Cine Club Colón, rebobinando la película

FOTOTECA

De pie en el paraje La Paz Chica y recuperado por sus vecinos, el Cine Club Colón va rumbo al siglo. Un hito de superación y comunión

Y díganos usted, parroquin@… Sí, usted, germen de las parroquias que le han dado tan simpático bautizo: a falta de parroquia, ¡mesa compartida en una pulpería! o algún que otro mojón pueblerino de esos que nuclean vecin@s en redor… ¿Dónde se encuentra la gente cuando ni siquiera está pensando en encontrarse? Allá por los pagos de La Paz Chica, y del buen genio de un inmigrante italiano, en una sala de cine. O mejor dicho, en el Cine Club Colón, aquel como no hubo, ni casi un siglo después, ejemplar alguno. ¡Que empiece la función, nomás! Pues buena historia tenemos aquí que contar.

Pionero

Tierra bonaerense, pero pampa y más. Sí, esa que se escribe por minúscula, pues no refiere sino a su inmensidad rural. Campo y más campo en redor del Pueblo de Roque Pérez, ubicado a alrededor de 130 kilómetros al suroeste de la Ciudad de Buenos Aires. Y a siete kilómetros de allí, La Paz Chica. Donde se instaló uno de los tantos inmigrantes italianos que recalaron en suelo nacional para hacerse la América. Tal fue Jerónimo Coltrinari, quien se hizo primero de unos pesos, y entonces luego de unas tierras en sus adoptivos pagos. Pero aún le quedaba más: ¿era posible pensar en una sala de cine para un paraje rural? ¿Era posible en aquel 1933? ¡A papá!, habrá pensado don Jerónimo, que, apasionado por el séptimo arte como lo era, no se iba a quedar en el molde. Si La Paz Chica cine querría, cine tendría. Pero mucho más que para proyectar películas, sino para reunir, encontrar, coincidir, festejar… y cuantos sinónimos más alcance a pensar. Claro que Coltrinari no estuvo solo en la tarea: el arquitecto Rómulo Mazagliari y el Tano Mangalardo, albañil, también pusiera idea y manos al asunto.

Hito rural

Ladrillo, sobre ladrillo. Como solemos decir cuando algo se construye. Pero en el caso del Cine Club Colón fue literal. El trío a la cabeza de su construcción dispuso una estructura de ladrillos a la vista asentados en cal. Rusticidad a la orden del día, sí. Pero también al servicio de la sofisticación: escenarios, butaca, palcos, boletería, piso de damero en toda la superficie y, como frutilla del postre, una cantina en la antesala. ¿Vio que la tanda no se anduvo con chiquitas? Y aunque no suene a nada demasiado extraordinario, para entonces todo ello era cosa de ciudad. Exclusivamente de ciudad. Con decirle que para aquel 1933, en Buenos Aires, con la peatonal Lavalle a la cabeza y salas a todo trapo como la del Cine Splendid, apenas si se estaban estrenando las dos primeras películas sonoras nacionales: ¡Tango! y Los tres berretines. Por lo que cuando el Cine Club Colón estuvo listo un año después, la cosa supo a hito. Más no solo por la iniciativa, el edificio… sino por las películas mismas. ¿Cómo hacerse de las cintas allí, verde hacia un lado y verde hacia el otro?

A su encuentro

Y si antes le hemos preguntado dónde se encuentra la gente cuando ni siquiera está pensando en encontrase, lo que tal vez nunca pensó la gente de La Paz Chica, Roque Pérez y alrededores es que lo haría para ilusionarse en conjunto sobre las próximas novedades cinematográficas. Y aquí, otros grandes actores en este reparto: los proyectoristas. Iban ellos de pueblo en pueblo con sus autos cargados de películas, llegando cada fin de semana al Cine Club Colón con un proyector y las cintas recién salidas del horno. ¡Cualquier semejanza con Cinema Paradiso no es ninguna coincidencia! Más bien, es realidad pura. Esa ficción que ella es. ¿Será que el tano Coltrinari habría mamado algo parecido en su infancia? Y quizá los debates post proyección, y las opiniones y las risas, y toda esa comunión por la que sí, el Cine Club Colón supo ser ese punto de encuentro que La Paz Chica no tenía. Aquel por el que la presencia de la cantina no fue cuestión de azar. Pronto, el teatro también tuvo su sitio allí, sobre el escenario. Y el piso de damero hizo las veces de salón de baile. Y los alrededores supieron de carreras de sortijas y cuatreras; y esa pasión llamada fútbol, cómo no.

Devorado

Ya para los años ’60, no pudiendo escapar del complicado contexto nacional, la situación se puso difícil para el Cine Club. Para entonces a manos del municipio, luego de que el propio Jerónimo se lo hubiera entregado, se había transformado en el Club Social La Victoria. Pero ni así parecía escaparle a la amenaza del cierre. Y para colmo de males, una tormenta tiró abajo su techo a mediados de los año ‘80. Fue entonces cuanto finalmente tiró la toalla, cerró sus puertas y se lo devoró la pampa. Animales de campo y pastizales comenzaron coparon su escenario todo. Pero los reveces de la historia no irían a poder con el amor, el recuerdo, el pulso vivo del Cine Club Colón aún latiendo en el corazón de l@s vecin@s. Por lo que en 2013, vecinos y Municipio a brazo partido y compartido, decidieron revivirlo con su nombre original. Y con su impronta también.

Todas las manos todas

Fueron José María Pepe Guidobono y Nelly Albanesi, históric@s de La Paz Chica, quienes se pusieron la causa al hombro. Y empezaron a mover el avispero también en Roque Pérez. El Cine Club Colón era cosa de todos, una república sentimental, y así no quedó quien no diese una mano. Una y otra y otra. Y en ocho meses, volvió a su vieja nueva gloria. El 22 de noviembre de 2013 abrió nuevamente sus puertas. Irreconocible o indudablemente él, pues desde carpinteros hasta herreros –las butacas recuperaron su madera lustrosa y la boletería su reja forjada a mano–, desde pintores e ilustradores; mujeres costureras, bordadoras… tod@s dieron lo suyo. ¡Y qué decir de los bomberos!, que meta pala lograron sacar de encima de los históricos baldosones más de un metro de barro y “regalito” de ganado.

Porque nada parece poder más que la suma de voluntades. Sí, un dicho del siglo pasado… Acaso el mismo siglo que  casi casi alcanzó a cumplir el Cine Club Colón en su reapertura, y que se encamina a cumplir alzando las banderas que su fundador izó por primera vez: una vez más, el encuentro. Tal vez de ello vayan las historias. Incluso esta misma aquí, desde estas líneas compartidas. El nunca en torno a ellas dejar de encontrarnos.