Dinarg D-200, lo bueno viene en frasco chico

FOTOTECA

Chiche de la fugaz industria automotriz nacional, el Dinarg D-200 se abrió paso a pura pequeñez. Historia de un poderoso chiquitín.

Erase una vez una década dorada para la industria automotriz argentina. Cierto es que la cuestión política no marchaba sobre ruedas, pero la apuesta estaba; y bien firme. ¡A las pruebas nos remitimos! Si los años ’50 vieron nacer al viejo y querido Rastrojero, la nunca tan bien bautizada Gauchita Rural y el “justicialista” Sedan Institec, el fin de su transcurrir revelaría un as bajo la manga. Porque lo bueno viene en frasco chico, el Dinarg D-200 llegó para sorprender a propios y extraños. En un tiempo en que la producción parecía ganarle la pulseada a la importación o al ensamble, esta pequeña criaturita motorizada dio sobradas pruebas del buen genio nacional en materia de fierros. Y vaya si tuvo con qué…

 

Micro invento

Aunque con mano de obra y creatividad local, cómo olvidar que Europa había sido el eterno e histórico espejo… Por lo que, tan perspicaz como memoriosa, la empresa Dinámica Industrial Argentina no tardó en echarle el ojo a los micro autos gestados en el viejo continente durante los años de posguerra. A la buena aceptación del público se había sumado la nobleza de su construcción: listos en un periquete, la flamante industria argenta tendría con ellos más para ganar que para perder. ¿Entonces? Motorizado con un Sachs alemán, aunque con diseño y chasis nacional, el Dinarg D-200 fue un hecho. Nada menos que una micro cupé confeccionada en fibra de vidrio cuyas modestas facilidades no la apichonaron ni un poco.

 

Sobre ruedas

El Dinarg D-200 no era un fórmula 1 ni mucho menos, pero el muy gaucho se las ingeniaba para ofrecer lo suyo: con capacidad para dos personas, alcanzaba una velocidad máxima de 75km por hora. ¿Qué de cuántas marchas disponía? Cuatro hacia adelante y la no menos particular marcha atrás, puesto que ésta se lograba invirtiendo el sentido del motor, para lo que era necesario detenerlo y volver a arrancarlo en sentido inverso. Aún así, el Dinarg D-200 era ágil de puro chiquitín; aunque algo escaso en cuanto a amplitud de maniobras. Es que en pos de brindar una mayor comodidad a sus ocupantes, esta criaturita motorizada debió sacrificar espacio para el giro de las ruedas; por lo que el estacionamiento no resultaba tan fácil como tamaña pequeñez insinuaba.

 

Espacioso el chiquitín

¿Y si se agrandaba la familia? Digamos que el Dinarg D-200 venía con yapa, puesto que contaba en su parte trasera con una suerte de escalón cuya tapa lo convertía en un portaherramientas, portaequipaje o, por qué no, un pequeño asiento para infantes. Y sí, la cosa era acomodarse a como diera lugar. Por lo demás, el ingreso era pan comido: las puertas se abrían hasta alcanzar un ángulo de 90º (bondades de un abisagrado en el parante trasero) y, una vez, adentro, nada de andar lidiando con los efectos personales, ya que el desplazamiento horizontal de los vidrios permitía que el hueco de las puertas hiciera las veces de “guantera”. ¿Cuenta usted con mayores bultos que cargar? Una parrilla portaequipajes en el techo lo soluciona todo.

 

Como verá, el pequeño Dinarg D-200 tenía todo para ser un grande, pues con grandes pretensiones es que, precisamente por su reducido tamaño, es que supo ser concebido. Sin embargo, tamaña grandeza no resistió los embistes coyunturales, las maniobras políticas y económicas que sepultaron todo asomo de prosperidad industrial. Por lo que, de una proyección inicial de tres mil unidades anuales, la realidad acabó por fagocitarse un cero: apenas 300 ejemplares de Dinarg D-200 sintieron el calor del asfalto, siendo 1961 el año que puso definitivo freno tan escueta producción. Un ocaso conocido, recordado, lamentado; aunque apenas opacado por el fugaz brillo del intento. Como tantos otros en su extinta especie, el genial Dinarg D-200 aún nos recuerda que valió la pena.