Gomina, ¡los muchachos de antes sí que la usaban!

FOTOTECA

Invento argentino y masculino, la estelar gomina sacó lustre a cabelleras con nombre propio. Porque fijador se dice gomina.

Vaselina, jabón, aceite de macasar, ¡de maíz!, y vaya uno a saber que otras tantas sustancias viscosas han formado parte del inventario de productos a los que los guapos de antaño, y los no tanto, echaron mano a la hora de domesticar su cabello. Claro que el auspicioso siglo XX llegaría con un fijador bajo el brazo… Sí, señores, en envase de vidrio y a la venta por la módica suma de 30 centavos, la gomina fue el placer de los terrenales.

 

Fijador se dice gomina

Corría el año 1914 cuando, en una pequeña farmacia ubicada en la calle Florida al 600, se hizo la luz en materia de fijadores. ¿El responsable de tan destellante creación? El bueno de José Antonio Brancato, estudiante de veterinaria que mezcló goma arábiga con tragacanto de Persia y esencias varias para dar con su patentada “gomina”. Una pegada tan monumental en materia de belleza masculina que su nombre no tardó en convertirse en el nombre del fijador. Es que ninguno como éste: ni los jabones ni los aceites utilizados hasta entonces podían con el poder, la efectividad y la practicidad de la gomina; apenas un punto de partida para la elaboración una variada línea de productos, también a cargo de Brancato. Solo que tras la muerte del padre de la criatura, ya nada fue igual. Mucho menos, luego del incendio que, tres años después, acabó con el laboratorio principal. Por lo que los sucesores de Brancato decidieron poner fin al asunto; más no así a los ecos de un producto que hizo historia, y de la buena.

 

Dame luz

¿A qué podía aspirar un invento argentino de aquella época si no a gozar de un triunfal ingreso en la ciudad luz? París, siempre París, aquella que en 1925 conoció a la gomina de la mano de Carlos Arce, un gentleman de aquellos: refinado concurrente de los más lujosos restaurantes, así como de distinguidos cabarets. Claro que Arce no estuvo solo en la cruzada. Unos cuantos muchachotes “bien” hicieron su buen aporte, y la lustrosa gomina, sutil pero eficaz domadora de cabelleras, brilló por su presencia en la retina de otro argentino: don González Roura. Para entonces, corresponsal de un diario porteño en aquellas latitudes; aunque, inminentemente, próspero comerciante de gomina en Paris. ¿Qué tal? Y mire cómo habrá prendido la cosa, que la afrancesada gominé se convirtió en sinónimo de dandy.

 

Con voz propia

¿Y por los pagos nacionales? Si bien la gomina aludía a hombres elegantes y caballerescos, cierto era que dicha elegancia no hacía buenas migas con la masculinidad. Ya lo decía Manuel Romero, en su tango “Tiempos viejos”: Te acordás hermano qué tiempos aquellos… / Eran otros hombres, más hombres los nuestros. / No se conocían coca ni morfina; /los muchachos de antes no usaban gomina. El caso fue que, vaya paradoja, dicho tango recaló en la voz del mismísimo Carlos Gardel, ¡gran ícono gran de la gomina! Y de la verdadera eh… Cómo decían los mensajes publicitarios y hasta la etiqueta del frasco, la gomina reconocía a un solo padre: “Único fabricante Brancato”. No fuera a ser que, con la generalización del término, se perdiera el derecho de marca…

 

¿Acaso se ha perdido la moda? Por las dudas, si es que el revival sacude a más de una cabeza, la gomina no se desliga de su sana costumbre: la de marcar territorio a fuerza de nombre propio. Ayer, hoy y siempre, fijador se dice gomina.