Karina Meli, con la camiseta puesta

FOTOTECA

Hoy le presentamos a Karina, la encargada diurna de la pulpería. ¿Todavía no la conoce? Con esta dama al frente, sí que hay equipo…

“Desde los 15 años que sé lo que es una bandeja”. Y habida cuenta de sus ya cumplidos 25, vaya si Karina ha hecho buenas migas con la gastronomía… “Me encanta”. Lo dice con énfasis, convencida, casi como quien tiene la certeza de estar transitando por el camino correcto. Ese que, de un tiempo a esta parte, y en el más literal de los sentidos, la ha tenido yendo y viniendo por el sur porteño. Los pagos de San Telmo habrían de ser su escenario recurrente, ese en el que, sin saberlo, comenzaría a esbozar su presente. Pues Karina Meli es, hoy, la encargada diurna de la pulpería, la guardiana de la casona Quilapán desde el primer desayuno hasta la última merienda.

San Telmo, calle Defensa, uno de los tantos bodegones en ella de pie y tres decenas de mesas destinadas a la atención de Karina. Mire si habrá tenido historias para atestiguar… y manías por conocer. Pues tras cinco años de circular entre la ya conocida clientela, no había maña que no le reconociera a cada cual. Cada loco con su tema, como dice el “nano” Serrat, y cada cliente con su cantinela… ¿Habrá sabido, nuestra protagonista, lo que entre manos se traía aquel par que atendiera durante más de dos años? Un franco-argentino y una suiza-polaca entre cuyas manos latía el proyecto de una pulpería en plena Buenos Aires, en la mismísima calle Defensa, a pasitos, nomás, del bodegón en que Karina les servía a la mesa. Sí, así comenzó la historia entre Karina y los futuros pulperos de Quilapán.

Hasta que la joven camarera -más no por ello menos experimentada- puso punto final a aquella etapa. No más bodegón, y marchó con su bandeja en busca de otros rumbos. Claro, a veces no es cuestión de recorrer grandes distancias; sino de cambiar la perspectiva del horizonte. Pues, sin ir más lejos, el futuro de Karina habría de continuar allí nomás: la Pulpería Quilapán no era ya el sueño de dos viejos clientes; sino la realidad de sus futuros empleadores. Entrevista, un sí, acepto, y un ¿comenzás hoy…? Mañana, mejor mañana. Eso sí, “espero no tenerte sólo cinco años, sino muchos más”. Palabra de pulpero y acuerdo cerrado.

Lo cierto es la Karina camarera sólo deambuló por las noches de la casona durante tres meses. Pues la Karina encargada habría de ocupar su sitio, a plena luz del sol, y por los venideros siete y… ¿cuántos más? A decir verdad, ya vamos para el año. ¿Será que se cumple la corazonada del pulpero? Sin fecha de caducidad a la vista, Karina es hoy la voz cantante del turno día, la que ve salir cafés, tostadas, almuerzos, y hasta alguna tempranera cerveza por la tarde. La historia se repite cada día, y, a la vez, no se reitera nunca. Ella ya lo sabe, cada cliente es un mundo, y cada día siempre puede ser un poco mejor. “No creo en la perfección, todo tiene su lado crítico para mejorar”. Gran secreto gran para no dormirse en los laureles, y para seguir creciendo en lo suyo, en aquello que la apasiona. Porque “te tiene que apasionar”. No ahorra fuerzas en remarcar el sentimiento que la une a la actividad gastronómica. Aquel que la ha convertido, aún siendo purreta, en toda una veterana. Eso sí, el asunto lejos está de sacarle canas. Pues asegura que, aun estando triste o de mal humor, poner un pie en la casona la transforma, la sumerge en ese mundo tan particular que toma vida dentro del solar de Defensa 1344; y por el que toma partido, claro: “me pongo la camiseta siempre”.

No podía ser de otra manera para esta mujer de pasiones. Esa que, como ella misma dice, no tiene pelos en la lengua; pero sí muchas sonrisas a pedir de boca y suerte de clientes, todos aquellos a quienes se acerca, oye, consulta… No le sale otra cosa, no sabe más que de ese espíritu servicial que pregona día a día. Y por el que, parece, habrá Karina para rato. ¿Cinco años, seis, siete? ¿Quién da más? “Ojalá sea por mucho tiempo”, desliza. Parroquianos, agradecidos.