Easy spindrier, lava que te lava… ¡centrifuga y enjuaga!

FOTOTECA

Moderna y revolucionaria, la Easy Spindrier no era ninguna pavada. Historia del chiche doméstico que hizo estragos en los años 30.

Pa’ levantar de asombro el flequillo de alguna doña, y pa’ que no chiste el bolsillo de ningún don, la Easy Spindrier asomó allá por los años 30 causando una verdadera revolución. Baratita, baratita, a esta lavadora multifunción tan sólo le bastaban tres minutos de súper acción. Agua, jabón… ¡y la ropa derechito al sol!

Abran tanque

¿Tres minutos de súper acción? Sí, sí. Escuchó bien. Tres vueltas daba al reloj la aguja del segundero, y la ropa ya estaba lista para el secadero. ¿Así de fácil? Tanto así, que a esta revolucionaria lavadora no le quedó otra que llamarse Easy. Easy Spindrier, para ser más precisos. Porque, como su nombre lo indica, además de lavar, esta gauchita de los quehaceres domésticos sabía enjuagar y centrifugar. Toda una monada para las agradecidas amas de casa, esas cuyas manos ya nada querían saber de fregar y refregar. Ni tampoco de escurrir. ¿Cómo comenzó la gesta de esta buena moza? Podemos decir que, si bien asomó al mercado en los años ’20 y ’30, su creación fue patentada en Estados Unidos allá por 1912. Sólo que la primera Easy no fue tan easy que digamos. Si bien representó un avance en el diseño de lavadoras de la época, su funcionamiento no era del todo automático. Aún requería de intervención manual y un paciente seguimiento del “paso a paso” indicado en su instructivo. Claro que, para los tiempos que corrían, poco importaba aquello. Todas las miradas estaban puestas en su innovadora estructura: dos tubos de metal esmaltado y acero inoxidable. Uno para lavar y otro para enjuagar y centrifugar. Cen-tri-fu-gar. ¡Gran revolución gran en materia de lavados! Y… ¿A qué no sabe cuánto dolía este chiche nuevo? Apenas 15 dólares. Lo que se dice, ¡una bicoca!

Dúo dinámico

El tema fue que los años le sentaron bien a nuestra querida Easy. Su diseño y funcionamiento se fueron perfeccionando con el correr del tiempo, hasta convertirla en una verdadera “dama del lavado”. Revestido en color blanco, el famoso dúo de tanques seguía haciendo de las suyas. Sólo era cuestión de llenar el tanque mayor con agua, colocar el jabón y darle una buena zambullida a la ropa. Luego, y a puro movimiento, el lavado se desarrollaba solito y sólo. Una vez culminado, se pasaba la ropa al segundo tanque, aquel que, conexión de manguera mediante, aguardaba con sus tres galones de agüita tibia (poco más de 10 litros) para la fase de enjuague y centrifugue. Lo dicho: tres minutos tres, y completita la función. ¿Los resultados? El lavado de toda una semana listo en menos de una hora. ¿El secreto? El tubo encargado del lavado podía llenarse a tope, ya que no sólo quitaba la mugre de las prendas que flotaban en la superficie; sino de todas aquellas que colmaran su superficie. Como si poco fuera, y a diferencia de antiguas lavadoras, el enjuague podía realizarse en conjunto; y ya no prenda por prenda. Lo cual agilizaba aún más el proceso. Sin olvidarnos que, por obra y gracia del centrifugado, la ropa quedaba un 25% más cerca que tras las retorcidas que cualquier par de manos pudiera efectuar en ellas. Lo que implicaba menor tiempo de secado al sol. ¡Y ojo que aún nos falta la frutilla del postre! Se podía usar el jabón y el agua para un nuevo lavado. Eso sí, siempre y cuando las pilchas no tuvieran mucha grela.

¿Vio que la tecnología no es obra exclusiva del siglo XXI? Por si le queda alguna duda, dese una vuelta por la Pulpería. Allí lo espera esta reliquia de los viejos tiempos. Blanca y radiante, tal como solía dejar la ropa lavado tras lavado.