¿Libres? Hasta por ahí nomas. Allá por 1810, el caldo de cultivo de la independencia comenzaba a cocinarse, a la par que algunos muchachotes que darían que hablar asomaban su cabeza al mundo. La cosa se formalizaría en 1816, cómo no. Pero la constitución de la patria (¿de qué hablamos cuando hablamos de ella?) no era cuestión de un solo hervor. A fuego lento, un proyecto de nación se doraba al ardor intelectual de unos cuantos bochos, acalorados debates y discusiones. Porque el pensamiento, eléctrico ante las nuevas corrientes, tenía la batuta. Y con él, la lengua. Filosa, autónoma, vivaz, suelta… La efervescencia de aquello tiempos así la precisaba. Y ya habiendo promediado los veinte años, los hijos de la Revolución de mayo la ponían en ejercicio. ¿Dónde? En el Salón literario. Pase nomás…
Letras al poder
Que la nación no es lo mismo para un@s que para otr@s, no es un asunto zanjado. De hecho, el debate tiene hilo como para devanarse hasta nuestros días. Pero cuando el pasado más reciente que encontramos al voltear la vista atrás es el colonialismo, la cuestión se pone más peluda aún. Por lo que las respuestas se esbozaban, se ensayaban en disertación pública. Dicho en criollo –cuac–: a viva voz. ¿En español? ¿En francés? No olvide, al fin, dicho idioma estuvo en el radar para ser nuestro idioma oficial… ¡Ah, la Revolución Francesa! Digna hija del romanticismo de fines de siglo XVIII y mediados del XIX, el cual inspiró a la llamada Generación del ‘37. Una generación intelectual, en la que el mentado romanticismo no tenía sino aspiraciones patrióticas, políticas. Así, la literatura resultó el vehículo desde el que difundir nuevas doctrinas. Porque si había nacionalismo, que fuese lingüístico. Así lo entendieron Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutierrez y compañía. Y en esta “compañía”, un nombre que no pasaremos por alto: Marcos Sastre.
Abriendo puertas
Víctor Hugo, Scott, Lord Byron… Con estas lecturas y unas cuantas más bajo el brazo arribó de París Esteban Echeverría. Y habiendo mamado tales letras, su cruzada por estos pagos pasaba entonces por una nueva revolución: poner las letras al servicio del ser humano común, que también ellas fueran república (sí, “cosa de tod@s”) y que por tanto no fueran ajenas a su día a día, a sus condiciones de vida. La literatura pedía pista, y la Librería Argentina estuvo al servicio: el Salón Argentino sería un hecho entre sus cuatro paredes.
“En la calle de la Reconquista, núm. 54, menos de cuadra y media de San Francisco para Santo Domingo. Se hallarán en ella obras clásicas sobre varias materias: Derecho, Legislación, Política, Filosofía, Moral, Religión, Educación, etc.etc. Libros elementales para el estudio de los idiomas latino, castellano y francés; y para las primeras letras. Excelentes devocionarios, y algunas buenas novelas. Pintura fina de diversas clases, hojas de marfil para la miniatura, pinceles finos ingleses y de la Gran China, papel de marquilla, lápices negros para dibujo de la mejor clase de París, estudios o modelos para dibujo, papel de música, y otros muchos objetos pertenecientes a las ciencias y bellas artes. Hay también varios artículos de mercería y perfumería exquisitas; todo a precios moderados”.
A la luz de esta publicación, Marcos Sastre abría su librería allá por julio de 1833. ¡Con que colección se despachó el yorugua! ¿Y qué nos dice de los pinceles y las hojas? Es que, aunque los conozcamos principalmente como escritor, este uruguayo radicado en Argentina también hizo sus buenas migas con la pintura… Por lo que su buen espacio tendría ella también allí. Y casi que cuando hablamos de espacio, lo hacemos en sentido literal: se dice que el inventario de libros constaba entonces de unos mil títulos. Sí, a los estudiantes se les hacía agua la boca. Y en cuanto comenzó a circular la versión de que, una vez leídos, eran por éstos revendidos, Sastre inventó una especie de ex libris que dejara asentado de dónde habían salido. Imaginará lo que pasó… Con el tiempo, el ex libris se convirtió en un sello de prestigio (¡tod@s queremos un ejemplar de la Librería Argentina!). Por lo que Sastre se nos iba para arriba.
Festín literario
El año 1835 marcó la mudanza al número 72, sobre la misma Reconquista. Allí organizó un gabinete de lectura con horario fijo. Así que tome nota: de 07 a 14hs y de 17 a 22hs. Eso sí, no tarde en juntar sus petates tras la visita que en 1837 se viene una locación (la tercera, la vencida): calle Victoria 59, actual Hipólito Yrigoyen. ¡Y viene con flor de yapa!
SALÓN LITERARIO
1º El Salón Literario ofrecerá en su escogida biblioteca lectura de las obras más importantes de la literatura moderna. Hará venir constantemente de Europa los mejores periódicos literarios y científicos; y todas las obras nuevas de más crédito que se publiquen en francés, inglés, español e italiano.
2º Habrá cada semana dos o más reuniones en que se leerá todo trabajo importante que sea presentado con ese objeto, sea traducción o composición original; y cada uno de los concurrentes podrá hacer libremente las observaciones que le ocurran en pro o en contra de las ideas enunciadas. El carácter de estas reuniones debe ser el de la franqueza, la cordialidad y la satisfacción.
3º Se formará un fondo para costear la impresión de toda obra original, ensayo, traducción o composición en prosa o en verso, que se consideren dignas de ver la luz pública; y para establecer premios.
CONDICIONES DE LA SUSCRIPCIÓN
1º La suscripción se hace por año: importa sesenta pesos, que se entregarán por meses, a cinco pesos mensuales.
2º Los suscriptores tienen derecho a introducir una persona de su confianza al Salón Literario, en los días de lectura y reunión literaria.
3º Los que se suscriban desde esta invitación recibirán gratis un ejemplar de todas las impresiones que se hagan por el establecimiento durante la mitad del año.
4º Los trabajos literarios que presenten los suscriptores, serán admitidos y leídos con preferencia a los de cualquier otro individuo.
Se reciben las suscripciones en la LIBRERÍA ARGENTINA, calle de la Victoria nº 59.
Parece que no queda otra que gatillar, ¿vio? Es que para mantener semejante apuesta, había que tener con qué. Ya lo dejaba bien clarito, con puntos y comas el aviso publicado por la Gaceta Mercantil. ¡Habemus Salón Literario! Y con él, las lecturas de trabajo y debates sin censura y publicaciones… Todo lo que Echeverría, Alberdi, Gutiérrez y compañía habían soñado tenía ahora su espacio, sus coordenadas en una Buenos Aires que buscaba re-organizarse, re-pensarse, re-definirse. Pero sobre todo, pronunciare a sí misa, decirse. Y entonces la lectura como refugio, como puente, como puerta a lo inimaginable o a todo cuanto era posible de ser pensado, gestado, creado. En el Salón Literario, en el gabinete de lectura de la librería o en su casa. Sastre fundó, pues de esta manera, fundaba Sastre la primera biblioteca tal y como hoy las conocemos, con préstamos disponibles.
Shhhh…
¿Qué sí el Salón Literario tenía un futuro auspicioso? La respuesta la dejamos en el tintero. Pues resulta que en 1938, apenas un año después de su apertura, debió cerrar sus puertas. La censura a la revista Moda, en la que publicaban varios de sus asistentes, por parte del gobierno de Rosas fue el primer aviso. Dicen que dicen, alguna que otra amenaza directa también golpeó las puertas de la librería, y finalmente la mazorca tomo cartas en el asunto. No solo dispuso el cese de sus actividades, sino que remató todo su material, su tesoro. Por lo que la Librería Argentina cerró sus puertas el 19 de mayo. ¿Y Sastre? Porque acabada la rabia no se muere el perro, el alma páter del lugar continuó siendo perseguido. Halló refugio y retiro en el Delta, allí donde también habría de recalar, en otros tiempos pero repitiendo un mismo gesto, Rodolfo Walsh. Claro, esa ya es otra historia. Pero fue en esos tiempos de “exilio” donde finalmente Marcos Sastre pudo culminar la primera obra de su autoría: El tempe argentino, una especie de manual naturalista en el que flora y fauna son atravesadas por su prosa, por pasajes poética.
¿Y por estos tiempos, cómo andamos? Re-organizarse, re-pensarse, re-definirse. Pronunciar el futuro, pronunciarnos. Si de debate y construcción colectiva, si de lecturas va el asunto, estos lares pulperos esperan su presencia con todo gusto.