Esa musiquita del pueblo

La música folklórica nos define y nos identifica. Pero también nos señala que somos nación desde la diversidad.

Decimos que tal o cual cuestión “es parte del folclore” sin detenernos a pensar en lo que ello implica. Si nos remitimos a las definiciones, cuando hablamos de folklore aludimos a un conjunto bastante impreciso de creencias, costumbres o artesanías tradicionales de un pueblo. Pero si nos referimos al folklore argentino, podemos hacer alusión a sólo a una vertiente de ese gran universo cultural: la música.

Un tremendo mboyeré (*)

Como no podía ser de otra manera en un país con raíces culturales tan diversas, nuestra música nativa o folklórica está conformada por un inmenso abanico de ritmos, melodías y corrientes artísticas. Semejante entrevero de pueblos originarios, conquistadores e inmigrantes europeos, sumado a la influencia de los esclavos africanos, dio como resultado un mapa musical extenso y colorido. La variedad puede ir desde el gato, pasando por el pericón, la vidala, la chacarera o el chamamé.

Distintos dioses, nueva música

En los orígenes, el catolicismo -a través de las distintas órdenes misioneras que llegaron a América- tuvo una marcada influencia musical en buena parte de nuestro territorio. En las misiones, sobre todo de la orden jesuítica, iniciaron las fusiones entre las melodías e instrumentos europeos y los de las comunidades originarias. También fue notoria la influencia de la cultura africana a través del candombe, influencia que impactó en ritmos como la charanda, -asociado al culto del Nordeste argentino a San Baltazar- o en la chacarera, la payada, el malambo y la milonga campera.

Palomita blanca, vidalita

Los aires de independencia de la corona española en el Río de la Plata acompañaron la proyección de ritmos característicos picarescos como la vidalita; el pericón; el cuando; el gato y el escondido. Las distintas oleadas de inmigración europea hacia Argentina durante el siglo XIX fue otro de los factores históricos que propició la confluencia musical y alentó el crecimiento de nuestra música nativa.

La época de oro

Para los investigadores Melanie Plesch y Gerardo Huseby, a mediados del siglo XX se potenció en el país una corriente de música “nativista”, auspiciada por la migración interna desde las provincias hacia la ciudad de Buenos Aires. Ese factor se sumó a las políticas culturales de tendencia nacionalista impulsadas por los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón. Como parte de ese proceso es que empezaron a ser escuchados en Capital Federal músicos como Atahulpa Yupanqui; Los hermanos Ábalos; Los Chalchaleros; Los Fronterizos y Eduardo Falú. Otros artistas que protagonizaron esta etapa de esplendor fueron Horacio Guarany; Jorge Cafrune; Mercedes Sosa y los grupos Los Cantores de Quilla Huasi, Los Huanca Hua y Los de Salta. El paso siguiente se dio en 1960 con la difusión masiva del género, en lo que se recuerda como el “boom del folklore”. Este fenómeno se manifestó tanto en los medios de comunicación como en la producción musical y discográfica. Programas como Sábados criollos, El patio de Jaime Dávalos y Peñas en TV eran sólo algunos de los programas semanales de televisión que se dedicaban al género durante esa década. No fue casual entonces la irrupción del «Festival Nacional de Cosquín» en 1961, que convirtió a esa ciudad cordobesa en capital del folclore.

El tiempo no para

A ese período le siguieron décadas de menor auge y prensa, incluso momentos de persecución a muchos artistas folclóricos que desde la música denunciaban injusticias. Tanto la guerra de Malvinas como el retorno a la democracia en 1983, implicaron un resurgir que con el tiempo volvió a apagarse.

Fueron muchas los altibajos y vaivenes de un género que nunca termina de reinventarse. Ritmos y canciones que llamamos «nativa» porque lleva consigo los colores del monte, la montaña, la estepa o el estero y los pueblos que los habitaban al principio. Pero también es la música que llegó, más o menos impuesta y se mezcló desde alejadísimos rincones del mundo y del tiempo. Sólo respetando esa diversidad puede seguir bailando y cantando la patria.

NO ME DIGAS!

  • La zamba, una de las  danzas tradicionales más populares de Argentina se originó en el Perú en el género criollo conocido como zamacueca, que fue adoptado en Chile como la cueca. Es un baile lento en tres cuartos de tiempo que suena principalmente en guitarra y en bombo legüero.
  • Baile de hombres, el malambo tiene marca registrada en la llanura pampeana. Con acompañamiento de guitarra y bombo, los bailarines realizan coreografías libres con la conjunción de pasos llamados mudanzas o zapateo.
  • Una de las danzas en pareja más populares del folklore argentino es el gato. Es un baile de mucha expresividad en sus movimientos ya que describe un elegante juego de seducción.
  • El cielito es uno de los ritmos más característicos del período independentista en el Río de la Plata. Entre sus primeros autores se encuentran dos de los iniciadores de la literatura gauchesca: los poetas Bartolomé Hidalgo y Ascasubi Hilario.
  • (*) Mboyeré, en guaraní, es una mezcla de cosas sin orden aparente.
 

QUE SE YO!

  • La música Argentina en el siglo XX, en Arte Sociedad y Política, tomo II, Melanie Plesch y Gerardo Huseby, Colección Nueva Historia Argentina, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999.

PARA CHUSMEAR

  • Archivo

    VINO TINTO CARCASSONNE

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    Combinación exacta de la estructura y potencia del Cabernet Sauvignon con la dulzura de los taninos del Malbec. Un clásico Argentino siempre junto a nuestra parrilla. En los años 40 era el elegido del la familia Perón.

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