Causeries de Lucio Mansilla, o el arte de la conversación

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Autor de las causeries, Lucio Mansilla supo dialogar con sus lectores y la vida misma desde la escritura. ¿Gusta un café con su historia?

Toma uno, toma dos… Pero si de hacer girar la perinola de Lucio Mansilla se trata, toma todo. Militar, político, cronista, escritor, dandy, viajero… ¿Alguna cara más para su prismática composición? Conversador, cómo no. Con usted y yo, con él mismo y sus recuerdos, con la historia argentina que bien supo ser el tesoro de su presente. De todo eso fueron sus famosas –aunque algo olvidadas– causeries. Y a la propia verborragia del autor nos remitimos: “Si a la sociedad de ahora no la describimos con pelos y señales, los que quieran saber, dentro de dos mil años, cómo vivía un argentino en el año de gracia de 1889, o durante la guerra de Paraguay, o en los tiempos de violín y violón, no hallarán un solo documento auténtico que se lo diga, y todas serán conjeturas e interpretaciones”. Así pues, a la radiografía de semejante radiólogo vamos. Acaso las causeries, sus más agudas e ingeniosas placas de diagnóstico nacional.

Mi pasado me prospera

Ahora bien, para entender quien fue este multifacético hombre, más nos vale una repasadita por su frondoso árbol genealógico. Nació en Buenos Aires, ya cuando el año 1831 daba sus últimos suspiros: un 23 de diciembre. ¿Y se convirtió entonces en regalito anticipado de quién? Nada menos que de Agustina de Rosas (sí, sí, la hermana menor de don Juan Manuel) y de Lucio Norberto Mansilla, aquel que trece años más tarde, en 1845, lucharía contra la flota anglo-francesa, obligándola a la vuelta (¿la recuerda?). De modo que, linaje obliga, imposible pasar desapercibido en los anales de la historia argentina. Eso sí, lo suyo fue un periplo como el de pocos. A los diecisiete años partió rumbo a la India: apenas el punto de partida para una recorrida por Egipto, Asia y Europa. Dos años de aquí para allá tras los que no tuvo la mejor de las bienvenidas. Pues cuando la batalla de Caseros provocó la caída de Rosas, el 3 de febrero de 1852 (¿sabía acaso que a ella debemos el nombre del inmenso parque palermitano, donde don Juan Manuel tenía su residencia?), la cosa pintaba fulera. Mansilla padre decidió protegerlo enviándolo nuevamente al extranjero: París. Fue allí que Lucio hizo buenas migas con la alta sociedad europea, y con dichos aires retornaría a suelo porteño, en agosto de ese mismo año. Sin embargo, su camino habría de continuar en Paraná, donde ya como diputado de la Confederación Argentina comenzó a pisar fuerte en la política, a la vez que se inició en el periodismo.

Una que sepamos tod@s…

¿Comenzaba entonces una carrera intelectual para esta estrellita de la historia nacional? Sí, y no. Pues como a tantos personajes que por estas líneas han pasado (yéndonos más atrás en el tiempo, el mismísimo Esteban de Luca), las armas también fueron parte de su camino. Participó de la batalla de Pavón, en 1861, con la chapa de Capitán. De allí, en ascendente carrera hacia el grado de Coronel, también de la guerra del Paraguay. Y atenti, que su próximo paso sería el consagratorio, aunque no en términos militares. Fue en 1869 que el presi Sarmiento lo designa jefe de la frontera indígena en Río Cuarto, Córdoba. Experiencia cuna, musa, germen o como quiera llamarle de esa obra que sabemos tod@s, así que cante el título nomás: Una excursión a los indios ranqueles (y de paso, venga a leerla a la pulpería). Ya para 1890, y ancho a más no poder tras haber sido ascendido a General de División, a la vez que por el éxito de su obra, comenzó entonces con su jugosa columna en el diario Sud América: Causeries del jueves.

Conversador serial

Sí, señor@s. Del 16 de agosto de 1888 hasta el 28 de agosto de 1890 (sepa disculpar el arrojo, pero… ¡un poroto al lado de los once años de este blog pulpero!), las causeries pusieron primera en el mentado periódico. ¿O más bien quinta a fondo? Pues allí encontraron su espacio con ininterrumpida frecuencia semanal, llegando a ser más de cien y alcanzando gran notoriedad a la vez que popularidad. Sin embargo, el estilo que las caracterizó pareció haber venido como un pan bajo el brazo, o puño, con el mismo nacimiento del Mansilla cronista. Claro que la continuidad hace la fuerza, así como la presencia. Por cuanto fue entonces que el propio Mansilla pudo darle a su sello narrativo un nombre propio e, incluso, alzar dichas causeries como un género dentro de la literatura (¿algo así como las aguafuertes de Roberto Arlt?). Ya lo dijo el mismo Lucio Mansilla: “En cuanto a mi género, que es nuevo aquí —sin que por eso alardee de que tenga novedad—, ustedes dirán si otros han conversado a mi manera antes que yo”.  Es que, claro, Causeries viene del francés causeur: “conversador”. Y don Lucio vaya si tenía labia… incluso de la escrita. Mire que hasta llegó a reunir sus causeries para que fueran publicadas en volúmenes, a modo de libros a los que tituló Entre-nos. Incluso, llegó a incluir en los primeros volúmenes causeries publicadas en otros diarios, tales como El Nacional y Fígaro. Aunque tan ambicioso plan editorial se cortó de un plumazo (parece ser que debía contemplar otros tres volúmenes, además de los nueve existentes) dada la crisis de 1980.

Conversando con Lucio Mansilla

Ahora bien, ¿de qué iba este arte de la conversación practicado por don Lucio? Hombre de mundo como lo era, pero incluso en retrospectiva, imposible no cuesta darse,  también hombre de vida vivida, Mansilla tenía qué. Qué contar, qué decir. Desde las tolderías indígenas hasta los salones de la aristocracia europea. Desde la Buenos Aires aldeana y rosista hasta la más parisina de todas. Aunque la marca diferenciada estaba en el cómo: a modo de anecdotario, fundamentalmente desde la complicidad de los modos nacionales, de su temperamento y personalidad aún en lo maleable de la construcción del “ser argentino” para entonces. Sus causeries tienen, pues, un humor particular. Además de ciertas pinceladas autobiográficas, confesionales… Mansilla buscaba entretener a la vez que retratar, siempre desde el formato breve y conversacional que las tornaba amenas, causales, cercanas. Un estilo que, como hemos dicho, ya asomaba en columnas anteriores a las causeries, como en Sobre cuberta, cuyo primera publicación fue en 1881, en La Tribuna Nacional y bajo el seudónimo Juan de Dios.

Y si de sus columnas en La Tribuna hablamos, una perla perdida ya en el fondo del mar, sino entre tanto brillo que produjo Una excursión a los indios ranqueles. Pues fue en dicho periódico que cartas de la excursión y hasta la transcripción de una de las tantas que se contaron en el primer fogón rumbo a la frontera: el cuento del Cabo Gómez, escrito enteramente en registro oral. Definitivamente, la causerie antes de la causerie. Todo parecía así suceptible del registro de Lucio Mansilla, acaso porque sus ojos parecían haberlo visto todo, sin distinción de clases ni orilla. Una vez más, la perinola gira: militar, político, cronista, escritor, dandy, viajero… Diplomático en París, a parir de 1896, donde vivió sus últimos años. Nunca mejor dicho, entonces, causeur. O simplemente, “causer”.