Plato de madera para arder

La vajilla que la gente usa para comer nos cuenta mucho sobre nosotros, y el viejo y querido plato de madera nos cuenta su historia.

La vajilla que la gente usa para comer nos cuenta mucho sobre su forma de vivir. Los momentos que les dedicamos a la comida nos resultan muy significativos; desde el asado del domingo compartido con toda la familia hasta la triste cena solo, frente al televisor. La historia de cómo se comía -y se sigue comiendo- en el plato de madera es compleja, y hay que viajar al viejo continente para encontrar los primeros ancestros de este objeto.

En aquella…

Las películas, los libros para niños, y las de revistas de decoración parecen coincidir en el hecho de que todos comíamos en platos de madera en «aquella época». En algún sentido es la verdad. Uno puede imaginar que “aquel entonces”, en el campo argentino éramos todos gauchos y comíamos todos en ellos. La realidad es que los platos de madera más antiguos hallados son de Inglaterra y del primer siglo después del Cristo. ¡Ya se que van a decir que eso no es tan antiguo! Pero hay que tener en cuenta que la madera es una materia orgánica, lo que implica que una vez bajo tierra y expuesta a ciertos niveles de humedad, se descompone a una velocidad muy superior a otros materiales como el vidrio o la porcelana. El plato encontrado en Inglaterra era bastante grande y se estima que era utilizado para presentar la comida. Tenía mucho en común con los platos de la época que se fabricaban en bronce.

Los platos Anglo-escandinavos del siglo X no tenían una base plana sino redonda, lo que muestra que seguramente se utilizaban posándolos en la mano o apoyados en las rodillas, pero no en una mesa. En Pakistán y Afganistán se encontraron platos de madera de medidas similares. Uno puede imaginar que la gente comía con las manos mientras se sentaba grupalmente alrededor del plato. Los romanos poseían una vajilla muy delicada de plata o estaño, con dibujos muy elaborados. Claramente, eran objetos muy extravagantes, propiedad de las familias más afortunadas. La gente común comía en boles de madera o cerámica importada de Grecia. Sin embargo, se ha hallado muy poca vajilla de madera de esta época, lo que deja pensar que lo que más se utilizaba era la vajilla grieta, aunque bien podría tratarse de la dificultad de la madera para perdurar una vez en la tierra. Lo vikingos, por su parte, sólo comían en boles de madera de tamaño individual y maleable.

Y ahora, con ustedes…

A medida que iban evolucionando los pueblos y los usos, las técnicas en la fabricación de estos utensilios se fueron mezclando y fusionando. Se comienza a utilizar la madera en forma de tabla rectangular, para cortar carne o pan. La industrialización hace que el plato de vajilla terminara reemplazando a los últimos platos de madera por ser más higiénico, más fácil de personalizar, más económico. Hoy en día, en muchas partes del mundo, uno puede romper diez platos de madera por el precio de un plato de madera. Pero la madera siempre tiene sus ventajas: es un material que perdura en el tiempo, que aísla mejor que la porcelana (la comida se mantiene caliente por más tiempo). También da la impresión de estar en armonía orgánica con la comida, sin choques de cubiertos y ruidos metálicos. Muchos dicen que este plato es ideal para llevar de viaje (en campamentos, cabalgatas, o picnics el fin de semana, etc.) porque es irrompible. En Argentina está muy asociado a la vida campestre y por supuesto, al asado. El gaucho sale con este plato de madera rústico y áspero y un buen cuchillo a comer con sus propias manos la carne asada.

Nadie sabe bien de donde vino, pero es un símbolo de la cultura popular gastronómica. En la pulpería nos encanta usarlo para armar las picadas; disponer sobre él los quesos y fiambres enteros, para que los parroquianos se sirvan a gusto. Porque, como dice el refrán: «Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer».

NO ME DIGAS!

QUE SE YO!

  • «A story of the wooden plate», Robin Wood, Gran Bretaña, 2002.

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