balaustres y molduras tanto interiores también testificaron un pasado prestigioso y de buen nivel monetario en juego. Más todo fue historia, incluso tan torpe metamorfosis. Habida cuenta, el final ya es historia conocida.

 

La casa Benoit, una vivienda de clase media, luego elevada en su categoría y averiada hasta el abandono, es apenas una más. También fue privada de lo propio tras su derrumbe (se estima que todo lo “servible” pudo ser recuperado para la venta). También supo de rellenos insensatos (se sabe que lo “inservible” o roto fue arrojado al sótano). Incluso, de los funcionales coletazos de la historia (como tantas otras construcciones del sur, como la propia casona de la Pulpería, funcionó como conventillo). Más por fortuna, también conoció el rescate, ese que nuca sabe tardío si de recuperar la memoria de trata. Y en eso andamos por estos lados…

 

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