Pava matera, no hay dos sin tres

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Si el mate es cosa seria por los pagos nacionales; ni le digo lo que la pava. Ya sea de aluminio, loza, acero inoxidable, barro o cuantos etcéteras se le ocurran, lejos está de ser un simple compañera. La pava es pava, sí, pero no es ninguna pavada. De entrañable amistad con el mate argento, la pregunta resulta inevitable. Bizcochos y tortas fritas de lado, ¿cuándo y cómo fue que empezaron a hacer buenas migas?

Con acento guaraní

A los inicios del mate nos remitimos sí, pues la pava no sería pava sin sus inseparables verdes. ¿Acaso sería tan recurrente si prestara exclusivo servicio al té de la tarde o sobremesa? Nada de eso, y tan inmaculada presencia en nuestras cocinas se la debemos, en principio, a las guaraníes. Ellos fueron quienes comenzaron a calentar agua en vasijas de barro cocido, dando inicio a su concepto y funcionalidad; además de bautismo, claro: itacuguá. ¿De qué va el término? Compuesto por las voces “i” (agua), “tacú” (caliente) y “gua” (recipiente); remite literal y simplemente a la idea básica bajo la que aún concebimos a nuestra querida pava: “recipiente para el agua caliente”. Caliente, sí, a punto mate, no vaya a ser que hierva y se nos queme la yerba…

Metamorfosis

Claro que el tiempo, arribo de conquistadores españoles mediante, habría de acercar aquella incipiente pava a la que hoy conocemos. Las vasijas de barro fueron reemplazadas por calderos de cobre; y aunque ostentaban forma de jarra, carecían aún de tapa. De todas maneras, surge entonces una idea importante en referencia a ella: ya no se limitaban a calentar agua; sino que también permitían servirla. Así fue como, en tren de perfeccionamiento, aparecieron los picos vertedores, finos y curvos, pensados para tal nueva finalidad. Por su parte, el cobre abrió paso al bronce, y la aparición de la tapa y el asa superior acabaron por dar concreta vida a la pava de nuestros días.

Destino rural

Si uno piensa en el mate, el gaucho entra en escena. ¡Cómo no! Tan asociados se encuentran ambos, que difícil resulta asociar la pava a los grises adoquines de la urbe.. ¿Del llano y sus ranchos a la ciudad? No, no. De la ciudad a los llanos y sus ranchos. Así como lo oye. Ocurre que las primeras pavas, ya con pico, tapa y asa en su haber, fueron importadas desde España. De allí que desembarcaran primeramente en las ciudades, para luego emigrar hacia el mundo rural; más sin abandonar los pagos urbanos. El hecho es que el gaucho acabó adoptándola… ¿y dándole su popular nombre?  Pues así parece. Dicen que dicen, aquellos calderos venidos de Europa adoptaron el nombre de “pava” gracias al ingenio gaucho. Ya que la pava, vista con su pico de perfil, no podía semejar a otra cosa que no fuera a una pava empollando.

¿Y ahora que me dice? ¿Vio que la pava no es ninguna pavada?  Porque, como se dice, no hay dos sin tres. Y no hay yerba ni mate sin pava. ¿O le quedan dudas? A esta altura, ya está clarito, clarito, como el agua que ésta vierte cebada tras cebada.

NO ME DIGAS!

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QUE SE YO!

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